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Jesús está vivo… en Morelia

10 de julio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por:  Aurelio Prado Flores

 

En cuanto Pedro escuchó esto, se acercó a la mujer y le ayudó a levantarse, para que se retirara pronto y dejara que Jesús continuara inmediatamente su camino pues se le estaba haciendo tarde. Jairo se alegró de que por fin este incidente terminara. Con inquietud y esperanza se disponía para reanudar su rápida marcha rumbo a casa, cuando alguien llegó corriendo y con voz atribulada le dijo unas palabras que a todo mundo conmovieron: “Tu hija acaba de morir. Ya no es necesario que molestes al Maestro”.

Perdida y olvidada entre la multitud, había una mujer que desde hacía doce años sufría una hemorragia. Era una mujer impura. Ya había visitado y sufrido con muchos doctores, gastando todo su dinero con ellos y nunca había conseguido el alivio deseado. Al contrario, su salud iba de mal en peor. Ella había oído hablar mucho de Jesús, lo cual le hizo renacer la esperanza de ser sanada. Estaba segura, con la certeza de la fe, que Jesús la podía sanar completamente.

En esa difícil y embarazosa situación, la mujer enferma se dijo: Es imposible que Jesús me atienda. En estos momentos lleva mucha prisa. Jamás podré detenerle para hablar con él…. pues está apresurado por otro asunto más importante.

Por otro lado, la debilidad de su enfermedad le dificultaba luchar a brazo partido para desafiar la multitud y encontrarse cara a cara con Jesús, para plantearle, con la reserva debida, su penosa enfermedad. Entonces se dijo en su corazón: “Como es imposible que me atienda, no podré verle personalmente.

Pero, si al menos toco su vestido… estoy segura que me salvaré…”

Venciendo todas y cada una de las dificultades, se acercó por detrás de Jesús y, sorteando la ola humana, alcanzó apenas a rozar las filacterias del manto del Maestro. Al instante, narra el Evangelio de Marcos, se le secó la fuente de sangre y ella pudo percibir en su propio cuerpo que ya estaba completamente sana de su enfermedad.

Por su parte, Jesús en ese mismo momento, al darse cuenta que una fuerza había salido de él, se detuvo y tuvo una reacción exagerada. Volteó hacia atrás y preguntó con voz firme algo que parecía totalmente fuera de lugar: “¿Quién tocó mis vestidos?”. Con su mirada penetrante revisaba cada uno de los rostros de aquellos que estaban más cerca. Todos a su vez, negaban el haber sido ellos. Entonces el Maestro, con tono aún más enérgico, repitió la misma pregunta: “¿Quién fue la persona que tocó mis vestidos?”. Todo mundo enmudeció. Se trataba de algo más serio de lo que parecía.

Mientras tanto, Jairo estaba pensando que todo estaba a punto de perderse, por culpa de un simple tocamiento sin importancia. Cada vez se ponía más nervioso e impaciente. Su boca ya se había secado por la angustia y no entendía por qué Jesús le daba tanto relieve a un hecho tan insignificante.

Entonces Pedro, identificándose con la causa del padre doliente, se propuso acelerar las cosas para que Jesús siguiera caminando y dejara de lado aquel asunto tan tardado como intrascendente. Se acercó pues a Jesús, le puso la mano en el hombro y le dijo: “Maestro, no seas exagerado, ¿qué no te das cuenta que toda la gente te oprime y te estruja… y así todavía te pones a preguntar que quién te ha tocado? Todos y cada uno lo han hecho, Maestro; pero, por favor, vamos adelante, que la niña se nos muere si no llegamos a tiempo…”.

Sin siquiera voltear a ver a Pedro, que continuaba con la mano extendida indicando el camino, Jesús dijo con voz lenta y cada vez más segura: ‘’Alguien me ha tocado. Yo he sentido que una fuerza ha salido de mi…”. El Maestro seguía mirando a todo mundo, y todos estaban llenos de asombro por lo que pasaba. Dándose cuenta la mujer que había sido descubierta, se escurrió lentamente entre la multitud con la cabeza baja. Atemorizada y temblando por lo que pudiera suceder, se postró ante Jesús y proclamó ante todo el mundo por qué motivo había tocado a Jesús, y cómo al instante había quedado perfectamente sana de su histórica y penosa enfermedad.

Mientras tanto, Jesús seguía abriéndose paso dificultosamente rumbo a la casa del jefe de la sinagoga. Jairo, por su parte, platicaba con Simón Pedro cuánto amaba a su hijita, y que se moriría si Jesús no llegaba a tiempo. Los dos caminaban con pasos largos y presurosos; pero, a cada momento se debían detener para esperar a Jesús, que era acosado por el gentío. Ciertamente cada segundo que se perdía aumentaba la angustia del padre doliente y la desesperación en Pedro.

A Jairo le parecía larguísimo el testimonio. A él, como a Pedro, fueron las únicas personas que nada les interesó la curación de la enferma. Ellos pensaban solamente en la urgencia que había en que Jesús llegara a casa, para atender a la pequeña que agonizaba. Todo lo demás era secundario y robaba el precioso tiempo, que no volvería para atrás.

Si del padre de la resucitada sabemos su nombre, no así de la mujer sanada.

Sin embargo, los dos tuvieron fe y encontraron tanto la salud como la vida.

Cada uno nos da una enseñanza de fe en diferentes aspectos complementarios.

— La mujer sanada: Cuando nos imaginamos que Jesús nos da la espalda, que no le podemos ver de frente, que se nos esconde, que parece que no nos oye ni tiene tiempo para nosotros, porque está muy ocupado en cosas o con personas muy importantes, entonces podemos dar un paso en la fe y seremos sanos. Los verdaderos actos de fe solo se dan cuando hay dificultades, cuando las cosas parecen imposibles.

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Quiera Dios que al escuchar este mensaje te hagas como pollito y quedes bajo las alas del Altísimo. Audio en el Face, diario, por Aurelio Prado Flores.

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