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Foto: Wendy Rufino. Eduardo Montes, maestro de varias generaciones de pianistas.

Pianista Eduardo Montes, maestro y alumno

27 de febrero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Texto: Neftalí Coria.

Legendario e indiscutible maestro de piano en Bellas Artes y en el Conservatorio de Las Rosas de Morelia, Eduardo Montes –después de su jubilación– decidió vivir en Madrid. Viajero y observador de la arquitectura y las ciudades. Ojo crítico ante la destrucción del patrimonio que es la ciudad de Morelia. Maestro magnífico de varias generaciones de pianistas. Recordado por sus clases vivas, informadas, ingeniosas y efectivas en la historia de la música. Se reconoce como un pianista que decidió enseñar a que otros tocaran el complejo instrumento y lo hizo. La entrevista tuvo lugar durante una de sus visitas a Morelia.

Llegamos a su memorable salón de clases del Conservatorio de Las Rosas, donde todavía se guardan las reproducciones de pintura que él llevó para colgar en las paredes, entre las que se encuentra la obra manierista “El entierro del Conde de Orgaz” pintado en 1587 por El Greco, además de otras obras que a Eduardo le acompañaron en sus clases.

 

 

La conversación ocurrió ante la presencia de dos pianos que antes de nuestra llegada, utilizaban unos estudiantes. Cuando los jóvenes se retiraron, ambos pianos se quedaron abiertos. Él se acercó a uno:

–Toque algo maestro –le dijo Salvador Rodríguez, compañero del equipo de LaVozTV.

–No estoy en dedos– dijo–, y evitó tentaciones.

Los cerró de inmediato, como si algo le quemara en las manos. Colocó su sombrero café Homburgo o tal vez Borsalino sobre uno de los enormes pianos, se acomodó el fino saco gris, pasó la mano por el cuello de la camisa a cuadros azules, por entre su pelo blanco y se dispuso a escuchar mis preguntas, pero sobre todo, a dialogar de lo mucho que sabe: su vida y el arte.

 

La música le viene desde el vientre materno

Eduardo Montes y Arroyo nació en la ciudad de México, en 1953. Hijo de Manuel Montes Román, un padre durísimo y de Flora Arroyo Mercado, a quien él describe como pianista y melómana, pero no de manera pública. Eduardo recuerda que su madre tocaba y escuchaba mucha música permanentemente. Por eso cree que la música le viene desde el vientre materno. Desde pequeño había estudiado piano un poco obligado, porque en el fondo creía –para sí– que él sería veterinario. Y en aquel momento, en el que ya había estudiado música, fue que surgieron los verdaderos deseos de estudiar piano, porque sabía que sus deseos estaban ceñidos al piano. Cosa que asegura, sigue ocurriendo con alumnos que no quieren estudiar arte, sino quieren ser pianistas o guitarristas. Y ese era su caso, porque en aquel tiempo no había un involucramiento con las demás artes. Hay los que quieren ser pintores, pero no les interesa nada más, y no aprenden nada de arte, asegura Eduardo con sobrada razón.

 

Fue el profesor que quiso ser

La conversación fue amplia, amena, tal y como la imaginé, sabiendo la costura con la que tejía sus memorables clases.

Eduardo me cuenta que desde niño hasta la fecha-es “muy animalero”-, pensaba que su vocación lo llevaría a ser veterinario y no fue hasta la preparatoria que supo que la veterinaria no era lo suyo. Cuando Eduardo le dijo a su familia que lo que quería hacer, era estudiar música, su familia como una clásica respuesta, dijo que se moriría de hambre, que mejor estudiara leyes; reconoce que estudió leyes pero en tercer año, supo que era la música la que debía hacer suya. Y cree que ya había perdido tiempo, pero aún así tomó la gran decisión de enfilar de tiempo completo a su pasión: el piano. Todos le aconsejaban que no lo hiciera, que ya estaba muy grande para eso, que desistiera.

