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Foto: Wendy Rufino. Las alas en la obra de Javier remiten a los ángeles ausentes, a los que nunca estuvieron.

Javier Marín, la forma y color de realidades diferentes

15 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Texto: Neftalí Coria

Esa obra arrebatadora e inquietante

Son conocidas las figuras monumentales del escultor Javier Marín, aunque también son de resaltar aquellas en formatos más pequeños. Su estilo de escultor es ya un patrimonio de quienes hemos visto esa obra arrebatadora e inquietante; y aunque ambos adjetivos para su obra, resulten ser ya lugares comunes, no dejan de nombrar a mi parecer, lo que muchas de sus piezas nos provocan al verlas. Al mirar los rostros, inquieta y nos recuerda la imperfección humana como una gracia compleja, como una belleza diversa del cuerpo en la que se incluyen esas posiciones descompuestas que arrebatan algo de nuestro cuerpo que las mira. Sus cuerpos lacerados hacen que la fragilidad humana sea una constante; son figuras que pueden verse también como inhóspitas pesadillas y a mi gusto, escenas teatrales de lo siniestro. Son cuerpos agrupados, amontonados, como conjuntos catastróficos que sobreviven en una apología al dolor. Sueños en los que el lamento, el dolor y los ayes, se escuchan por dentro y ese silencio en el que se mira una obra, inquieta y desestabiliza en todo momento la quietud del espectador.
La obra de Javier –a decir de Néstor Braunstein– son “las ruinas de la memoria irrecuperable, las de todos nosotros (…) incitaciones a figurar los miembros que faltan, sabiendo que la estatua seguirá mostrando la atroz belleza de sus bordes en la rota piedra.” En su mitología, Javier ha encontrado los profundos y sinuosos ecos del dolor, aunque sus causas, son la raíz de un iceberg que el espectador debe construir y no le resulta difícil hacerlo. Todas esas sensaciones que su obra provoca, nos resultan familiares, atractivas, cautivadoras y que dejan en el corazón, un desasosiego que la mayor parte de las veces, nos resulta incomprensible.
Javier es alegre y de sonrisa transparente, sin embargo en su mirada hay un destello que habla de algo más que en él vive y sólo en su obra puede verse. Yo no me atrevo a adivinarlo, porque presiento que Javier es mi espejo y temo descubrirme en esas llamas que en sus ojos tampoco entiendo. Dice mi amiga Wendy Rufino que tras la mirada de Marín, vive algo más y está segura que algo extraño palpita sin cesar, por eso la inspira para retratarlo con su cámara prodigiosa, como lo hizo el día de nuestra entrevista. La mirada de Javier encuentra con facilidad la luz y clava en ella sus arpones certeros; y cuando ha logrado esa especie de iluminación, desde ahí –mientras labra su obra– mira cómo pasa el mundo con sus patas chuecas y sus bastones negros. Por eso vemos en su obra, todos los rostros anónimos que también son de todos propiedad, rostros quebrados por la luz de todas nuestras pesadillas acumuladas. Son rostros en seco, rostros en los que se ve lo que ya ni duele, caras, cabezas, alas, sacrificados torsos en donde tiene lugar la ruptura de una armonía que nunca podremos alcanzar y pasaremos la vida añorando.

Había un ala volando sola en el muro

En su estudio en la Ciudad de México de la Colonia Roma, donde tuvimos la entrevista, mientras esperamos a Javier con el equipo de La VozTV e invitados, revisamos las piezas que allí había. Una buena cantidad de ellas que vimos a discreción, mientras el escultor –que había llegado de la fundición, se alistaba para nuestra conversación. Aquel es un lugar iluminado y muy amplio en una planta baja. Al centro, un sillón color marfil en el que más tarde nos sentaríamos a conversar con el artista michoacano. Aquella galería provocaba una sensación de inquietud. Me conmovió la multitud de cuerpos, rostros, alas,… Y me llevó a un poema que escribí años antes sobre la multitud de los cuerpos en la obra de Javier: “Estatua múltiple, aguijón inocente, luz de mármol, sutil encantamiento por donde se logra ser inicial del alma…”
Allí estaban piezas de diversos tamaños sobre mesas, empotradas en los muros blancos y otras colgadas del techo o sobre sus pedestales en el piso. En una pared, había un ala volando sola en el muro del fondo que me daba la imagen del ángel perdido al que Braunstein nombra con fruición en su libro “Javier Marín, La entereza de los cuerpos despedazados”. Allí se sentía la presencia de un artista que había labrado la obra que contiene las vívidas imágenes que tienen como habitación, el alma de un hombre que no necesita asomarse al exterior para retratar lo que los demás conocemos. Y allí está la gracia del monstruo que vive en los adentros de cada uno de nosotros y que es nuestra insospechada propiedad, nuestro patrimonio onírico, nuestro guía, nuestro mentor y quizás el maestro de nuestras pesadillas más profundas.

