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Morelia, Michoacán a 21 de enero de 2017
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Foto: Wendy Rufino. Don Genaro lleva 73 años vendiendo raspados en el centro de Uruapan.

Don Genaro, dulce y refrescante comerciante

1 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

TEXTO: NEFTALÍ CORIA

No hay duda que a los hombres agraciados su propia gracia les permite amar la vida y les deja mirar el mundo con esos ojos que advierten caminos sencillos para transitar por el tiempo que les ha tocado. Y aunque sabemos que no es suficiente poseer ni talento ni gracia, para esperar los mejores favores de la vida, hay quienes además, poseen la entrega completa a lo que decidieron hacer de ella. Esos hombres siempre serán pocos y son los que poseen el agrado recíproco con el mundo en el que viven, esos son una especie de seres iluminados o sencillamente, agraciados. Don Genaro Balderas Valle, comerciante en Uruapan, es de esos hombres que encontró la sal de la vida y sobre todo, logró su fortuna en un complicado oficio, un oficio en el que hoy día, hay muchos tiranos: el comercio.

Vender no es fácil y hoy vivimos un tiempo donde el comercio es violento y tenaz contra los indefensos y domesticados compradores. El que vende hoy se ha convertido en una perversa mezcla entre benefactor y verdugo. Con el nuevo modelo del vendedor por teléfono y con el uso de dinero virtual, el comercio ha perdido el trato humano, el diálogo de quien compra y vende, pero sobre todo, se ha poblado de espejismos en las cosas vendidas. El comprador es víctima conforme, convencida, dócil. Pero pocos hay quienes venden con la alegría y el gusto de ejercer el oficio, sustentando su actividad en el diálogo, en el encanto de la palabra y la alegría de vender con honradez lo que sus manos hacen para el gusto del consumidor.

Pocos como don Genaro, que saben que en su trabajo va la vida y en el acto de vender, encontraron la magia que vive en la “buena vendimia” renacentista y en la voluntad de entregar al comprador el valor coincidente con el precio y la consabida buena fe.

La carretita de los raspados

Don Genaro tiene 73 años vendiendo raspados en el centro de Uruapan, ciudad a la que llegó para quedarse, cuando dejara la ciudad de México, donde nació en 1926. Los raspados, como se le conoce a esa golosina de hielo raspado y que recoge un raspahielo de metal con filo que corta el hielo del cubo y se llena de hielo quebrado para después, colocarlo en un vaso y mezclarlo con la miel de fruta.

Don Genaro comenzó a vender raspados en lo que antes llamaban “la calle real” de Uruapan, luego vendió a las afueras del colegio de niñas Fray Juan de San Miguel. Conocido y querido de manera unánime por aquellos que le compran sus raspados de hielo con jarabes del frutas naturales que él y sus hijas hasta hoy día preparan. Don Genaro se asienta en uno de los portales del centro de Uruapan, la gente sabe que a la una de la tarde llega y ya lo tienen en cuenta. A su llegada al sitio del portal, coloca la carretita de madera que con sus propias manos ha traído desde su casa, diez cuadras hacia el norte de la ciudad. Le pregunto si todos los días la lleva y la trae:

–Si señor, ahora me carga a mí –me responde entre risas–, porque me sirve como andadera. Me voy y vengo. Me sirve para llevar las botellas y para traer las botellas. Hay gente que dice: “aquí déjalo”, no, yo me lo llevo, a mí me sirve…

Desde siempre se le conoce por sus raspados preparados con fruta de temporada, sin colorantes, entre las que se cuenta zarza, tamarindo, guanábana, guayaba,nanche,chico y mamey.

–Voy con el tiempo– dice al respecto.

La carretita es pequeña; las ruedas delgadas con hule de llanta de auto clavado y recortado, permiten la suave rodada y don Genaro la empuja hasta el portal donde a su llegada, la gente se apresta a esperar turno.

–Este modelito que usted ve, esta carretita está desde 1943 – dice mostrándome “la carretita” de los raspados–, se acaba esta y se hace otra, ya perdí la cuenta de cuántas se han hecho, pero es la misma cosa, creo que como unas seis ó siete. Estas rueditas no eran, aquellas eran de coche antiguo que tenían rayos de madera, sus rines… estas ya son hechizas, mandadas hacer con los herreros que hacen ventanas…

Con divisiones de madera, la carretita da lugar estable a las botellas del jarabe al que se le agrega hielo, en un vaso de plástico. Hay en la parte anterior del vehículo, un espacio donde va el gran cubo de hielo, cubierto con una tela de algodón blanco mientras no se raspe.

Puede verse la suavidad con la que don Genaro arrastra el pesado raspahielos metálico sobre el cubo para recoger el hielo. La práctica y habilidad con la que lo hace, le permite, platicar con los clientes sin perturbación alguna. Es un raspahielos que tiene poco más de 50 años con don Genaro y dice que “es de los buenos”; pueden verse los tornillos y soldadura de los arreglos con que lo ha mantenido en funciones durante el medio siglo que don Genaro lo ha usado. La amabilidad y simpatía con la que don Genaro dialoga con los clientes, permite que la espera de turno para la gente sea agradable.

Él es un hombre que ve la vida con la sencillez del sabio, con la lógica que tienen los que descubren con facilidad el sentido que la vida tiene y saben que la esencia de las cosas, está en la ligereza de la mirada hacia lo simple y hermoso del mundo. El humor es otra pieza más de la gracia que tiene don Genaro.

“La necesidad tiene cara de hereje”

La voluntad para vivir, se mide por el gusto y el placer por el que se transita el tiempo de nuestra vida. Y habrá los que pasen mucho de su tiempo persiguiendo las monedas de su dicha o el oro incierto de la felicidad; monedas de cambio que difícilmente están a la mano, nada fáciles de conseguir y de alto precio a pagar por ellas. Para don Genaro, su trabajo ha sido –por lo que se advierte–, una manera de disfrutar sus días.