En aquel entonces, vivía una mujer norteamericana en Morelia, que Lalo asegura le cambió la vida a muchos. Él cumplía veinticinco años y aquella mujer cumplía cincuenta. Ese día, la sabia mujer le dijo: “Más vale que hagas lo que quieras y que llegues a viejo, y digas hice todo el esfuerzo y no pude; a que llegues a viejo como mal abogado y te preguntes ¿Habría podido?”. Estas palabras hicieron que Eduardo Montes hiciera lo que había decidido siguiendo el consejo, y a manos del fuego de su pasión. Después de un silencio breve y con una sonrisa, me dice: “Y no me fue tan mal”. Me asegura que no fue pianista, pero si fue el profesor que quiso ser y allí está su plenitud en el arte. Tuvo extraordinarios alumnos y enseñó el instrumento con muchas satisfacciones.

 

Todos somos maestros y todos somos alumnos

Eduardo Montes tenía catorce años cuando llegó a vivir a Morelia y perdió un año de escuela porque entonces tenían el “Calendario A”, empezaban las clases en febrero y terminaban en noviembre, y él llegó en junio. Ingresó a la secundaria que, en opinión del abuelo era la idónea, “porque era muy católica; se llamaba San José y era de la Universidad Michoacana de confesión Marxista”, (ríe). Allí tuvo, durante dos años, un maestro de nombre Héctor Núñez alrededor del año sesenta y tres. Eduardo nunca olvida sus “maravillosas clases”, pues dice que “era un poeta para dar clases”. Inolvidable es para Eduardo verlo dibujar la célula en el pizarrón; dibujaba las semillas, etc. Tanta fue la influencia de aquel maestro que, Eduardo creyó que la biología sería lo suyo. Siguió sus estudios y a la lista se agregaron maestros como Alfonso Espitia, Martha Higareda, Martín Tavera, Gregorio Torres Fraga, recuerda que las clases de este último, eran de veinte minutos y dejaba a los alumnos meditando durante dos horas.

Y aunque como todo, hubo maestros malos, pero para la formación, indispensables. Más tarde vendría a la que considera “la maestra de su vida”: Ana María Martínez, a quien él le decía “la bruja Baba Yaga”. La maestra Ana María, fue quien le enseñó a hacer matemáticas en la música, ella fue quien le enseñó la disciplina y a cuadrarse, a descubrir su propio oído musical.

Siempre hay un guía en la formación artística; modelos a seguir, talentos a los que se imita, se admira y de los que se aprenden los propios estilos, las voces propias y las estrategias infinitas para ejercer una disciplina artística desde las diversas maneras de hacerlo. Eduardo lo hizo siguiendo ejemplos, aprendiendo de sus maestros y amigos y siendo él un maestro del arte sonoro, del arte donde los dedos son dioses que logran la armonía perfecta.

Eduardo Montes es de la idea que de algún modo, también los amigos son maestros en la vida y habla de la etapa en que el Café Catedral era la sede de muchos –me cuento entre ellos– que hablábamos sobre el arte de la mañana a la noche; se tomaba un largo café y muchos cigarros. Para él hubo amigos significativos que no puede dejar de nombrar, como Teodomiro Ginori, José Mendoza, el maestro Ramón Martínez Ocaranza, Yolanda Domínguez, entre otros:

–En este mundo –afirma–, todos somos maestros y todos somos alumnos.

Y los espacios públicos siempre han estado en la formación de muchos. Los espacios donde se dialogaba y se reunían los amigos en los años setenta, fueron para Eduardo Montes como para su generación de artistas e intelectuales en Morelia, una especie de lugares obligados para pensar y definir rumbos en las diversas disciplinas del arte y el pensamiento. Reniega hoy – y con sobrada razón– de las reuniones entre amigos, de los que ahora son jóvenes, porque su conversación se reduce a una pantalla de teléfono y se reúnen a guardar silencio, a mirar pantallas y escribirse con los que no están.

–Mi mejor escuela  –me asegura Eduardo– fueron los cafés.

Pero aclara que eso ocurrió, en los tiempos cuando la gente se reunía a conversar, a leer, a mirarse a los ojos y a dialogar en el sentido amplio de la palabra.

 

Enamorarse de Morelia

Cuando llegó a Morelia no le gustó la ciudad porque le pareció, como dicen los capitalinos “un pueblo bicicletero”. La distancia que Eduardo encontraba entre una ciudad grande y Morelia, era inmensa y como suele suceder, en estos casos, le costaba trabajo, pero la visión cambió mientras caminaba con su madre por las calles y ella le mostraba la ciudad con una manera de observar, que daría resultados distintos en aquel adolescente capitalino:

–Entonces, al caminar fue mi madre –recuerda– quién iba diciéndome: “¿Cuántohabrán durado en hacer ese balcón?” “Mira que puerta”, “Mira que ventanas…” entonces me empecé a enamorar de la ciudad. Un amor que fue creciendo… y que ahora ha decrecido.

