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Foto: Wendy Rufino. El Cardenal siempre se mostró con la seriedad que le debe al cargo que lo elevó al Colegio Cardenalicio el 14 de febrero de 2015.

Suárez Inda: Hombre de Dios y fe inquebrantable

12 de febrero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Neftali Coria
Durante los treinta minutos que nos recibió el cardenal Alberto Suárez Inda para la entrevista de 68 Voces, Vivos Retratos, en el patio principal de la casa del Episcopado –allí en la calle de Serapio Rendón, en el Centro histórico de Morelia– omitió hablar de su juventud y quiso hablar de su niñez, en la ciudad de Celaya, en donde nació el 30 de enero de 1939; de su formación como sacerdote, de su acercamiento y afición por las artes y de lo que la Iglesia como institución, debe hacer en estos momentos de crisis.

Durante la entrevista –de ausente sonrisa–, siempre se mostró con la seriedad que le debe al cargo que lo elevó al Colegio Cardenalicio el 14 de febrero de 2015, como un miembro más de los cardenales del actual Papa Francisco, único Papa en la historia que realizará una visita a la ciudad de Morelia.

Suárez Inda, Arzobispo de Morelia y del año 1985 a 1995, Arzobispo de la ciudad de Tacámbaro. Su nombramiento como Cardenal le fue conferido por el Vaticano.

Hijo menor de once hermanos
El hoy Cardenal es –a su decir– proveniente de una familia muy normal y numerosa. Él fue el menor de once hermanos, aunque algunos murieron siendo muy pequeños. Cuando cursaba el segundo año –de los seis de educación primaria en el “Colegio México”, hermano de la escuela cristiana lasallista–, recuerda haberse presentado para su primera comunión. En aquel colegio, bajo la fórmula educativa y el método pedagógico característico de la educación religiosa, Alberto Suárez Inda recuerda la disciplina. Y sin nostalgia evidente, no olvida aquella escuela en la que recibiría las primeras enseñanzas, incluyendo su educación espiritual, que sería elemental para su futuro. Cursó la secundaria en el mismo Colegio México y por esos días, tuvo la oportunidad de ingresar al grupo número uno de Scouts, lo que considera una verdadera enseñanza para él, a través de las actividades; los campamentos, concursos, disciplina y “un idealismo muy grande”. Fue para él una experiencia junto con vecinos, familiares y amigos donde compartían aquellas dinámicas grupales.

En la escuela –rememora– siempre tuvo muy buena relación con sus maestros y sus compañeros de pupitre, tanto así que siempre ha mantenido, aunque de manera esporádica, una muy buena relación con ellos, pero es de reconocer que ya muchos han muerto.

A los catorce años, con la decisión clara de lo que sería su futuro, se acercó a sus padres para comunicarles aquel nuevo interés. Alberto quería viajar a Morelia para postularse como candidato para ingresar al Seminario. Y con la alegría, la anuencia, la motivación y el apoyo de sus padres, comenzaría el camino de su preparación sacerdotal. Fue admitido. Y en la institución encontró –a su decir– maestros extraordinarios, ejemplares que significaron la mejor guía para su formación. Los considera, como maestros, hombres de gran valor.

Un maestro influyente en su vida
Nunca ha olvidado a su maestra Carmelita Ferreyra, quien todavía vive. Hace cuentas mentales y cree que debe tener 95 años. Fue su maestra de tercero de primaria. También tiene presente a la maestra Consuelo Cano y a sus maestros en la secundaria; de esos años recuerda a Ricardo Shaurat, su profesor de matemáticas e inglés, un hombre sumamente preparado, muy culto. Sus maestros fueron su inspiración y su mayor motivación para estudiar con gusto y con esperanzas, pero sobre todo, le enseñaron a tener orden y disciplina en la vida. Y él cree que esas enseñanzas –con el ejemplo– son las más valiosas.

Sobre el momento acerca de la decisión que él había tomado para ser parte de una institución de estudios religiosos, y respondiendo a mi expresa pregunta, el Cardenal dijo:

–Pues mira –manifestó con la seriedad invariable–, yo creo que fueron dos cosas: mis hermanos mayores participaban activamente en el apostolado como dirigentes de acción católica juvenil, mi hermana en la catequesis en los ranchos, en los barrios y los sacerdotes que conocíamos de la familia, que fueron también para mí un ejemplo, en especial el padre José María Hernández, quien después fue obispo de Chilapa y de ciudad Netzahualcóyotl.

Suárez Inda era muy joven y entusiasta, reconoce. En sus maestros vería el ejemplo y al convivir con ellos, se daba de manera natural la imitación, así fue que el joven Alberto se inspiraría para seguir sus pasos. Ya en el Seminario, el deseo por los hábitos eclesiásticos, se reafirmaría. El hoy Cardenal, está seguro que la convivencia con aquel mundo apegado a la religión católica de la familia fue sustancial, y si a eso aunamos el diálogo, el acompañamiento de su director espiritual, el padre Manuel Pérez Gil, la decisión desde entonces se volvería irrevocable.

¿Quién debe ser el sacerdote?
El sacerdote debe ser un hombre de fe, por sobre todas las cosas. El sacerdote –cree fervientemente el cardenal Suárez Inda– es un hombre de Dios, un hombre que trascienda a los intereses inmediatos y temporales; un hombre que descubra a cada niño, a cada joven, el ideal de vivir como discípulo de Jesús. Afirma que todo sacerdote debe ser el constructor de un reino en donde se viva con la esperanza del futuro, la construcción del mundo actual y no circunscritos, no reducidos a lo material, al dinero, a los títulos académicos. Cree que el sacerdote debe ver como la humanidad tiene futuro más allá del tiempo.

