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Foto: Wendy Rufino. Alfredo Gallegos Lara, conocido como el “Padre pistolas”, es un hombre que vive su acción religiosa y su vida ordinaria.

“El padre Pistolas”, con vidas paralelas

22 de enero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Por Neftalí Coria
La figura del médico, el obrero, el policía, el albañil, el oficinista, la enfermera, entre muchas más, suelen identificarse por cánones que conocemos de manera prototípica. Pero también –como las demás figuras–, la del sacerdote vive en la vida ordinaria como los demás, pertenece a la realidad del momento histórico que le ha tocado vivir y debe habitarla del lado de sus fieles y con ellos, enfrentar los retos que el tiempo trae consigo.

Alfredo Gallegos Lara, conocido como el “Padre pistolas”, es un hombre que vive su acción religiosa y su vida ordinaria, como pocos de los sacerdotes que conozco. Usa pistola, botas vaqueras de piel, cinturón piteado, camisa a la usanza vaquera color negro  con un águila bordada al frente. Así nos recibió en la casa parroquial de Chucándiro, donde desde hace tiempo oficia. Nos invitó a desayunar –previo a la entrevista– huevos con chorizo, frijoles, chocolate y pan dulce. Nos ofreció tequila o algún trago fuerte, por si se nos antojaba y nos mostró una botella rebosante. De inmediato nos dijo –todavía sin micrófono y sin cámaras– quién era. A boca de jarro, nos dio fechas exactas de su nacimiento, su ingreso a la escuela primaria, al seminario, la fecha precisa de su ordenación y el ejercicio sacerdotal a lo largo de los años, pero sobresalió su interés por la beneficencia de quienes lo necesitan.

Cuando caminamos rumbo a la iglesia que está del otro lado de la plaza de Chucándiro, la gente que estaba en la banca en pleno reposo dominguero, lo saludó con mucho respeto con un “Buenos días padre”. Era la muestra –como otras que pudimos ver– de que es un hombre querido y en trato abierto con las personas de Chucándiro, pero sobre todo, haciendo mucho de manera real y objetiva por los fieles católicos.
Sus estudios en el Seminario de Morelia, fueron la mayor motivación que lo llevaría a tomar los hábitos. Casi no habla de porqué y cómo fue que su vida se encaminó a elegir el sacerdocio, aunque puede verse, que es por esta vía que Alfredo descubrió, una manera de hacer algo por la gente, porque siempre quiso ayudar y disponer al beneficio de los demás, en este mundo donde la corrupción y la injusticia están a simple vista. A los 26 años se ordenó. Su primera parroquia, fue una en Baja California, pero el obispo de allá, lo corrió porque él lo enfrentaba.
–Es que el obispo no tenía palabra– asegura.
Y lo mandaron a El Jaral en el estado de Guanajuato, allá estuvo 25 años y colaboró haciendo caminos y canchas que el pueblo necesitaba. Hacía exhibiciones disparando pistolas y rompiendo botellas con su magnífica puntería.
Organizaba a la población y fueron muchas las obras que quedaron allá, en aquel pueblo de Guanajuato.
Como un personaje  de un western

Alto, de poco más de 1.85 de estatura y con la pistola 45 fajada a la cintura, su imagen es la de un personaje que nos recuerda a los viejos Westerns mexicanos de los que Fernando Casanova, Rodolfo de Anda y muchos otros actores, obtuvieron notoriedad y se convirtieron en prototipos del cine mexicano por los años sesenta en nuestro medio rural de todo el país. Su lenguaje franco, arrebatado y sin omitir palabras duras, lo caracterizan como una réplica de aquellos íconos del cine nacional y para completar el personaje prototípico, el “Padre pistolas” canta y graba discos y en sus vistosas portadas, él aparece como un verdadero artista popular. Ha grabado ocho discos con trío, mariachi y banda, y en los discos el “Padre pistolas” es el cantante. Durante la entrevista me dijo que le gusta cantar canciones “bonitas y no chingaderas” afirmó. Ahora lamenta que se cante la basura que se escucha en la radio; canciones del narco y cantantes que deberían avergonzarse de lo que cantan. Por tal razón, el afirma que prefiere cantar cosas “que le lleguen al corazón”. Y mientras me habla de su gusto por cantar, recuerda canciones de Chucho Monje, Guti Cárdenas, Agustín Lara, María Grever y mientras recordaba, lo que suele cantar en eventos públicos, sin previo aviso cantó: “Y si encontraste en mi pasado una razón/para quererme o para olvidarme,/pides cariño, finges olvido, si te conviene/no llames corazón a lo que tu tienes…” y en ese pequeño fragmento, afinado, con buen timbre y cuadrado al ritmo que corresponde, quiso que escucháramos una de esas canciones, que a decir del padre Alfredo, se pueden cantar “hasta en la iglesia”.

