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Foto: Wendy Rufino. Un hombre claro en su discurso.

Carlos Herrejón, un hombre claro en su discurso

2 de julio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Neftalí Coria

Carlos Herrejón Peredo es un hombre de firme expresión oral, claro en su discurso narrativo y dueño de una habilidad y exactitud en su bien estructurado pensamiento al momento de hablar de la historia, materia que ha ocupado su vida y su trabajo de investigador. Veo en su expresión, una suerte de seguridad en aquello que conoce, le inquieta y ha estudiado. Su trabajo publicado en una buena cantidad de libros, ha logrado un sitio importante en la escena de los historiadores en México.

Su llaneza al hablar, mucho recuerda el estilo de historiadores antecesores a su generación, como Luis González y González, a quien bien conoció y admira, y de quien durante la charla fuera de cámaras, le dedicamos un momento especial en nuestra amena plática.

La cita fue en la ciudad de Zamora, en “El Colegio de Michoacán” de donde es miembro e investigador. Para la entrevista, en lugar de su cubículo, elegimos uno de los silenciosos jardines de las instalaciones de la institución que fundara el autor de “Un pueblo en vilo”. Antes de comenzar, hablamos de literatura y me di cuenta que es un hombre de vastas lecturas, sobre todo, lecturas clásicas.

 

Primeros atisbos a la historia

El acercamiento y el interés por la historia –según me ha contado–, deriva de su madre, doña Carlota Peredo, a quien le gustaba mucho averiguar sobre la genealogía. Y el niño Carlos, se interesaría de manera natural como sucede cuando los niños aprecian con gusto y respeto, los intereses de los padres. Carlos me asegura que el interés de su madre, no era tan complicado como suele suceder cuando la gente, busca su origen para saber si hay conexiones con algún noble. La búsqueda de su madre era una afición, simplemente quería saber quiénes fueron sus antepasados, para saber por qué somos así y no de otra manera, quería saber de dónde vinieron, cómo vivían, era una inquietud genuina y de intereses básicos. Me cuenta que su madre hizo un árbol genealógico y alcanzó a abarcar mucha información. Una labor que para él, sin duda, mucho significó.

–Y eso fue algo que me llamó la atención –dice el historiador–, entonces yo dije ¡Ah, pues sí! No es que todo sea lo que existe ahora, sino que todo tiene raíz, todo tiene origen y yo quiero conocer eso también…

 

El centro de Morelia era un museo

Haber nacido y haber crecido en Morelia –y no en otra parte–, fue una razón más por las que el historiador deduce, haberse interesado en la historia. Y es que la ciudad poblada de signos de su propia historia, se convertiría en una curiosidad de gran poder para Carlos Herrejón. Una curiosidad que trazaría los intereses futuros, por sobre todas las cosas; y es que así creo,germina la vocación de los hombres, a quienes les apasiona la historia, su comprensión y su observación del tiempo. Imagino a un niño que se interesa por las palabras escritas en las esquinas de las calles y descubre que son nombres de personas importantes y su curiosidad se multiplica.

–El centro de Morelia era un museo, por así decirlo –me dice–, cada piedra tiene su historia, entonces, era algo que me llamaba la atención…

Carlos Herrejón en sus años de niñez, observaba el nombre de las calles y se preguntaba ¿Por qué se llama la calle Emiliano Zapata? Y la otra calle, la esquina de su casa que era Morelos Norte, allí por el jardín del Carmen. Preguntas orientadas que sin duda le complacía hacérselas en sus incipientes reflexiones.

–Esa fue la casa en donde yo crecí –rememora y se refiere a la casa de la calle Emiliano Zapata–, y la casa donde yo nací, está en el barrio de San José, en la calle Abraham González.

–Si me iba yo a otra parte de la ciudad de Morelia –se acuerda–, allá se me aparecía Melchor Ocampo, Benito Juárez en el sector Reforma, y si me iba para allá, me aparecía Hidalgo, Matamoros, Abasolo, Galeana, etc.

