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Foto: Wendy Rufino. Benedicta piensa en seguir trabajando en la cocina por todos los días de su vida.

Benedicta, una maestra que conquista el paladar

15 de enero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Por Neftali Coria
Benedicta es una mujer morena, alta, de sonrisa cristalina y una mirada en la que puede verse la sinceridad de quien quiere trasmitir la verdad de lo que ha vivido. No hay doblez alguno en su interlocución. Sin reparo, ella puede hablar y enseñar lo que ha aprendido en la vida. No me resulta raro, que muchos se hayan aprovechado de sus saberes, pero Benedicta es única y en efecto, lo demás no importa. Aprendió español hace muy poco, cuando la invitaron a cocinar en la ciudad. Vino a eventos extraños para ella, sin saber el significado preciso de aquellas espectaculares aglomeraciones. Su hija Elvira le ayuda en la cocina, pero la del sazón es ella. Inventa, modifica, prueba utilizando distintos ingredientes para los platillos que aprendió a preparar desde toda su vida.

La tradición de la cocina
Cada día las tradiciones originarias de todos los pueblos en nuestro país, parecen apartarse de la vorágine de la vida urbana y quedarse en el rezago. El tráfago de la vida en las ciudades y los cambios de costumbres de toda índole, no se han hecho esperar. La alimentación rápida, las influencias de otras maneras de alimentarse –provenientes de distintas culturas y diferentes tradiciones–, han tomado lugar en nuestra alimentación contemporánea. Las nuevas costumbres y ese fenómeno que invade al mundo rural con tales modelos urbanos, incluye en su propagación, a los pueblos originarios y cada día es más evidente. Es quizás por eso que los modelos de aprecio de las costumbres y valores culturales de lo que es nuestra gastronomía (y en general nuestra cultura en Michoacán), se han visto trastocados y han dado paso a una forma distinta de apreciarlos. Encuentro en esa forma de ver –específicamente a nuestra riquísima tradición gastronómica– una curiosa visión museística, que no histórica y sí muy parecida a lo que se promueve como atracción turística. Sin embargo hay quienes conservan la tradición contra ese torbellino comercial del que casi resulta imposible escapar. Y una de estas personas genuinas, es Benedicta Alejo Vargas, nacida en San Lorenzo, municipio de Uruapan. Una comunidad de poco más de tres mil quinientos habitantes, con el 95 por ciento de hablantes de la lengua purépecha.
Benedicta, una mujer como el agua

Me regaló agua de jícama exquisita y mientras conversamos con esta hermosa mujer, su hija preparaba la masa en el metate durante el tiempo en que Benedicta me hablaba de su vida sin detenerse en apariencias y sin rodeos que la desviaran hacia algún punto donde ocultarse. La conversación caminó sin prisa y sin pausa, porque es mucho lo que esta mujer, que sabe los misterios profundos de la cocina, tiene que decir. A cada pregunta mía, contestaba con franqueza y me miraba a los ojos. Benedicta es una mujer como el agua y como todas las mujeres talentosas, busca la sutileza para explicar lo que sabe, y con una profunda generosidad, Benedicta sí lo comparte pese a todo, como cuando va a enseñar la cocina tradicional a los Estados Unidos –invitada por mexicanos–. Es una mujer transparente y modesta.

“Benedicta es un alma vieja”, me dijo la chef Lucero Soto cuando le hablé de ella, y es que el alma de las personas como ella, es tejida por la poesía que su historia contiene.

En el fogón de su casa en San Lorenzo había puesta al fuego una olla con frijoles y una cazuela lista para hacer atápakua, esa especie de mole de queso que al final, con el equipo de LaVoz TV, degustamos.

Su primer juguete: un metate
Cuando ella tenía tres años, poco antes de la muerte de su padre, alguien tocaba a la puerta para vender un metate pequeño que ella quería, pero su mamá le advirtió que no tenían dinero. Su padre ante el hecho, y desde la cama donde permanecía enfermo, les dijo a la madre y a la hija, que él tenía “un dinerito” allí guardado que le había dejado su hermana.
–Cómprale el metate a Benedicta –le ordenó a la madre.

Compraron el metate y para ella fue un gran encuentro con aquel objeto que le era sumamente familiar. Ella muy contenta –me relata– jugó todo el tiempo con el metate. Y esa misma pieza, todavía hoy día, la conserva. En su cocina –cuando nos la mostró– se ve la disciplina, la exactitud, la precisión de la belleza en las piezas perfectamente acomodadas en las paredes de su cocina, pero sobre todo puede percibirse el amor por aquellos trastos.

A la muerte de su padre, hubo para su mamá, la necesidad de trabajar y lo hizo. Empezó a vender carne. Sus hermanos y ella comían carne, cosa que a la niña Benedicta no le gustaba, por eso se fue a vivir con su abuela, de quien puede verse, recibió las enseñanzas y el desarrollo del talento que  posee Benedicta en la cocina. Ya con su abuela, desayunaba atole de nuríte, atole blanco, de trigo, de zarzamora entre otros; porque su abuelita, todos los días preparaba diferentes atoles y eso a ella le gustaba mucho. Así fue que –viviendo con su abuela Maximina Amado–, comenzó a ayudarle a cocinar. Me cuenta con esa gracia de quien el español no es su lengua materna, que su abuela iba todos los días al cerro para traer quelites y demás vegetales, además de ardillas, conejos y los pajaritos que se acostumbraba comer como las güilotas y otras aves que podían cazarse en aquellos tiempos, porque dice Benedicta que ya ahora la gente no sabe de esas cosas.

