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Foto: Wendy Rufino. El astronauta michoacano explica que, para su generación, ser astronauta era el sueño más común, pero que él tuvo la suerte de convertirlo en realidad.

José Hernández, el sueño de muchos y la realidad de pocos

4 de marzo, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Texto: Neftalí Coria

Para los niños de mi generación –en la que se inscribe José Hernández Morales–, los nacidos a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, nuestro lema era ser astronauta, ir a la luna, viajar por el espacio misterioso que veíamos en el cielo de nuestra imaginación y en los juegos estaba inmerso el sueño loco de ser hombres del espacio exterior. Y aunque era lejano, como lo son muchos de los mejores sueños, mis amigos y yo, jugamos incontables veces con un palo redondeado por las navajas de nuestra imaginación, llevándolo en la mano a toda velocidad en el aire al grito de “soy un astronauta y aquí voy en mi nave…”, juegos de los que muchos niños –bajo el influjo de las hazañas que en la televisión vimos–, se alimentaban extraordinariamente, en esa edad donde la imaginación era la mejor vitamina. Como muchos sueños, parecidos al de aquella poderosa ficción, los repetíamos en nuestros rituales lúdicos y este, era el más persistente.

Lo mismo que a mis amigos y a mí, le ocurrió a José Hernández, cuando a los diez años, vio en un televisor de bulbos, chiquito, blanco y negro, aquel hombre que puso los pies en la luna. Impresionado, ya nunca dejó de mirar la luna y el cielo. Recuerda que corrió a las afueras de su casa –allá en California donde había emigrado y trabajaba al lado de sus padres y hermanos– para ver en el cielo la luna grande flotar e hizo la comparación con la que vio en la pantalla pequeña del televisor. Pudo entender una luna y otra. Entendió lo que hacía el hombre en aquella increíble operación. Aquel hombre de blanco y metido en un traje que parecía de felpa, estaba en ese astro, el mismo que pudo ver en el cielo y en el televisor. Imagino sus preguntas, imagino su rara curiosidad, su imaginación de haber comprendido lo que en esas dos realidades estaba sucediendo. Imagino que –igual que yo y todos los niños de nuestra generación– no podía con facilidad explicarse aquella distancia. Un mundo donde la palabra “infinito” era cierta, al igual que las palabras “inmensidad” e “inalcanzable”, aunque esta última, para José Hernández fue una palabra que hizo a un lado, pues alcanzó su sueño a nombre de todos los niños de nuestra generación.

“Vamos a la cocina”, le dijo su padre

Cuenta José, que ese día al fulgor del relato hecho por el popular reportero Walter Cronkite quien narraba la hazaña del astronauta Gene Cernan, arribando al luminoso astro hasta entonces mítico, pudo saber con el deseo más alto que un niño de diez años puede experimentar, que aquel sueño era el corazón de lo que él debía hacer en la vida. Allí estaba su certeza, allí toda su incipiente pasión y lo que para los adultos podría sonar a locura, su padre –a quien José le da mucho crédito–, al escuchar el  excitado sueño de su hijo, le dijo seriamente, “vamos a la cocina”. José guardó silencio y abrió los ojos enormes, porque sabía que en la cocina, sólo ocurrían tres cosas: comer, hacer la tarea y el lugar donde “se aplicaba la justicia”, dice al tiempo que estrella una mano contra otra. Ya José había hecho la tarea, ya habían merendado… ¿Qué faltaba?

José entró a la cocina desconcertado y listo a esperar lo peor. Había expresado su sueño de ser Astronauta ante su padre…

–Siéntate– le dijo.

Y para sorpresa de José, le pidió que dijera claramente qué era lo que él quería y le hizo justificar aquello que José estaba diciendo, pero jamás le dijo que aquello era imposible, que era un sueño de locos. Nada de lo que nos parecería común, le respondió su padre, lo que a mi parecer, fue fundamental y ejemplar para el respeto por las legítimas ambiciones de los hijos. Y el niño José expuso como parte de su justificación, las cifras claras que había escuchado de Walter Cronkite:

–Es que se me hace imposible –le dijo José a su padre–, que la luna estando a un cuarto de millón de millas de la tierra, seamos capaces de mandar a un hombre y que regrese sano y salvo a la tierra.

Su padre lo miró fijamente con extrema seriedad:

–Yo creo que si puedes –le dijo su padre, quien tenía una educación de tercer grado de primaria–, pero si quieres hacerlo, tienes que seguir una receta que te voy a dar y es muy simple –y se la enumeró con los dedos de la mano– La primera: define bien lo que quieres ser en la vida (YA JOSÉ ESTABA CLARO QUE QUERÍA SER ASTRONAUTA), segundo: reconoce qué tan lejos estás de esa verdad (JOSÉ LO SABÍA, ERA HIJO DE UN CAMPESINO MEXICANO) y qué bueno que lo recuerdas porque el tercero, es hacer un mapa desde dónde tu estás ahora y hasta dónde quieres llegar… El cuarto, es el estudio (Y SEÑALÓ LOS LIBROS SOBRE LA MESA), porque no hay sustituto para una buena educación. Y el quinto –le dijo señalando a las afueras de la casa–, que el mismo esfuerzo que pones en la pizca del jitomate, el pepino y la cereza, ese mismo esfuerzo, lo deberás poner en el estudio… (Y HABÍA SEÑALADO DE NUEVO LOS LIBROS EN LA MESA) por último, siempre entrega más de lo que la gente espera de ti…

Aquella noche, José se fue a dormir tan contento, que tuvo certezas en su almohada y su alegría de haber sido escuchado y comprendido por aquella autoridad que para él era su padre. Tenía la radiante alegría que todo sería posible. De su padre estaba recibiendo las herramientas precisas para un niño de su edad que necesitaba seguridad y su padre, no sólo le dio seguridad, sino también esperanza, confianza y la mayor fe en sí mismo. José confiesa que pensó, que si sus padres creían que el podría ser Astronauta, él mismo debía estar seguro de serlo. Advierte un factor importante en esta historia y señala el uso de una, y no otra palabra pronunciada en boca de su madre. Ella nunca dijo: “Ojalá seas astronauta”, sino: “Cuando tu seas Astronauta”. José cree –y yo lo creo también–, que aquella sustitución de palabras, fue determinante para lograr el resto del camino.