Esa disminución del amor que Eduardo le hubo profesado a la ciudad en los años de su paso por Morelia, está en claro que se debe a los muchos factores que han trasformado su gran fachada. Al respecto Eduardo me dice, no sin tristeza:

–Da una pena tremenda –me dice– ver los balcones convertidos en puertas con cortinas de hierro, los grandes zaguanes con cortinas de hierro y en vez de patios, zapaterías. En pocas ocasiones hay algún patio conservado, pero la mayoría destruidos. Desde que nombraron a Morelia “patrimonio”, le fue peor, casi te puedo decir, que lo que la gente aplaudió fue quequitaran los puestos, y claro, con los puestos en las calles era horrible, pero los edificios estaban bien. Quitaron los puestos y los metieron a las casas y ahí fue el error, el comercio se transformó; los grandes patios se hicieron zapaterías, tiendas de mochilas que siguen anunciándose en las calles, colgándolas en las paredes, o sea, siguen siendo puestos callejeros.

 

El último salón de clases

En el salón donde la conversación transcurría, fue su último salón en tanto la actividad docente de Eduardo estaba vigente. Le digo que ese salón debería llevar su nombre, porque se conoce como el “Salón Montes” y porque puede notarse su presencia en el aula y el indiscutible respeto de los alumnos. Sus clases son leyenda en aquella aula de la música y él cree que “eso es lo de menos” porque lo que importa de verdad fue el trabajo que se hizo con los alumnos y lo que en ellos quedó. Pero la impronta de los cuadros de obras pictóricas que él ama, se puede percibir.

Y doy un salto para preguntarle por su elección del piano. Y con cierta obviedad, dice que cuando abría los ojos, estaba un piano allí, un piano que hasta hoy conserva y su madre tocaba. Entre sus hermanos, él era “el latoso, el llorón”, al que su madre tenía que dormir con música, cantándole canciones, a diferencia de sus hermanos que dormían con toda facilidad. Siempre la música estuvo en su vida, siempre la música fue parte natural de su crecimiento y, la indiscutible presencia del piano, derivaron en lo que sería su destino mayor. Haber elegido el piano en su vida, lo atribuye a algo muy parecido a la herencia.

Le gusta la música alegre, pero cree que la música triste le gusta, por el hecho de compartir una pasión ajena sin estar él mismo triste, y lo refiere como un ejercicio; escuchar algo desgarrador, pero que como actor, lo desgarre, porque cuando él interpreta una obra, su autor desaparece y sabe que aquella tristeza, aquel dolor no es suyo y él se convierte en intérprete de aquel sentimiento, de aquella pasión. Le gusta Mozart, que normalmente es alegre pero cree que la última sinfonía de Tchaikovsky, “te podría llevar al cementerio”. La música triste nos permite estar en contacto con el dolor.

–Me unto el dolor ajeno –afirma– que me quita el mío.

Le gusta Robert Schumann por su genialidad, disfruta Chopin porque creció con su música y reconoce que su madre le enseñó ambos. Ella amaba sobre todo a Schumann. También –como yo– puede oír “La pasión según San Mateo” de Bach sin tregua. Le gusta Verdi, Bellini. Cree que Beethoven es el gran compositor.

Alguna vez escribió una colección de relatos que fueron publicados por José Mendoza; escritos por el pulso de su cariño a Morelia, enviándoselos a su amiga Yolanda. También su amigo, el actor Javier Marc, le ha dicho que debió ser actor, porque es cierto, Eduardo es un narrador oral extraordinario. Quizás por eso sus clases fueron cautivadoras. En la ciudad de Madrid la pasa bien y cree que su vida transcurre con mucha libertad y gusto por la vida.

Antes de despedirnos en su salón, le pregunté que si nunca le interesó componer. Me respondió de inmediato que no.

–No tengo tanto para eso –me dice con llaneza y sonriendo–, habiendo tan buena música para que aumentoel número de obras de poca calidad.

Aquel día llegaron a saludarlo alumnos y amigos y se fueron juntos a tomar café al jardín de Las Rosas.

eduardo montes

 

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