Lo que él ha de cantar deberá ser por sentimiento y canciones que le lleguen al corazón y no canta canciones que hablen de borrachos, ni de narcos, solo de amor y amor puro. Y celebra que las canciones que canta, sean canciones mexicanas. El “Padre pistolas” no está de acuerdo con el matrimonio homosexual, ni con el aborto y cree fielmente en el amor y los sentimientos. Sus acciones, para con la gente del pueblo aunque sean criticadas en sus modos, han sido su sello.

–Todo eso va forjando la personalidad del “Padre pistolas” –afirma con entereza–, el “Padre pistolas” no se raja, no le tiene miedo ni al diablo, se para a las dos–tres de la mañana y se queda sin camisa por ayudar a los demás. Hay otros padres que se quieren comparar conmigo –dice el padre Alfredo–, pero con tres carros del año, tres cuentas, tres casas y haciéndose pendejos; no hacen nada por los demás, p’os no, ¿cómo se van a comparar conmigo?, ni obispos ni padres; tienen otra mentalidad, entienden el evangelio muy a su modo. Hacen su papel y yo les felicito y los quiero mucho, y les adoctrino que no está bien y que deben rectificar y deben fijarse en el auténtico mensaje de Cristo de ayudar a los pobres…
El padre Alfredo guarda un silencio muy breve, pero reflexivo y en ese silencio le pregunto cuál es su opinión del Papa actual. Y afirma que cree que es un Papa ideal para nuestros tiempos y hace referencia a su austeridad, a la sencillez con la que lo hemos visto desempeñarse y a la voluntad de acercamiento que el Papa Francisco ha tenido con la gente. El “Padre pistolas” celebra el espíritu generoso que el Papa –quien visitará Morelia en febrero– ha demostrado hasta hoy. Y así se refirió al Papa:
–Vive en Santa Marta –dice con gusto–, en una casilla ahí chafa de los criados. Trae un Ford y no un Volvo, se sube a los urbanos y ya no se pone ninguna corona de oro. Yo pienso que es un Papa para nuestros tiempos y yo tengo muchas esperanzas…
La pobreza sigue siendo una amenaza constante

Hace tiempo invitaba a grupos y bandas de música famosas –Ramón Ayala, Los Tigres del Norte– y todo lo que recaudaba, era para beneficio del pueblo y sus mejoras. En sus presentaciones como cantante, él nunca cobra y lo que llega a ganar con sus discos, todo es para beneficencia de las buenas causas del pueblo. El “Padre pistolas” es un sacerdote benefactor y ha gestionado escuelas, hospitales, cultura y sano recreo para la comunidad de Chucándiro y la población así lo reconoce.

Acepta que ha tenido muchos problemas por “claridoso y por decir las cosas como son”. Ha aprendido que a los obispos, gobernadores y presidentes, no les gusta que les digan la verdad.
–A Fox le pedí ayuda y se me rajó –me narra y asegura que no le quiso ayudar a conseguir unas tierras– se me rajó.
El “Padre pistolas”, asegura que él ha ayudado de verdad a la gente y ha estado al pendiente de enfermos en los hospitales y de pobres que no tienen a dónde ir.
–La gente se muere y a nadie le importa– remata y aduce que ni los sacerdotes hacen nada.
De respuesta rápida, el “Padre pistolas”, tiene un humor inmediato y le divierte hablar de los políticos y los hombres de poder. Son sus favoritos para su aguda y frontal crítica, aquellos personajes que durante sus cargos en el poder, recuerda haberlos visto hacer grandes disparates. Él quiere que la gente se eduque, que viva en condiciones que él cree que se merecen, porque la pobreza sigue siendo una amenaza constante y se siente obligado a combatirla.
De niño en todas las peleas, ganaba

Durante el almuerzo, también nos advirtió –con un recuento de las entrevistas que otros medios internacionales le habían hecho– que las cámaras no son nada nuevo para él y se nota en su desenfado y la seguridad con la que expresa lo que piensa. El “Padre pistolas” es de esa madera de la que están hechos los hombres del espectáculo, que fueron formados para ser vistos. Es común ver reportajes de televisoras norteamericanas, japonesas y otras de Latinoamérica, que se han ocupado de la particularidad de su persona, su conducta, su fe en la vida, su filosofía y su manera de relacionarse con la sociedad.