–El sacerdote debe ser un hombre de Dios –me dice mirando hacia otro punto donde no veo sus ojos–, el hombre que reconcilia a los hombres con Dios y que por lo mismo les ayuda a vivir en paz entre ellos, que construye una sociedad fraterna.

Las ideas y razonamientos vienen con rapidez al primer Cardenal de la diócesis de Morelia; que a decir del vocero del Vaticano Federico Lombardi, la llegada al purpurado de Alberto Suárez Inda, constituye un gesto del Papa Francisco con México especialmente y debido a que la zona de influencia de la Arquidiócesis de Morelia ha sido una zona muy golpeada por la violencia en los últimos años.

–Un sacerdote –me dice con la mirada al aire libre de la mañana fría– debe ser siempre el hombre que inspira, que está dispuesto a dar su tiempo, su cariño, y sobre todo su testimonio de fe.

Las artes en su vida
Al Cardenal le gusta la música y la poesía. Le atrae la pintura, la escultura, disfruta las visitas a museos y lo refiere como un camino hacia la belleza de Dios; está convencido que el camino de la belleza a través del teatro, la literatura, la pintura, la música, para él también es un camino hacia Dios. Las artes han sido en su vida, un camino para ascender y para descubrir el ideal de las cosas.

–Las cosas son muy bellas –Dice el Cardenal–, tienen el reflejo de las cualidades divinas pero cuando el hombre, o la mujer son capaces de crear, de ser creativos, pues hacen que esto resplandezca todavía más.

Sacerdotes poetas
La poesía ha sido cultivada por sacerdotes y ha sido un luminoso instrumento de expresión en la historia de la Iglesia católica y en la historia de nuestra cultura literaria; ejemplos podríamos enumerar desde San Juan de la Cruz, Sor Juana, Santa Teresa de Ávila, sólo por señalar algunos. Y en nuestra poesía mexicana del siglo XX, tenemos notables exponentes. Cuando le pregunto por estos insignes personajes, Alberto Suárez Inda, recuerda haber tenido como maestro a Manuel Ponce a quien también yo conocí en una –para mí– memorable visita suya a Morelia, para dar una lectura de su poesía con motivo de la aparición de una antología que publicara la UNAM y el Gobierno de Michoacán a finales de los años ochenta, que yo comentaría y de la que recuerdo una graciosa conversación con el sacerdote–poeta nacido en Tanhuato, Michoacán. Alberto Suárez Inda también admira a Francisco Alday, a quien considera de gran altura mística y de una alta expresión poética. Y refiere a otros poetas que también hubo conocido en el gremio sacerdotal, como a José Luz Ojeda López de Salvatierra, Guanajuato y al potosino Joaquín Antonio Peñalosa. Suárez Inda, trató personalmente a José Luis Martín Descalzo, sacerdote español y con quien se conoció en Roma. Un hombre de letras que escribiría novela, teatro, poesía, ensayo, cuento y traducciones; conocido por su novela “El hombre que no sabía pecar” que en los años cincuenta, firmara con seudónimo.

–Tiene unos poemas bellísimos –afirma al referirse al poeta y sacerdote español–, es un deleite leer sus poemas.

Pero volvemos al michoacano Manuel Ponce, un sacerdote del clero de Morelia que fue su maestro de literatura en el Seminario de Morelia y quien después estaría mucho tiempo encargado de la Comisión de Arte Sacro del Episcopado mexicano.

Luego me habló –bajo pregunta mía– de los autores de música que escuchaba, y en primer lugar colocó a Bach y a Mozart, por supuesto a Vivaldi. Y gusta también de las que él llama “canciones típicas de Michoacán”, como “Lindo Michoacán”, “Janitzio”, “Yunuén” y finalmente nombró al michoacano Miguel Bernal Jiménez, como una de sus predilecciones.

“No ha habido tiempos fáciles en la historia”
Nadie puede negar que los tiempos que corren son difíciles y es imposible no mencionar la violencia y la corrupción, el resto de los componentes que forman la gran crisis que vive nuestro país. Le hago una pregunta sobre la pobreza en el país y sobre esta situación, evidentemente difícil, que vive Michoacán y en general el pueblo de México. El Cardenal afirma:

–En primer lugar –responde a mi pregunta con la seguridad del que sabe– debo decir que no ha habido tiempos fáciles en la historia. Hoy vivimos nuestro tiempo con problemas particulares, pero pienso que el tiempo de la conquista fue un tiempo de grandes sufrimientos para los indígenas. Hoy en día se ha despertado mucho la conciencia de los derechos humanos y toda la gente reclama, pero hoy día también vemos muchísimo progreso.

–Hay gente que desea más –afirma con la serenidad que le caracteriza–, y por otro lado, hay gente que desea mayor equidad; pero el camino no es necesariamente la violencia o el arrebatar, o el querer poseer las cosas sin el esfuerzo diario, yo creo que hoy por hoy tenemos que aprender a vivir con mayor austeridad, aprender a gozar las cosas sencillas de la vida y vivir en armonía.

El significado de ser Cardenal
Alberto Suárez Inda, ha aceptado su responsabilidad como si viniera de la mano de Dios y como un honor. Afirma que al igual que el Papa Francisco, el suyo es un cargo que significa una carga y con ella se debe servir con generosidad a los demás y en una comunión más estrecha con el Obispo de Roma. Ser Cardenal, asegura, es ser miembro del equipo más cercano del Papa. Y ser miembro del Consejo consultivo, así como vivir el cristianismo con alegría, con sencillez. Ya se acabaron los títulos principescos, los privilegios de ser Cardenal. Y ser Cardenal, significa ser un sacerdote más, con todas las exigencias, tratando de afrontar la vida y nunca buscar privilegios.

Maquetación 1

 

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