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Jesús Está Vivo… en Morelia

11 de octubre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Jesús había muerto encomendando su causa en las manos de su Padre. Se había acogido a buen Abogado que no consiente con la injusticia, la mentira ni la maldad. Jesús renunció a sus derechos, incluso del derecho a la vida, entregándose sin resistencias.

No se defendió sino que se encomendó a su Padre. Por tanto, de alguna manera, Dios estaba obligado a dar su veredicto en el caso de su Hijo.

Quien sufre injusticia tiene el derecho de renegar de la justicia, pero el juez y abogado no puede renunciar a la verdad y la justicia. Por decirlo así, Dios estaba obligado a intervenir y dictar su veredicto final sobre la muerte de Jesús. El tenía que tomar partido y su silencio hubiera significado un acuerdo tácito con la injusticia. Su pasividad sería un pacto bochornoso con los poderosos. Su complacencia hubiera significado que él estaba del lado de los arrogantes y ricos de este mundo.

Por eso, él, precisamente él, es quien sale a la defensa de su Hijo amado, mas tampoco lo hace de la manera esperada (castigando a los injustos, encarcelando a los falsos testigos o condenando a muerte a los asesinos) sino que rompe el círculo mortal de la violencia que genera violencia.

Su Hijo amado no le pidió venganza para sus verdugos, sino que murió solicitando el perdón sin condiciones. Por eso la acción de la justicia no podía recaer sobre los injustos, sino sobre la persona de aquél cuyas últimas palabras habían sido:

“Padre, yo estoy en tus manos, lo que tú hagas o no hagas lo acepto. Si tú también te unes a mis agresores, si tú consientes con la mentira, si tú también me condenas; no reprocho. Lo que tú hagas está bien hecho”.

Así pues, el Padre era llamado a declarar la verdad y tenía que expresar su postura frente a la injusticia más grande de la historia.

Y el Padre sólo dijo una palabra: resucitó a su hijo de entre los muertos, y lo exaltó y le dio un nombre que está sobre todo nombre, constituyéndolo Señor de vivos y muertos. Lo sentó en su trono y le dio todo poder en el cielo y en la tierra.

La última palabra de Dios fue resucitar a su hijo, liberándolo de la oscuridad de la tumba, y volviéndolo a la vida, manifestando así que no todo estaba perdido y que la cruz y la muerte no son lo definitivo en la historia.

Si la cruz fue la última palabra de la injusticia, la resurrección de Jesús es la última palabra de Dios ante el problema de la injusticia en el mundo…

Dios no:

– Buscó culpables

– Condenó a quienes habían condenado a su hijo.

– Envió un castigo celestial sobre los asesinos y verdugos.

– Castigó al infierno a todos los pecadores y traidores.

Su respuesta salió también del círculo vicioso y mortal de la injusticia y violencia que engendra injusticia y violencia.

Cuando parecía que el mal había triunfado y se usaba la bandera de la maldad sobre las estructuras. Cuando los poderosos saboreaban el néctar de la venganza y tocaban las fanfarrias. Cuando ya habían pasado tres días y todo hacía suponer que en aquel frío sepulcro se morirían todas las ansias de liberación y justicia para los pobres y débiles de este mundo…

Dios resucitó a su Hijo de entre los muertos y le dio una nueva vida y lo glorificó y lo hizo sentar a su diestra dándole todo el poder en los cielos y en la tierra

Si Jesús no respondió y de esa manera vivió su libertad, el Padre liberó a su Hijo del Hades y le dio un nombre que está sobre todo nombre haciéndolo Señor y Mesías para que a su nombre se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y toda lengua confiese que Jesús es Señor para gloria de Dios Padre.

De esta manera se rompió el círculo mortal de la espiral de la injusticia. Dios no se vengó sino que mostró la victoria de la justicia sobre la injusticia, que él tiene su Palabra comprometida con el pobre y el empobrecido, con el expatriado y el ajusticiado.

Al hacer justicia, Dios empeñó su Palabra con los débiles y pequeños de este mundo.

Desde entonces hay una esperanza que no falla, porque Dios ha resucitado a quien fue víctima de la peor de todas las injusticias. Todo aquel que sufre opresión despojo o injusticia, que es víctima de los poderosos o de abusos, que sus derechos más fundamentales han sido violados y el valor de su persona ha sido ultrajado, tiene una esperanza firme: la resurrección de Jesús.

De alguna manera, en Jesús, todos ya hemos sido resucitados. Todo pobre tiene la victoria en él, todo encarcelado tiene libertad, todo despojado tiene derechos, todo ultrajado es rehabilitado, todo hombre es persona y merece justicia…

Hay una esperanza para quienes han sido encarcelados injustamente, hay futuro para los despojados, se acerca la liberación de los cautivos y los pobres son bienaventurados porque en Jesús. Dios ya ha dado su veredicto sobre el problema del mal y la injusticia.

Por eso, el Evangelio de Marcos termina con una frase que resuelve el problema del mal: “El crucificado ha resucitado” (Mc 16,8).

El crucificado: El ultrajado, el humillado, el despojado, el que parecía abandonado de Dios. La piedra rechazada por los hombres, aquel que parecía gusano y no hombre, varón de dolores y sabedor de dolencias; en fin, el que mataron desnudo en una cruz.

Ha resucitado: Venció la muerte. Está vivo para nunca más morir. Ganó la batalla final.

No está aquí: Ya no busquen entre los muertos al que vive. Ya no lloren ni se vistan de luto. Levántense del polvo los abatidos y enciendan la luz de la esperanza.

¡Alabado sea Jesucristo!

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¡Alabado sea Jesucristo!

BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE Y LA MUJER DE HOY

Grupo Apostólico Nueva Evangelización

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