Hay en él, un resto de aquel niño que se peleaba con sus compañeros (y les ganaba). Queda algo de aquello que me cuenta sobre sus juegos de infancia y con facilidad puede imaginarse al niño Alfredo en la escuela primaria en pleno juego de la rudeza y con la fama de broncudo. Algo queda de una especie de arrebatos de aquellos días cuando en la escuela primaria de Tarimoro, algo de sí mismo defendía ante los demás. Tal vez la dignidad, tal vez aquello que sin entender, como justicia, promulgaba y defendía a punta de puñetazos. Ninguno de sus compañeros hubiera imaginado que Alfredo sería sacerdote. Y así como él fue sacerdote, asegura que otros fueron ladrones. La vida lo llevó por ese camino del que nunca se ha arrepentido y su labor sacerdotal ha tenido ya una historia larga, con satisfacciones grandes.
Reconoce que siempre tuvo muchos problemas por el vocabulario que ordinariamente utiliza, pero es genuino, y si así lo hace, también quiere que todos lo entiendan; sabe que es el habla del pueblo la que él usa, sin hipocresía ni doble cara.
Dejó el arma en el escritorio, pero por comodidad

El uso de la pistola, me ha dicho, que ha sido importante en muchos de los sentidos, porque un día llegó a la oficina con un funcionario para recordarle la petición de una carretera y cuando se sentó frente a él, se desfajó su arma y la puso sobre el escritorio para estar más cómodo, y preguntó por su asunto. Dice el padre Alfredo que el funcionario espantadísimo, le dijo que de inmediato resolvería aquello. Y así sucedió, pronto el pueblo tuvo carretera.

La pistola es también para defensa y el “Padre pistolas” ha disparado a dar, claro que ha disparado, me asegura, como en alguna emboscada en la que los disparos que eran para él, le daban a la camioneta, él con toda rapidez, disparó hacia el sitio de donde éstos llegaban, pero tampoco se detuvo a ver si había acertado. Aceleró y logró escapar. El padre Alfredo guarda pistolas que les ha quitado a la fuerza a jóvenes que andan en los bailes, jaripeos y fiestas del pueblo. Los despoja de ellas y les dice que vuelvan al día siguiente con sus padres y con todo gusto se las devuelve. Nunca regresan por ellas, dice y allí las guarda.
Vámonos a misa, porque todavía soy sacerdote
Al término de la entrevista que tuvimos allí frente a la puerta de la iglesia, ya para despedirnos, se levantó y nos quiso dar la bendición. De pie nos dijo con la mano en cruz y al aire:
–En el nombre del padre del hijo y el espíritu santo, que la paz descienda sobre ustedes… –recitó solemnemente– …y vámonos a misa porque todavía soy sacerdote.
La misa del medio día dominical apremiaba para dentro de quince minutos. Nos dijo que nos esperáramos a comer porque todo estaba listo:
–No se pueden ir sin comer, además no se las voy a cobrar –nos dijo riéndose.
Y nos acompañó al atrio donde había una especie de pequeña vendimia. Nos sirvieron enchiladas que prepararon las mujeres del pueblo quienes le ayudan en la casa parroquial. El padre nos aseguró que habían hecho demás y estuvo sólo un momento con el equipo de LaVozTV. Nos regaló un periódico dominical de Cuitzeo donde publica una columna de opinión y al lado, los chistes que se inventa. Se despidió amigablemente y se marchó rápido. Vimos desde lejos cuando se enfundó en la sotana blanca con vivos verdes a mitad del patio parroquial. Le dio el sombrero a una de sus ayudantes y pudimos ver como entró a la iglesia. Y desde el atrio mientras terminábamos de comer, también logramos verlo subir al presbiterio para comenzar la misa, pero jamás vimos que le diera a guardar a alguien la pistola o que la dejara en alguna parte.
Acabaron de sonar las campanadas, de la última llamada a la misa de cuatro.

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