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Foto: Wendy Rufino. Juan tiene muy presente un día que su padre le pidió que tomara con los dedos el extremo de un hilo para trazar un círculo en el suelo de tierra.

Juan Torres, convierte sus sueños en arte

30 de octubre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Neftalí Coria / La Voz de Michoacán
Hace algunos años, en una conversación que tuve con Juan Torres, coincidimos en que al momento mío de la escritura de la poesía y al momento suyo de pintar, ambos lo hacíamos en una especie de vigilia, o en un extraño momento de ensoñación. En ese mar vasto en que no hay más que la barcaza de la imaginación y la memoria sometida, lo que nos llevará a buen puerto. El poema así lo había logrado yo en muchos de los casos, y así él estimaba el acto de pintar un cuadro, en ese estero de la conciencia donde puede la vida, confundirse con los sueños. Nunca he olvidado aquella curiosa coincidencia nuestra y la recuerdo ahora que nos volvemos a encontrar para “Vivos Retratos, 68 Voces”. Fue aquella la primera y más larga conversación que tuve con este pintor que sabe que el arte proviene de un juego humano natural que nadie puede detener.

Pintar para Juan es una tarea de relación inmediata con el lienzo y puede hacerlo, tanto con una estopa, como con un pincel de pelo de camello. Para él lo importante es el acto de pintar, el acto de dejar sobre la blancura de enfrente lo que ha imaginado minutos o años antes, aquello que siempre se tiene presente como un motivo para repetirlo en los colores y esa labor de darle forma a todo lo que se ha visto en la vida diaria o en los años de toda la vida. La habilidad que rabiosamente tiene con las manos, le ha dado un modo de ser pintor, de ser artista; Juan es un artista práctico y efectivo. Y lo reconoce diciendo con soltura, que a él le da lo mismo pintar sobre un lienzo o sobre cualquier papel bond, como lo hizo cuando estaba en la escuela de Bellas Artes, usando hasta pintura automotiva. En su decir, Juan puede pintar con una espátula o con el palo de la escoba y suele pintar un cuadro de un tirón, de “una sentada”, como lo refiere con toda seguridad; sobre una mancha comienza y abunda con la imaginación y las decisiones inmediatas que lleva en un plan previo, hasta terminar el cuadro. No hay tiempo para detenerse a reflexionar excesivamente, ni a preguntarse por nada, ni a esperar inspiraciones divinas. Juan pinta irremediablemente y el vértigo lo asiste. Pintar para él se ha convertido en una especie de vicio incurable y maravilloso, en la única forma de vida que conoce y en la que vive completamente y con mucha alegría.

Su obra hoy día ha tenido la notoriedad que merece y su trabajo de exploración en las artes plásticas, es amplio; desde la pintura, la escultura y demás formas derivadas de la creación plástica. La numerosísima obra de Juan Torres es, sin dudarlo, una de las que figuran en los catálogos de la pintura mexicana, como indispensables para los recientes estudios que suelen hacer los historiadores del arte en los últimos tiempos.

La escuela fue para dibujar
Juan Torres en la escuela dibujaba–dibujaba–dibujaba, y desde tercero de primaria, se quedó dibujando como si no hubiera dejado de ser niño, o como si desde entonces no hubiera dejado de ser artista. Al respecto, Juan piensa que los niños –todos ellos–, son geniales con su imaginación de artista. Antes de hablar y caminar, saben dibujar. Pero cuando llegan a cuarto año, empiezan los problemas, según su propia experiencia, porque los maestros no están capacitados para mantenerlos en esa vorágine de la imaginación artística. Y con sobrada razón, Juan afirma que los maestros increpan y confunden a los niños sobre el dibujo, la inventiva y la imaginación, señalándoles que en sus dibujos, las personas no deben tener seis dedos, los zapatos no deben ser tan grandes, ni las gallinas son azules, mucho menos el cielo es rojo, ni los árboles son más pequeños que las casas, o el cuello del perro no es tan largo y una inmensa retahíla de “correcciones” que les hacen abandonar irremisiblemente el deseo y el ejercicio imaginativo que en la mayoría de los casos, se pierde para siempre. Pero Juan Torres, aunque tímido, fue necio. No aprendía a leer y a escribir, pero los viernes –como muchos de estas generaciones recordamos– por la tarde, para relajar la semana, los maestros dejaban dibujar a los niños. En aquellas tardes era cuando Juan empezaba a operar de verdad, a entrar en esa parte del mundo de la escuela que más le apasionaba. Era el día más feliz de la semana en aquella complicada comunidad llamada “escuela” y además, el viernes era el día que sus compañeros lo reconocían por su habilidad en el dibujo; y tal era su reconocimiento, que lo rodeaban para verlo hacer sus dibujos.

A los diez años Juan ya estaba en Bellas Artes de la Universidad. Sus descubrimientos comenzarían, y tiempo después, no olvida haber sido discípulo de Alfredo Zalce.

