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Foto: Wendy Rufino. Hipolito Mora en 68 voces.

No me van a hacer dar marcha atrás: Hipólito Mora

3 de junio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Entrevista realizada por Neftalí Coria

La Ruana, Michoacán.- Mi encuentro con Hipólito Mora, fue allá en tierra caliente, en La Ruana para ser precisos, el pueblo en el que nació en 1955 y del que su familia es una de las fundadoras. En aquel entonces, eran unas cuantas casitas y él, aunque era un niño, bien recuerda. Allí en el pueblo, fue a la primaria, a la secundaria y ya en Morelia comenzaría la preparatoria, que un día tuvo que abandonar, muy a su pesar.

Un domingo caluroso, conversamos con el fundador del movimiento armado de autodefensas de tierra caliente. Hablamos un poco de su niñez, del espíritu que vive en él por hacer que cambien las cosas, de los golpes en la vida, del amor hablamos… Hablamos de la tristeza y de esos momentos en los que él mismo cerró su maleta y se marchó porque no podía más con aquella desazón. La tristeza inexplicable, aquella vez –cuenta–, lo hizo marcharse y no avisar a nadie a dónde iría, porque no sabía qué hacer. Luego cité apenas una línea del poema “Los heraldos negros” de César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!”. Hipólito ha recibido golpes; la pérdida de su hijo en uno de los enfrentamientos más dramáticos en el que es memorable el grito desesperado de auxilio de este hombre que se enfrentó también contra el destino oficial y reconstruido por el poder que todo lo compra y todo lo deshace.

–¿Cómo enfrenta los golpes? –le pregunto aludiendo al poema de Vallejo.

–Siempre de frente y de pie –dice con la voz lenta–, no me importa el tamaño de los golpes, nunca le he dado la espalda a ningún problema. A mí me van a ver siempre igual, nunca le voy a dar la espalda a nadie y tan es cierto, que lo he demostrado; tres enfrentamientos: cuarenta o cincuenta contra trescientos o cuatrocientos y les digo a los muchachos: ¡No se rajen, y aquí nos morimos todos! ¡Nadie va a correr y el que tenga miedo, váyase…!

Me cuenta que lo han amenazado y han querido hacerlo salir de su casa, pero Hipólito no tiene miedo. Los ha de enfrentar, y eso es lo que quiere hacer mientras tenga vida. Su hijo fue asesinado; un joven sin vicios, que no estaba de acuerdo que su padre anduviera en el movimiento armado, porque no quería que lo mataran.

–Pero le tocó a él –dice con pesadumbre–, qué diera yo por estar en su lugar, si se pudiera cambiar de lugar, lo haría con gusto.

Mientras habla de su hijo, su voz es más pausada y su mirada se turba. Ahora tiene motivos de sobra para seguir luchando y asegura que no va a haber nadie en la tierra que le vaya a hacer cambiar de forma de pensar.

–¡No me van a hacer dar marcha atrás!– remata.

 

UN PUEBLO DE HERIDAS GRANDES Y RECIENTES

La Ruana es un pueblo con heridas grandes y recientes, con huellas de balas en las paredes, historias de muerte, desapariciones, violaciones, balaceras, violencia completa… Esos son los recuerdos que a la gente que permanece allí, no dejan de dolerle. A la entrada del pueblo hay muchas cruces con flores frescas que son cambiadas con frecuencia, rastro de las encarnizadas batallas que se libraron cuando –hartos de los abusos inhumanos– la gente del pueblo tomó las armas y la justicia por sí mismos.

Puede verse cómo vive la gente de aquella región, se sabe el miedo y la desconfianza de cualquier auto extraño que llega a las calles que todavía no son del todo suyas; da la impresión de un claro abandono. Son pueblos que parecen como los que dibuja Rulfo en sus cuentos, alejados también de la mano de Dios. Hipólito Mora se refiere –cuando menciona la fecha de febrero– al movimiento de autodefensas, del que el país entero fue testigo; fue una necesidad por defender la vida de la gente que poco tenía ya qué perder.

Estos son asuntos de los que muchos parecen estar en desacuerdo con toda la mano de una autoridad prestada o arrebatada al derecho de opinar, pero la corrupción de las ideas, las opiniones sesgadas por los intereses diversísimos, han nublado la verdad y los que opinan, niegan, afirman, condenan, o aprueban con una autoridad que también les dio la pasión de sentirse parte de este fenómeno social, que mucho tiene de grave y delicado en nuestra historia.

Lo que de fondo puedo ver, es el odio que esa región supura, el odio que tiene signo de pesos y la furia del dedo en el gatillo, la presencia de los machos altivos, los que se mofan de matar por un cigarrillo o una risa no explicada o por unos miserables pesos. El sicariato como un nuevo oficio para los jóvenes arriesgados y bajo el son de la necesidad, se ha extendido y sigue vigente. Un acto de extremismo y de acción que antes concebíamos como impensable. Eso es la región de la guerra que enorgullece allá en la oscuridad a los que en ella viven, o a los que de ella alimentan sus vidas en el más ridículo disimulo. Y no es fácil sostener la cara en alto, ni es fácil alejarse con la espalda limpia.

La traición se huele, la corrupción puede verse a simple vista, pero al fondo y como una realidad innegable –como la sangre que circula–, veo la desolación que se desliza como un animal sigiloso y en todo momento, sigue su rastra.