El centro de la ciudad de Morelia, -advierte-, no era lo que ahora vemos; plagado de anuncios y miles de palabras que no le sirven más que al voraz comercio y a la vendimia en la que se convirtieron hoy día las ciudades. Una contaminación visual evidente en la que se lee todo y nada y ahora las nuevas generaciones reconocen las calles por los comercios y no por los nombres de los ilustres habitantes.

 

Una pequeña biblioteca

A Carlos Herrejón, le atraía el porqué de los nombres de las calles. Una inquietud que para un niño, habitante de la Morelia de aquellos años puede entenderse, porque eran pocas las distracciones; sólo se podían ver los letreros con los nombres de las calles y uno que otro que nombraba a ciertas tiendas; la publicidad no era invasiva. Inimaginable resulta creer que ahora un niño vea siquiera el nombre de la calle y mucho menos se interese por saber de quién se trata. Pero el interés de Carlos niño, a mi ver, iba más lejos, porque me relata con la propiedad que le caracteriza, que un día mientras caminaba con su padre, don Luis Herrejón, por la Calzada Fray Antonio de San Miguel, le platicó que allí habían asesinado muchos hombres y uno de esos hombres era Isaac Arriaga, por eso el monumento y el nombre allí inscrito. Es un recuerdo de aquella escena que al niño impresionó y mucha inquietud le provocaría, como suele pasar ante esos sucesos en la niñez. Su padre, además tenía una pequeña biblioteca y en ella estaba, “México a través de los siglos”, “La historia Universal” de Cesar Cantú, entre otros. Y como eran libros con ilustraciones, al historiador siempre le atrajeron sobremanera y los leía con fruición.

–En aquel tiempo se le daba mucha importancia a la historia de México –dice mientras recuerda–, a la historia universal, a la historia de la literatura, a la historia naturalmente del pueblo hebreo, a la historia de Roma, entonces todo eso me fue descubriendo nuevos y más amplios horizontes sobre el pasado…

 

El seminario de Morelia

Más tarde –a los trece años– ingresó al Seminario de Morelia y allí –recuerda con mucha claridad– le daban una importancia mayúscula a la historia. Otro de los encantos para Carlos, fue que en el Seminario, enseñaban lenguas como el latín, griego, francés e inglés. Y las lenguas –así lo considera–, eran llaves para entrar a través de otras tantas puertas. Entrar y conocer aquellas lenguas que hablaron otras personas lejanas. Y con el sólo hecho de que mientras él leía La Eneida, podía imaginar que los romanos, la leyeron hace muchos siglos antes; que aquel poema épico había vivido tantos años en la lectura de muchas generaciones y en el traslado hacia otras lenguas, sencillamente le cautivaría (Hoy Carlos Herrejón, es un activo lector de las “Odas” de Horacio y por supuesto de la obra de Virgilio y reconoce con una plena compresión, que aquellos ecos de la literatura, lo llevaron de una manera incondicional a los campos de Clío).

–Los historiadores, tenemos que tomar más clases de literatura –afirma tajantemente.

Y con razón, porque la literatura, sin lugar a dudas, ha estado tras el estudio de la historia, mostrando la vida íntima de los hombres, así como los sentimientos más profundos. Las costumbres y las formas de conducta de los hombres de la época que la literatura logró extraer de la realidad de su tiempo.

–Y junto con eso también –afirma al referirse a los caminos que lo llevaron a la historia–, ya en los estudios también de teología, me llamaba mucho la atención la evolución o el desarrollo de las doctrinas dentro de la iglesia. ¿Cómo se conformó la Biblia? ¿Cómo se conformó todo el cuerpo doctrinal de la iglesia? ¿Cómo se sigue conformando a través del tiempo? Y al mismo tiempo hay una cierta homogeneidad con una serie de variantes, ¿verdad? Entonces fue una de las cosas que me llamaron más la atención, es decir, la historia cultural de la religión, ya en especial de la doctrina…

Después se iría a estudiar la licenciatura de Teología dogmática a Roma y su tesis la haría sobre la tradición, que Carlos, considera es inherente a la historia. Su doctorado lo estudiaría en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, encumbrada institución de la que surgiría la corriente historiográfica llamada “Escuela de los Annales”.