Así pasó el tiempo y ella siempre vivió con su abuela; lo que fue para Benedicta el mayor aprendizaje en la cocina, el desarrollo de su talento que hoy podemos ver en la preparación de los platillos que prepara con una soltura y sabiduría extraordinarias.

Todo lo aprendió de su abuela
Benedicta reconoce con cariño que su abuelita le enseñó a cocinar y a entender las cosas fundamentales de la vida.
Benedicta siempre le ayudó a bajar las mazorcas del tapanco, aprendió a preparar el metate y a hacer el nixtamal:
–Este es un quelite de milpa –le decía su abuela–, este es un quelite del campo, así se preparan los quelites, tienes que hacer la salsa. No tenemos dinero, pero no nos vamos a morir de hambre. Siempre vamos a comer, no te apures, vamos a hacer una chirita de semillas, hacemos queso, tortillas…
Y da gracias a que su memoria guardó todo lo que aprendió de la abuela, porque hasta hoy día, no sabe escribir, ni leer. Y da gracias a Dios, que le dio “una mente fuerte, tan valor, tan bonito” para guardar los conocimientos y las recetas de la cocina que hasta hoy día resuelve en el fogón perfectamente construido en la parte trasera de la casa de uno de sus hijos, donde nos recibió.

Salir de San Lorenzo
Se casó a los trece años y se fue a vivir con su marido a casa de su suegra. En aquella casa, había mucho maíz, muchas milpas y mucha labor del campo. A ella le gustaba subir al burro, a la mula, sembrar maíz, cosechar, cortar rastrojo y sobre todo, hacer tortillas, “harta, harta tortilla”, me dice con la alegría que le da recordar ese tiempo hermoso. Veo en sus ojos, como recrea aquellos momentos de su juventud y puede verse en la mirada que de pronto se eleva, un tiempo en el que sin lugar a dudas, fue feliz, lo que no significa que hoy no lo sea. Benedicta no da muestras de esa nostalgia por lo perdido, sino de esa memoriosa manera de repetir los días donde el amor había comenzado en su vida. Cuando se casó, nunca pensó que saldría más del pueblo. Hasta entonces, sólo una vez había ido a Uruapan y eso ocurrió cuando era niña. Recuerda que era un Domingo de Ramos cuando fueron y ella tenía miedo que su mamá la dejara allá. Con ese temor conoció la ciudad prendida de la mano de su madre, quien para contentarla, le compró unas ollitas y platitos de juguete.
–No, no te voy a dejar– le dijo además su madre.
Ella se puso contenta y sintió la confianza que no la dejaría en Uruapan. Disfrutaba el regalo y la plaza de aquella ciudad que le parecía lejana. Aquel viaje la impactó, pero jamás imaginó que gracias a su talento en la cocina, viajaría como hasta ahora lo ha hecho. Ha visitado alrededor de diez ciudades de Estados Unidos y la ciudad de Roma.

Roma y el sueño  de la habitación roja
Dos años antes que sucediera el viaje a Roma donde la llevaron para que cocinara para el Papa Benedicto, soñó que debía entrar por una puerta chiquita por la que no cabía su cuerpo. Estaba ante aquella puerta por la que –por razones desconocidas– debía entrar. Y con mucha fuerza, trataba de hacerlo una y otra vez, hasta que lo logró. Ya dentro, vio que era una habitación roja, extraña, pero hermosa. Pasó el tiempo.
Y cuando fue invitada a Roma –claro que antes había participado en los encuentros de cocineras organizados por el gobierno–, no quiso decirle a nadie, absolutamente a nadie, porque no podía creerlo. Fue emocionante porque ya cuando estuvo confirmado el viaje donde le cocinaría al Papa Benedicto XVI, la gente que la conocía de San Lorenzo, fue a pedirle encargos y a llevarle cartas para el Papa. Le llevaban rosarios y objetos variados para que el Papa les diera su bendición, a lo que Benedicta, les dijo que ella no sabía con qué clase de dinero se compraban cosas allá, y no iba a traer nada. Su mamá le escribió entre lágrimas una carta al Papa y esa misiva, junto con las demás, las entregó.
Cuando llegó a Roma –con su hija Elvira– les asignaron a ella y a su hija, una habitación, pero después se la cambiaron a otra en la planta alta. La sorpresa mayor para Benedicta, fue que la habitación –aunque con la puerta muy grande– era roja: pisos rojos, cama roja, cortinas rojas, “todo-todo rojo”, relata casi con estupor. Al entrar a la habitación, Benedicta de inmediato, se soltó a llorar y llorar. Era la habitación del sueño de hacía dos años y ella sigue sin explicarse la fabulosa coincidencia.
Luego cocinó para el Papa, a quien le gustó el mole de conejo y las corundas de siete picos.
–Somos tocayos– le dijo Benedicto XVI, de nombre secular Joseph Aloisius Ratzinger.

Benedicta temblaba cuando saludó al ministro de la Iglesia Católica, no sentía su cuerpo y creía estar flotando.

La casa que guarda en su memoria
Benedicta piensa en seguir trabajando en la cocina por todos los días de su vida. Espera tener las condiciones para facilitar el trabajo sin que ello, disminuya el modelo tradicional que ella aprendió para cocinar. También quiere algún día, con su propio esfuerzo, hacerse de una casa propia donde ella pueda vivir como vivía con su abuelita. Bena, como le decía su abuelo, sueña con tener una troje y en la cocina, paránguas de tres piedras y piso de tierra. Una casa como aquella que desde su niñez guarda en la memoria y de sólo recordarla, la luz desciende a sus ojos.º

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