IMPRESO | RADIO | TELEVISIÓN

Morelia, Michoacán a 23 de mayo de 2017
Morelia
Compra
Venta
USD

17.60

19.10

Foto: Wendy Rufino. Doña Margarita ha traído al mundo a unos 3 mil bebés, calcula.

Margarita, la que te da la bienvenida a este mundo

6 de mayo, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por Neftalí Coria

Morelia, Michoacán.- Una vida que llega al mundo es recibida por naturaleza en las manos de quienes la vieron llegar, quienes la recibieron con las manos generosas en la iluminación que significa un parto. Ver llegar a un ser humano al mundo y recibir la sangre primera que lo acompaña no es poca cosa y mucho menos cuando se han visto muchas vidas llegar a poblar el mundo. Margarita Barocio, partera por convicción, ha recibido más de tres mil niños llegados al mundo en el pueblo de Capula.

Pese a esa especie de estigmatización moralista que suele suceder con estas personas en los pueblos, Margarita ofreció su trabajo, su esfuerzo, en bien de la vida nueva. Y nunca le importó lo que dijeran o pensaran de ella, porque es bien sabido que quienes se dedicaron a tales tareas se les ha colocado en un injusto, estatus de mujeres extrañas y casi a la altura de brujas y adivinas. Y aunque pudiera pensarse que los partos eran cosa fácil, por los años cuarenta y cincuenta (quizás aún en los sesentas) del siglo pasado, las complicaciones y los riesgos eran muy frecuentes, pero los alumbramientos estaban más en el orden de la naturaleza, pese a los peligros de salud, de los que aún mucho se desconocía. Doña Margarita –durante la entrevista– quiso narrar con detalle lo que ha vivido en su larga trayectoria como alumbratriz, por decirle de alguna manera.

–Cuando vi una mujer que tuvo su primer bebé me arrimé con una doctora –cuenta doña Margarita, hoy que han pasado los años de su historia–, pero me temblaban toditas mis manos y sentía que me sudaba la cabeza. Sentía al bebecito muy tiernito; “lo voy a desbaratar, lo voy a no sé qué…” la segunda vez ya no, la segunda vez ya empecé a sentir que se ponen duritos, empecé a sentirme más mejor que el primero y así me fui, hasta que nos prohibieron atender aquí.

Y con esta última afirmación, doña Margarita se refiere a la presencia de una clínica con médico y enfermera y demás herramientas obstétricas. Es importante reconocer que fue ella quien trabajó y gestionó para que el gobierno pusiera la primera clínica del Seguro Social en el pueblo y así se lo reconocen. Fue a ver al presidente municipal de aquel entonces, se acercó a todos los funcionarios que le fue posible y con la perseverancia y cooperación que se necesitan la clínica se hizo realidad allá por finales de los ochenta.

ERA PREFERIBLE CASARSE

Margarita se casó muy joven, porque recuerda que en aquellos años la situación para las mujeres era sumamente difícil. Su marido fue una salvación y un alivio, pero sobre todo, una solución para cuidar de su integridad.

–Mi mamá quedó solita, mi papá la abandonó –me cuenta con mucha naturalidad–, se fue y pues allá se murió en el ejército, allá por Veracruz y ella quedó solita…

Casarse para Margarita fue como una bendición para la pobreza, la orfandad y el abandono de una familia desprotegida.

–Aquí Capula era muy triste –me ha dicho–, los hombres de Capula se metían a las casas y hacían lo que querían con las mujeres; se metían a las casas donde había muchachas y hacían lo que les daba la gana con ellas…

Su matrimonio la protegió de la adversidad. Y su marido –que hasta la fecha– se ha dedicado a las labores del campo, fue además de una gran ayuda, una solución a laintegridad y el respeto que como mujeres, debían tener Margarita y su madre. Era preferible casarse que vivir en la incertidumbre de ser mancillada, reconoce Margarita. Y retrata una situación social que, aunque parezca imposible, todavía llega a suceder en las regiones rurales de nuestro estado, como son la violación, el rapto y los matrimonios contra la voluntad femenina. Más tarde moriría su madre y enfrentaría la vida sin esa importante compañía.