 

Los campos de Clío

El pensamiento de Carlos Herrejón, es estructurado y puedo ver que la historia, es el campo en el que este hombre que ha estudiado a figuras del movimiento de la Independencia de México. Su conversación segura y perfectamente tejida, respecto a su ingreso, su desarrollo y su riquísimo viaje formativo en la academia, me mostró que su vida como estudioso, ha sido la gran aventura de alguien que fue recogiendo con eficacia, cada piedra del conocimiento con el que se fue encontrando en su ya largo camino por “Los campos de Clío”, como él los llama.

Carlos Herrejón es uno de los autores indispensables en los nuevos saberes sobre la historia de México. Su formación seminarista y laica, lograron en él una figura de historiador curiosa y de amplio espectro, prueba de ello, fue su ingreso a la actividad docente en la Facultad de Humanidades de la Universidad, a lo que él mismo me cuenta:

–Ahí di clase tanto en Filosofía como en Historia –me dice–, pero por cierto, cuando algunos me hicieron la invitación a entrar primero a dar Filosofía, los colegas, los alumnos, los profesores, no me querían admitir porque había yo estudiado en un Seminario. Entonces eso era así como: “Este nos va a mandar a la Edad Media”. Me pusieron cero en un examen de concurso. Yo les hice la reclamación, aunque después nos hicimos amigos y todo, pero en su momento me dijeron: “Esa era la consigna del partido…”

Y se ríe de solo recordar aquella anécdota. Y cuando me la cuenta a mí, pienso en la infinidad de historias parecidas y en la dificultad con la que los hombres valiosos, son reconocidos.

 

Difundir la Historia

Le pregunté, cuál sería una manera de promover que la gente común, se interesara de verdad por la historia de su pueblo y que se lograra hacer un programa en el que la gente valorara su historia, la quisiera, la sintiera suya y sobre todo que aprendiera su historia para tenerla presente en su vida ordinaria en lo que vale. Sorprendido me contestó que hay investigadores que pueden ser muy buenos promotores de la historia, pero se necesitan intermediarios que lo hagan. El historiador no puede hacerlo todo, reconoce y cree que esa labor, deben hacerla algunos que él llama “intermediarios culturales”.

–Se necesita que haya los buenos investigadores pero también gente que los lea –me dice–, no precisamente de las bases, pero que sepan lo que se ha hecho de la historia en las buenas investigaciones y de alguna manera, lo traduzcan culturalmente para su mayor difusión…

 

Hechos que habían dejado huella en la ciudad

Durante nuestra conversación, Carlos Herrejón, me habló de la Ilustración y sus influencias en la independencia, y refiere que Hidalgo, lo que leyó en aquellos “libros prohibidos”, no eran sino libros de los Enciclopedistas.

–Ahí fue donde encontró pues de alguna manera las razones de lanzarse a la insurgencia –dice categóricamente.

Después volvimos a su infancia. Habló de su escuela primaria y los compañeros que recuerda. Me dice que en uno de sus libros sobre la fundación de Morelia, están esas preguntas que se ha venido haciendo desde niño. Y yo le pregunto sobre sus primeras escuelas, porque de un hombre que ha dedicado su vida al estudio y a la investigación, siempre me ha interesado saber cuáles fueron sus primeros pasos en las aulas. Al respecto rememora que asistió al kínder en el “Colegio Motolinía” que está muy cerca del Acueducto y él recordaba aquel relato que su padre le había hecho, sobre la muerte de mucha gente, entre los cuales, le habían atinado un balazo a Isaac Arriaga. Aquel monumento que veía todos los días, se levantó como una especie de homenaje a un hombre. Esos hechos que habían dejado huellas por la ciudad, eran los que le atraían a Carlos, como una curiosidad que nunca lo ha abandonado, la mantiene viva y en constante labor; una curiosidad como destino, como pasión y la más grande razón de su vida.

68 carlos herrejon

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