“La necesidad tiene cara de hereje”, dice don Genaro cuando le pregunto si le gusta su trabajo y si él se considera a sí mismo muy trabajador; “no tanto” contesta y hay en su respuesta, una modestia con la que está atajando un autoelogio.

Su clientela a decir de él mismo, son los niños, pero en esa clasificación, puede decirse que sus clientes son los niños de ayer, porque ya son varias generaciones de niños, los que lo han visitado. Él advierte que de un tiempo a esta parte, los niños ya no lo frecuentan por sí mismos, salvo aquellos a quienes sus padres los llevan; hoy los niños –ante tal diversidad de golosinas consumibles– prefieren otras cosas que no son de frutas naturales.

–Pues yo le vendo casi a pura gente grande –responde, porque además no he visto niños que se acerquen–, es que ahorita hay otras cosas para los niños, ahorita está el chamoy, lo usan mucho. Los papás les dicen a los niños “mira prueba el raspado” y ellos dicen: “No, no, yo no quiero esto, yo quiero mi paleta de chamoy…” Ándale pues… (Hace un silencio) Sí, ya te digo, casi mi clientela es grande.

Pude notar durante la conversación que tuvimos, allí junto a su carretita, la ausencia de niños que vinieran a comprar, salvo algunos que llegaban con sus padres y eran precisamente los padres, los que denotaban el gusto por lo que estaban comprando. Son adultos los compradores y muchos que se han ido de Uruapan; regresan a su tierra, vuelven, pero no se van sin visitar a don Genaro. Comprar uno de sus raspados, significa para muchos, un acto de nostalgia; recuerdos de la niñez perdida, un símbolo de la búsqueda y recuperación de los días que se han marchado.

 

Libre como las aves

 

Padre de cinco hijos, don Genaro vivió en unión libre hasta la muerte de Margarita, su mujer.

–No, no me casé –dice con la alegría que dan los buenos recuerdos–, viví en unión libre, libre como las aves.

Con cautela, ha respondido sobre su mujer y puedo entender que prefiere no hablar de ese recuerdo. Me habla de Uruapan como un hijo más de aquella ciudad y sin duda, con hombres como don Genaro, la propia ciudad debe enorgullecerse. Muestra un cariño por la ciudad de Uruapan, que los motivos por los que se quedó en esta tierra, están demás. Cuenta de aquellos otros años de Uruapan y divaga en su recuerdo:

–Aquí era muy seguro, seguro, seguro –dice mientras mueve sus manos–, era digo, los tiempos han cambiado en donde quiera, pero aquí las costumbres de entonces eran que a las dos ó tres de la tarde, comía la gente del centro, a las cuatro salían la señoras a coser su punto de cruz a la puerta de sus casas, los niños jugando en las calles… No había nada de nada, todo era tranquilidad. La gente de Uruapan era muy bonita en persona y en todo. Te daban razón de todo, muy seguro, muy bonito, Uruapan es precioso, a mí me encantó, me enloquece… ¡Mira que cielo tan chulo tiene Uruapan! Aunque hoy está un poco nublado…

La simpatía y el ingenio unidos

Son imprescindibles los hombres como don Genaro para una comunidad, necesarias personas que atenúan que lo hosco de la realidad, sea todo lo que les queda enfrente. Con hombres así, los habitantes de una comunidad, ven en aquella personalidad, un ejemplo y una esperanza de que la vida tiene un sentido más amable y quizás rinda en la esperanza de apagar el desánimo que en la actualidad flota en los pueblos de nuestro país.

La amena conversación con este hombre, era posible extenderla por mucho más tiempo del que sucedió ante las cámaras, porque don Genaro para todo tiene una anécdota, una opinión o simplemente su visión sobre las cosas de las que le hablan. La broma y su risa, al tiempo que la hace, es un aspecto genuino de su personalidad. Es un conversador ágil y ocurrente; la simpatía y el ingenio unidos en una persona, se aprecian y en don Genaro, ambas joyas, conviven como una sola característica. Con amabilidad y gracia cuenta anécdotas, recuerdos, vivencias que le han enseñado que la vida está también en la mirada acertada sobre las cosas que nos ocupan.

Después de la entrevista, con gusto platicó con nosotros y se mostró agradecido con el equipo de LaVozTV y en especial con nuestra fotógrafa Wendy Rufino, a quien llamó “la señorita del lente”, mientras posaba para ella:

–Mira, qué trabajadora –dijo mientras Wendy le tomaba fotos al final de nuestra charla– es un ejemplo a seguir…

Y reía Don Genaro, quien nos ofreció un raspado a cada uno de los “amigos de la prensa”. Y a la primera en ofrecerle, fue a “la princesa de la cámara”. Nos ofreció un raspado y la conversación continuó tal vez alrededor de veinte minutos más. Poco antes de la despedida, le hice una pregunta que tiene que ver con el futuro:

–¿Y ustedquiere seguir vendiendo? –le pregunté

–Pues hasta donde se pueda– me respondió con aquella sonrisa incesante–, va a llegar un momento en que ya… hay un dicho que dice “ya se acabó el corrido”. Va a llegar el día en que ya, la vida se acaba, si, las fuerzas, todo termina…

–Pero ahorita usted está muy fuerte– le señalo.

–Puedo caminar y trabajar, ¡sí señor, todavía…! –me responde con una alegría que contagia.

Y pienso en la voluntad de trabajo de ese hombre, a quien lo sostiene sobre el mundo la fe en la vida y en sí mismo; por eso sigue sonriendo y mirando pasar la vida por enfrente.

68 voces genaro

 

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