Un escultor entero

Javier Marín es un escultor entero, un hombre donde la creación se vuelve a mirar la verdad humana que en el cuerpo se oculta, la verdad que dobla el aire por donde va el cuerpo doloroso del hombre contemporáneo y por el contrario, Javier como quien en sus manos tuviera un fuego sanguíneo, le da vida a esa pesadilla que también somos.
A Javier Marín no le interesa reproducir la realidad; él hace realidades diferentes, suyas, otras que en la imaginación agitada crecen, por eso no usa modelos, ni espejos, ni mira lo que el mundo ordinariamente le pone enfrente. No copia el cuerpo como “realmente es”, sino lo inventa. Le importa ese juego donde las cosas parecen, pero no son.
En un demencial trabajo que imagino entrega el alma y desgasta su corazón a cada latido, Javier cierra los ojos y mira dentro de sí, para fabricar lo que él ha llamado sus autorretratos. Javier mientras reinventa y se reinventa, nunca mira hacia afuera; le aburre, ha dicho, él ve hacia adentro porque es la profundidad de su ser, de donde han de salir esas formas que aparecen en el mundo como los peces que vuelan y toman su lugar entre los asombrados ojos que los han de mirar.

Alas del ángel perdido

Las alas en la obra de Javier, remiten a los ángeles ausentes, a los que nunca estuvieron, llevan a esos seres –hermanos de los centauros, las sirenas, las ninfas, los querubines y los demonios volantes– que se perdieron y no saben cómo volver a sus orígenes aéreos. Alas del ángel perdido, son esas alas que vemos desprendidas como las que sostienen el altar mayor de la catedral de Zacatecas, en donde la obra de Javier Marín ha quedado indeleble. Alas terrestres, alas que ya no esperan al ángel porque éste no ha de volver por ellas. Esas alas descoyuntadas como las llama Braunstein, son las que las manos de Javier suelta al aire de la historia.

Su obra retrata
Javier me ha dicho que son autorretratos sus esculturas y le creo, pero también creo que en ese acto de introspección, nos retrata a todos esos seres que nos multiplicamos en los oscuros sentimientos que el mundo nos entrega como una espinosa ofrenda. Nada más cautivador, que esa afirmación suya. Su obra retrata, sí es cierto, pero también retrata aquello que nos parece imposible que seamos nosotros; y allí aparecemos, como una fotografía deforme mostrando lo cóncavo del alma y lo rasposo, lo herido de nuestro ser, aparece como algo que nunca quisimos que saliera en ese retrato maldito, pero en el fondo sabemos que nadie más está allí que nosotros mismos, y reclamamos al artista que nos haya descubierto así, contrahechos, tortuosos, sinuosos como también es la belleza. En las figuras que en su obra vemos, están los rasgos de cuerpos que hemos soñado y hemos visto en algún confín de nuestra vida.
Todos los personajes que conforman esa galería humana en la obra escultórica de Javier Marín, dice que vienen de su interior, pero sobre todo de su manera de mirar el mundo y de lo que de él ha comprendido. Su trabajo escultórico es autoanálisis, es interiorización y una manera de llegar al fondo humano que cada hombre posee y suele nunca descubrir. Javier lo ha hecho por nosotros y se salva y nos salva de ignorarlo.
Pienso en esos cuadros de Francis Bacon que me lastiman y me estremecen; rostros que me recuerdan los rostros de algunas piezas de Javier y que –aunque no puedo dejarlos de mirar–, no quiero encontrarlos en los sueños, porque en mis sueños nada controla la imaginación y de soñarlos, el miedo y estupor me harían su presa. En esta realidad es que quiero verlos y es en esta realidad –frente a ellos–, cuando más me conmueven, y es que mis sueños no son iguales a los de Javier, porque los suyos son sueños lúcidos, como me lo ha dicho y los míos son irrefrenables.