–Yo fui huérfana –afirma categórica–, no tenía a mis padres, entonces mi idea era ayudar sin recuperación, sin nada, yo iba y les ponía las ampolletitas a la gente. En aquel tiempo me daban diez centavos a veces, y a veces nada.

Margarita enfrentó la vida y su trabajo de partera en el pueblo, la labor del campo de su esposo, tuvieron frutos necesarios para que su familia pudiera crecer.

“ME TOCÓ TEMPORADA DE COSECHA”

–Bendito sea Dios que sí –dice doña Margarita Barocio–, me tocó temporada de cosecha, porque no había televisión y me tocó recibir muchos bebecitos y era el tiempo de que tenían hasta de una docena.

Le pregunté si reconoce los niños que ella ayudó a venir al mundo en Capula, pueblo donde ella misma nació y dice que sí. Ella sabe quienes son y lo que han hecho de su vida, esa vida a la que ella misma les ayudó a llegar. Margarita Barocio, tuvo la voluntad de ayudar a las mujeres de su pueblo a parir con bien y a que tuvieran a sus niños sanos.

Una labor de gran generosidad y un acto de amor a la vida, aunque ella, en su personalidad muestre cierta rudeza y un carácter duro como un fierro frío. Una extraña mezcla que se hizo a hierro, porque no es cosa fácil aquella labor a la que doña Margarita dedicó gran parte de su vida. Una labor que sólo en un espíritu generoso cabe. Doña Margarita es conocida en Capula porque en el pueblo saben que ha visto el nacimiento de muchos de ellos y es respetada.

Me cuenta que ante lo estricto de los esposos que impedían llevar a las mujeres a Morelia porque los médicos eran hombres y “las iban a agarrar, las iban a ver y que no, y mejor le daban su tunda. Me daba lástima de ver aquellas señoras de ver que ya estaban con sus dolores”, me dice y reconoce con sorna que aquello eran “las tonteras” del machismo del hombre, porque “no querían ni que les levantaran las enaguas”. Entonces ella intervenía, los señores, preferían que Margarita las atendiera. Pero en los últimos años eso ha cambiado, porque pudo atender los partos en su pueblo “arriba de la cama, con un hulito, con puras cosas limpiecitas”.

Luego apunta con cierta burla y buen humor, que los papás siempre eran cobardes y por lo regular no estaban presentes, aunque algunos se arriesgaban y doña Margarita se acuerda:

–Más de unos cinco me tocaron –dice sin poder aguantar la risa–, que ya nacía el bebé y lo recogía en mis manos, y al ver lo que salía, los señores se quedaban mudos y daban el trancazo… (ríe)

Me describe cómo les limpiaba su carita y acomodaba al bebé, pero también le tocaba arrojarle un chorro de alcohol en la cabeza al señor allí tirado.

–Esa es la realidad de los hombres y de las mujeres –lo dice con una voz clara–, que es más cobarde el hombre que la mujer para ver la sangre que corre, y nosotras nos aguantamos…

Margarita, durante la entrevista me miraba poco a los ojos, y más que a mí, prefería contarle a las compañeras del equipo de La Voz TV que estaban tras las cámaras, como si fuera a ellas a quienes debía contarles cosas de mujeres. Me daba la impresión que durante algunos de los fragmentos de su relato, quería narrárselo sólo a las mujeres. Pude ver en su rostro la dureza y esa especie de solidez de carácter que la vida le ha dado. Vi también la generosidad y voluntad por actos tan nobles, como si ayudar a las mujeres de su pueblo a parir, le hubiera quitado el miedo a la vida, a la muerte y al riesgo de perder una vida que estaba en sus manos porque estaba segura de no perder la apuesta contra el destino de aquellos que estaban naciendo con sus manos y su amor a la vida.