 

La persistencia para un sueño cumplido

José cree que si le hubieran dicho “estás loco” o cualquier cosa que le hiciera creer que no era posible, no habría persistido hasta lograrlo, porque advierte que a su padre sólo le habría faltado en su receta, el sexto punto y que él tuvo que descubrir: la perseverancia.

–¿Cuántas veces crees que fui a la NASA?– me pregunta, se pregunta.

Once veces, asegura haber sido rechazado. Y sólo hasta el doceavo intento, logró su ingreso. Fue hasta entonces que le llamaron para decirle que pertenecía a la generación decimonovena de astronautas de la NASA. Haber emprendido aquel camino para José, conforma una determinación que no resultaba fácil por ninguna de sus aristas, ni creo que fuera una historia solo con aquello que podemos advertir. Imagino la secuencia brutal de dificultades a las que José también irremediablemente tuvo que enfrentarse. Ser un Astronauta, no sería un sueño que con el tiempo quedaría en recuerdo y en el mismo recuerdo quedarían también las palabras de su padre en la cocina. Para José se volvió una tarea perseverante en su vida. Y se debe entender que no fue fácil, si a eso sumamos, la complejidad real de ser migrante mexicano en un país de otra lengua, clasista, racista y dueño de otras diferencias sociales que la idiosincrasia de una familia de migrantes mexicanos, debe enfrentar con recias decisiones o someterse a ellas de manera natural.

 

Una vida nómada entre California y La Piedad

José vivió al lado de sus hermanos una vida nómada en función de las cosechas de los campos agrícolas de California durante nueve meses del año y de regreso a su pueblo los otros tres meses. Un niño trabajador desde antes de los diez años, y pese a que se conoce la vida típica de los migrantes mexicanos, la suya fue distinta. Diremos que ahora puede suceder con mayor frecuencia que los hijos de migrantes estudien, pero en los años sesenta, era una rareza que un padre campesino y una madre ama de casa migrantes (antes no se llamaban así) enviaran por sobre todas las cosas a sus niños a la escuela. Una vida activa en la amplia extensión de la palabra, fue la vida de José Hernández. Disciplinada, responsable y ceñida a los sueños, que alguna explicación debieran tener de su padre, porque fue capital la entereza que tuvieron para formar a los hijos inclinados a la educación. Aunque hay que recordar, que hubo una maestra norteamericana de origen chino, que fue importante en la guía de sus padres, cuando José estaba en segundo de primaria. Ella les hizo ver que esa vida nómada y esos largos regresos a México, desequilibraban la educación de sus hijos, que a ojos de la maestra, eran muy talentosos. Y con ejemplos que su padre –como campesino que era– pudo comprender, dejaría su dinámica nómada y se quedaría en Stockton como lugar de residencia, y a decir de José, allí se transformaría la historia; la estabilidad alcanzaba mayores logros en el trabajo, en la escuela y en el desenvolvimiento de su movilidad social de aquella familia que siempre tuvo miras de superarse. Por eso hoy cree José Hernández, que la educación es básica para el desarrollo de un pueblo, y cree con toda convicción, que es en lo que un país debe invertir.

De La Piedad, donde nació en 1962, sus recuerdos a decir suyo, son muy bonitos:

–Ahí fue donde iba uno de pequeño en el tiempo de las fiestas –me relata con una luz distinta en los ojos y las manos abiertas, como si a ellas regresara el tiempo–, la juventud, la adolescencia. Dar la vuelta a la plaza, las posadas, los bailes, el café …muy bonito y luego vivíamos tanto en La Piedad como en un ranchito que se llama Ticuitaco; mis padres maternos vivían en La Piedad. Me pasaba la mitad del tiempo en la ciudad y la otra mitad en el rancho de cacería con la escopeta, con las güilotas con carabina y todo eso… las resorteras… una niñez muy bonita, muy sana.

Los recuerdos se vuelven luz en la mirada de este hombre bajito, atento, de cuerpo resistente, de brazos y manos fuertes que durante la conversación, portaba una camisa con el logo de la NASA. Un hombre de los pocos en el mundo que ha visitado el espacio y havisto la tierra desde muy lejos. Un hombre que se sorprendió la primera vez que vio desde la ventana de la nave, que el mundo es una sola cosa, que no hay fronteras, que debería ser una unidad geográfica. Un hombre con la sensibilidad de quien conoce la belleza del vacío, la altura y ese silencio que debe ceñirse al espacio, que para muchos seguirá siendo un misterio. Uno de los poquísimos hombres que han visto esa otra luz que sigue en nuestro sueños, como la sangre circula en el cuerpo:

–Deberíamos llevar a nuestros líderes políticos para que vean que el mundo es sólo uno –dice con verdadera convicción.

Y reconoce que le dio tristeza ver desde allá la Tierra; una imagen que en muy poco se parecía ala que la maestra de primaria le presentara en el memorable globo terráqueo, donde había colores y nombres de países y jugaban todos a aprenderlos. Lo que desde allá pudo mirar fue otra cosa, distinta pero maravillosa, hermosa sin lugar a dudas, y que le hizo comprender nuevas verdades que siguen viviendo en él como parte suya, profunda.

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