 

EL SUEÑO DE QUE LAS COSAS CAMBIEN

Hipólito Mora quiso ser abogado, pero no fue así; la vida y las circunstancias, acabaron con su plan mayor que él había acariciado desde su niñez. Hubiera querido ser un abogado litigante, porque siempre vivió en su mente, la idea de ayudar a salir de la cárcel a los que no deberían estar allí. Una idea de justicia respira en el sueño que siempre tuvo este hombre, que un día decidió defender a la gente buena de su pueblo con la legitimidad que a muchos en la historia, les dio su espíritu rebelde y su valor de luchar contra la injusticia que otros construyeron.

Hipólito Mora tampoco ha escapado a esa caricia que la vanidad les da a quienes se vuelven famosos por el motivo que sea. Aunque parece ser que él también sabe que la fama es el arma más ponzoñosa que tiene el poder para someter a cualquier personaje. Hipólito también sabe que en cualquier esquina de los días puede flamear un disparo contra su integridad y acabar con el sueño que hasta hoy ha venido acariciando, protegiendo y ejerciendo. Ese sueño de que las cosas cambien, el sueño que a su tierra, a su región ensangrentada, vuelva la paz y la seguridad en la vida de todos. Y pese a que esa vitrina en la que lo han puesto los medios de comunicación, las opiniones de otros que saben jugar sucio, Hipólito ha perdido el miedo y dice estar preparado para esperar cualquier embate.

Su padre, también llamado Hipólito Mora, se dedicaba al campo y para él fue un ejemplo el hecho de haberlo visto, no haberse dejado vencer por la pobreza. Él de seis o siete años, veía la pobreza en la que vivían; once hijos y el sufrimiento de su padre. Pronto moriría una de sus hermanas mayores e Hipólito, asegura que una de las causas, fue la pobreza. De sólo ver a sus padres con aquel sacrificio, Hipólito pensaba:

–Tengo que cambiar las cosas cuando sea grande –dice.

Advierte que su ideología creció con él; fue entrando a su vida desde niño y hasta la fecha, se ve como un hombre positivo que cree que las cosas pueden cambiar.

 

 

“POR LAS BUENAS SOY MUY BUENO Y POR LAS MALAS…”

En la situación histórica de nuestro país, a Hipólito Mora se le reconoce como protagonista en las acciones que enfrentó a contracorriente y no cedió a las andanadas de conjeturas que llegaron, tanto desde la parte del gobierno, como desde las trincheras del crimen. El movimiento de autodefensas, en donde surgió, tiene como razón de ser, el enfrentamiento a las crónicas enfermedades de la sociedad que históricamente se padecen.

Y aunque Hipólito es de los que creen que el mundo ha de cambiar y está allí para lograr esos cambios, no confía en la gente con sobradas razones y por lo que ha visto y vivido. Lo han traicionado muchos de aquellos en los que depositó su confianza, me asegura. Gente que se vende y se hace comprar, que en general se ha dejado llevar por el dinero. No dice nombres, pero sugiere que en los tiempos turbios, muchos deciden por otras creencias. Encontrar a un hombre honesto, les ha dicho a sus compañeros, es lo mismo que hallar una pulga en la cancha donde hacen los bailes de La Ruana, llena de maíz desgranado. La desconfianza lo mantiene alerta y con los ojos abiertos ante una situación de constante desasosiego y tensión por su propia seguridad. Para él vigilar la espalda es una necesidad ordinaria día con día.

Su carácter es duro, pero cita la canción de Juan Gabriel: “Por las buenas soy muy bueno y por las malas…” Explota fácil cuando algo no le parece o cuando alguien comete una evidente tontería. Su carácter es fuerte y de mecha corta. Debe ser por la vida perseguida que hasta la fecha el fundador de las autodefensas lleva. Permanentes amenazas, increpaciones y demás arremetimientos que pueden llegar de cualquier parte, especialmente del otro lado del río, que durante la entrevista corría a nuestras espaldas.

–Aquí es donde más riesgo corro –nos advirtió.

Nadie dijimos nada al respecto, pero el silencio estaba entre mis compañeros de cámaras como una piedra pesada. La entrevista transcurrió con un buen pulso y con la inquietud que dejó sembrada Hipólito entre todos nosotros.

 

UNA MUJER AL LADO

En la conversación dimos paso al tema del amor. Sin ambages, habló de sus amores y de aquella desazón, que le ha dejado como huella, la pérdida de una mujer a quien toda su vida ha de amar. Ella ha sido el motor fundamental de sus sentimientos para enfrentar esta realidad compleja, que marca su destino como hombre que lucha. Es una mujer de la que nunca se va a desprender y con quien tiene la esperanza de volver a su lado.

Hipólito cree que es necesario el amor y entre risas, se confiesa enamoradizo.

–Todo es mejor si tienes una mujer al lado –asegura.

Cree en Dios porque ha pasado por muchos problemas y gracias a Dios, aquí sigue, vivo y dando la batalla. Recibió muchas criticas cuando fue candidato a diputado, pero cree que si hubiera llegado, las cosas serían distintas, porque en la campaña vio tanta pobreza inmerecida, que lo conmovía hasta las lágrimas.

En él vive el sueño de que este país puede ser mejor. Tiene sueños de que un día hará algo que de verdad ayude al cambio que tanto se necesita. Y respecto al sueño, nos dice:

–Y ustedes los van a ver, van a decir, “nos lo dijo abajo de unos laureles que tenían poca sombra, estábamos casi en el sol…” y sí está cumpliendo.

Y para finalizar aparece la palabra “guerras”

–Ahora las guerras no sólo se ganan a balazos, ni trayendo mucha gente –dijo para finalizar.

Para ganar una guerra, Hipólito Mora cree que es con el coraje y el que tenga inteligencia, debe ponerla al servicio del triunfo.

–¡No me van a hacer dar marcha atrás!– remata nuevamente.

 

Hipólito

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