NOBLE LABOR

La noble e importante labor en la comunidad de Capula de Margarita, pese a la frecuente expulsión de la iglesia a donde, a la fuerza se volvía a meter, fue mucho más allá y sin duda, su laboriosa dedicación, logró también promover que las mujeres fueran ligadas en hospitales de las ciudades cercanas y era esa la razón por la que tenía diferencias serias con los sacerdotes, porque ellos se oponían a que las mujeres dejaran de tener “los hijos que Dios les diera”.

–Sí se enojaron –me dice refiriéndose los sacerdotes–, pero de todos modos, es más feo ver a una mujer que tiene una docena de hijos, y que no tiene nada para darles de comer, que teniendo tres o dos ¿verdad que sí?

Su trabajo de promoción para la planificación familiar entre las mujeres del pueblo, le trajo consecuencias, pero era más grande la pena que Margarita sentía de ver de cerca las necesidades y el sufrimiento de las familias numerosas. Era como una reacción natural de quien ve de cerca la pobreza y las condiciones en que esas familias han de vivir, porque ella misma lo vivió. Y ayudaba a que las mujeres que tenían más de tres hijos, fueran a ligarse a Pátzcuaro y Morelia.

Otra de las labores de Margarita que merece la gratitud de la comunidad, es que estuvo gestionando con el gobierno, la única clínica del IMSS que hasta hoy tiene –con las carencias consabidas– el pueblo de Capula. Ella hasta la fecha, sigue de cerca en la clínica y suele ir como voluntaria a colaborar en lo que se ofrezca. Ya no atiende partos, pero ayuda y está cerca de la clínica. Sólo en casos en que no hay médico colabora, o cuando se presenta una situación de emergencia, Margarita como voluntaria, los atiende con presteza.

“DE NOCHE LOS FABRICAN”

Siempre atendió partos de noche y yo le pregunto a qué cree que se debía.

–Pues quién sabe –dice con un gesto pícaro y sonriente– ¿Será porque de noche los fabrican?

Dice que atendió más de tres mil partos, lo que significa una cantidad numerosa de habitantes de Capula, aunque yo creo que la cantidad puede ser mayor a los que ella tenga en sus cuentas. Y no todos eran de Capula, porque también la llamaban madres de los pueblos cercanos como Iratzio, Buenavista, El Correo, entre otras comunidades cercanas y ella iba en camioneta o en caballo por igual. Me cuenta que llegaba a recibir un promedio de tres o cuatro niños diarios. Y aunque se pensaría que no, Margarita no cobraba, o simplemente recibía lo que la gente agradecida le regalaba.

–Bendito Dios, nunca tuve un tropiezo –me asegura– de que se me hubiera muerto una señora.

Y cuando Margarita veía el peligro de alguna hemorragia fuerte, ayudaba a llevar a la mujer al hospital de Morelia, pero dice Margarita que la mayoría eran normales.

–Yo ya veo que ahora están más delicadas que antes –afirma categórica.

Margarita es madre de nueve hijos, tres mujeres y seis hombres. Y lo que recuerda de los partos propios es la dificultad de auto ayudarse, aunque en el caso de una de sus hijas me cuenta:

–Yo tenía ganas de que me apretaran la espalda –dice con extrema naturalidad– y no había nadie… así que me recargué en unos adobes que teníamos…, pero sin pensar que mi bebé iba a llegar…. fui y me acosté en un petatito… ahí cayó mi bebita, pero no la dejé caer.

Una escena que se podría calificar de alta dificultad y realmente impresionante, Margarita la narra con extrema llaneza, como lo hace con todo lo que me ha contado durante nuestra entrevista que sucedió en el patio trasero de la Clínica del IMSS, a donde ella no deja de asistir.

Cuando nos despedimos con doña Margarita Barocio estreché su mano morena y dura. Vi una sonrisa de gratitud y mucha ternura por vez primera. Nos dijo que faltaban medicinas en la pequeña clínica y que hiciéramos algo porque disminuyeran las carencias en ese nosocomio que Margarita parece cuidar con mucho celo, como si cuidara su casa.

12-13a Margarira partera

Comparte la nota

Publica un comentario