“INFANCIA ES DESTINO”
Javier Marín, es sin duda, uno de los artistas más importantes de México y la sobriedad y sencillez, lo convierten en un hombre a quien le ha gustado el hecho de ser artista. Le gusta ser artista, lo ha dicho con esa alegría que se lleva, cuando hemos elegido algo que nos gusta hacer y nos hace felices. Su trabajo ha sido la razón más poderosa para estar en este mundo. Javier recuerda el territorio libre de su niñez donde jugaba con sus hermanos Alfredo y Jorge (eran los cercanos también por la edad), haciendo figuras con plastilina, y no era que les compraran plastilina extra, aquella era parte del material de la escuela y después de hacer las figurillas, había que deshacerlas y volver a su lugar las barras de un sólo color porque también los colores, debían reunirlos en el orden correcto y meterlas a su caja. Javier y sus hermanos, disfrutaban sobremanera el día que sus padres les compraban los útiles escolares, sobretodo porque aquellas compras incluían colores y plastilina. Y yo imagino que el hecho de hacer figuras de plastilina y luego desbaratarlas, a los tres hermanos, sin duda les dejó astillas de lo que para Javier y Jorge sería el futuro. Y Javier lo reconoce porque ese –para él– inolvidable territorio de la niñez, fue la gran motivación para dedicarse al arte, porque cree –igual que yo– que “infancia es destino”. Y si a esa manera de haber vivido aquel paraíso, se incluye la presencia de su padre, puede entenderse su pasión.
–Mi papá también era artista, y yo creo que entendía perfectamente –afirma Javier–, entonces no había manera de que te prohibiera hacer algo cuando él era el primero que ponía el “mal ejemplo”…

Escribir en el instante, no en el cuerpo
Llamó mi atención que en una de las esculturas que nos acompañaban durante nuestro encuentro, había tatuadas algunas palabras: “Si yo pudiera volar, si tú pudieras volar”, decían la inscripción sobre el vientre de aquel cuerpo rojizo. Y yo pensé que eso era un acto de escribir en el cuerpo y se lo mencioné en nuestra conversación. Su respuesta fue más allá:
–Más que escribir en el cuerpo, es escribir en el instante –dijo convencido–, no importa si es un cuerpo, es producto de un momento, no del cuerpo. No acompaña al cuerpo, acompaña un momento íntimo, un momento personal. De ahí viene la frase, el resultado a lo mejor es algo que parece un cuerpo con una frase escrita pero no, no tiene que ver con el cuerpo precisamente…
La de Javier es otra escritura que las manos a oscuras, a tientas en una página física se traza sobre el tiempo y en el corazón de un instante, porque es el tiempo quien la dicta.
Javier no trabaja bajo la sombra de la tristeza, ni trabaja por la noche; es totalmente diurno, le alegra cuando abre su ventana y el sol está allí de nuevo. La luz de la mañana le alegra y con toda propiedad y energía, comienza el día con esperanzas. También he preguntado por esas agrupaciones de cuerpos que me parecen escenas teatrales. Y  confiesa que le gusta el teatro y uno de sus sueños sería dirigir cine. Los cuerpos agrupados, el emocional deseo por el teatro, el cine, su incontenible energía por seguir trabajando, esa fuerza que tienen sus esculturas grupales, hicieron que espontáneamente, le leyera mi poema que en 2005 escribí cuando por primera vez vi su obra. Leí: “Todos levantaron las manos/cuando no sé qué dios, encendió/la luz con mucha fuerza. Hablaron de su muerte/y cuando llegó la noche, volvieron todos a su inmovilidad estremecida.”
Hubo un instante de silencio entre Javier y yo, y otra especie de alegría recorría aquel instante, poco antes de terminar la conversación.

 

14-15a Javier Marín

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