Morelia–Capula–Morelia
Viajar en camión, siempre fue una aventura. Los viajes en camión para un niño, nunca se olvidan y siempre serán en la memoria, una manera de haber recorrido el mundo con el fin de vencer la inmensidad y explorar en la distancia. Esa aventura de mirar por las ventanillas, es para descifrar el misterio que vive en los ojos que todo lo inauguran, que todo lo van guardando como novedad. La mirada en el viaje, mucho tiene de silencio y en el silencio, los pensamientos son numerosos y desaforados; así parecen ser los ojos del artista, piensa él. De niño Juan Torres después de la escuela, acompañaba a su padre en su camión de transporte, en el que viajaba todos los días de Morelia a Capula. Y le ayudaba a su padre a cobrarles a los pasajeros y a organizar el pasaje; era el pequeño cobrador y machetero. Aprendió a cambiar llantas, pero sobre todo, acompañar y ser el ayudante de su papá, era su más clara satisfacción. Todos los días cambiaban una llanta, o al menos así le parecía a él, porque no era fácil comprarle llantas nuevas al camión. Recuerda remotamente, que en Capula la gente hacía con barro cosas que a él le gustaban mucho y los talleres que conoció de niño, serían fundamentales para un día –en su vida adulta– decidiera vivir en Capula. Son esas marcas que en los hombres son destino, y Capula fue para Juan ese destino en varios sentidos esenciales para su vida de artista.

Me cuenta Juan que su padre siempre tuvo herramientas. En su casa regularmente había martillos, garlopas, formones, serruchos y otras herramientas mecánicas y de otros tipos, con las que su padre inventaba raros artefactos. Su padre le enseñó a usar las pinzas, que son la extensión precisa de la mano humana y se dio cuenta, que no todos pueden aprender a usarlas, aunque parezca sencillo, al igual que piensa que hay gente que le resultaría imposible clavar un clavo. El pintor está seguro que la habilidad manual que le acompaña en el oficio, le viene desde entonces.

El que no tenga qué hacer, que tumbe su casa y la vuelva a hacer
Construir es algo inherente a Juan Torres y cree que de manera natural, lo aprendió de sus padres; a su madre le gustaba construir, o más bien dirigir la construcción. Y tenía el gusto por construir y reconstruir su casa; Juan recuerda que una vez le hizo notar a su madre, que había ordenado tirar los muros del primer piso de la casa, sin pensar que había otro piso arriba. De inmediato ordenó a los albañiles que apuntalaran y rehicieran los muros del primer piso y como fue posible, sostuvieron el piso de arriba y con toda propiedad, cambiaron los muros. Recuerda ese hecho con la gracia que le da la memoria y reconoce que el placer que le ha dado la construcción, viene de allí. Tampoco olvida que su mamá decía: “El que no tenga qué hacer, que tumbe su casa y la vuelva a hacer”.

Juan tiene muy presente un día que su padre le pidió que tomara con los dedos el extremo de un hilo para trazar un círculo en el suelo de tierra. Luego ante el asombro del niño, su padre hizo unas líneas desde el centro del círculo hacia afuera, después hizo un semicírculo un poco más adentro, sacó medidas que derivaron en un cuadro y de ese cuadro volvió a sacar medidas e hizo un molde. Juan no sabía a dónde lo llevaría aquella alquimia entre el hilo, la tierra y las manos de su padre, quien poco a poco fue haciendo –de aquella tierra de los muros del primer piso, que poco antes había mandado tirar su madre,– una lodada y con aquella medida, fue haciendo unos pequeños rectángulos de lodo que a Juan le referían a la hechura de los ates o los chocolates; eran adobes que fueron llenando el patio de su casa ante los ojos asombrados del niño que sería marcado por el maravilloso acontecimiento de la tierra y las manos de un hombre que moldeaba el lodo. Aquella visión para Juan, era algo muy cercano al encantamiento. Le entusiasmó tanto esa inolvidable imagen, que le apetecía morder los adobes como lo rememora con el gusto que da la nostalgia legitima. Pero el asombro y la maravilla no se detuvieron allí; poco a poco su padre, cuando los adobes estuvieron secos, hizo una plataforma y comenzó a pegarlos en un contorno circular hasta lograr la forma de un horno para el pan. Aquellas escenas le dejarían el deseo vivo de hacer un día lo mismo que estaba viendo hacer a su padre, porque era la alegría en los ojos del niño, lo que habría de quedarse para siempre en la memoria y Juan Torres, quedaría marcado por aquella ciencia del lodo y sus prodigios.

Albañil
Derivado de esa experiencia, Juan de no haber sido pintor y escultor, habría sido albañil. Me lo dijo con una convicción verdadera, como cuando se deja un oficio pendiente y de verdad hubiera querido ser verdadero oficiante de aquella muy noble actividad. Juan torres hubiera sido albañil si no hubiera sido pintor y con gusto, asegura que la albañilería hubiera sido su oficio. Y le da mucho gusto contarme, que se dedicó cuatro años de su vida, a construir su casa de barro y madera, pero además, le construyó su casa a un amigo suyo en Puerto Vallarta. Le alegra no haberse quedado con las ganas de ejercer tan atractivo oficio.

Su casa en Capula, es sin duda alguna, la extensión de su obra y la materialización del sueño que el artista tiene en sus momentos de quietud mientras la poderosa maquinaria de la imaginación trabaja constantemente en su inagotable pasión por intervenir el mundo, cotejar el pasado y hacer hablar a la memoria, sobre los lienzos blancos, le siguen esperando cada día en el taller, que más bien es “taller de almas”, territorio donde Juan Torres sigue cautivo por los espíritus de la música y los silencios del tiempo.

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