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Morelia, Michoacán a 24 de mayo de 2017
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Cosas que se perdieron…

5 de febrero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

En esos tiempos, las estaciones estaban perfectamente ubicadas, definidas y se decía que el clima de Morelia era el mejor del país; nunca hacía ni frío ni calor, estaba deliciosamente templado. En la temporada de lluvias solía caer un fuerte aguacero como a eso de las dos de la tarde y a las cuatro estaba el cielo limpio y radiante, pues sólo de la plaza principal a Carrillo corrían por la calle limpios arroyitos que arrastraban frutas como naranjas, limas, mandarinas, de los expendios de la calle Abasolo, llena de gente, comercios, ruidos. A las cinco de la tarde iba hacia los portales o al mercado de San Agustín un desfile de vendedores semifijos para expender sus productos; y en los balcones hoy abiertos y convertidos en locales vacíos por falta de actividad, se asomaban las vecinas con los brazos posados sobre cojincillos finamente bordados o pieles de gato montés de los que cazaban en la loma de la Santa María, llena de encinos, granicillo, zapotillo, uvas silvestres, hongos, madroños; liebres, conejos y huilotas.

Esas vecinas veían pasar la gente y vigilaban ya cuando eran las siete de la tarde y aparecía Venus en el firmamento en todo su brillo, a las adolescentes con novio para dar el chisme a la familia.

Tener un novio con coche era fabuloso porque se estacionaba, salía al zaguán a platicar y cuando venían los adultos del rosario en catedral, sólo bastaba con agacharse e ir rodeando el vehículo para esconderse. Cuando había corrida de toros, subían las multitudes con el torero en hombros para llevarlo al hotel, entre aclamaciones y gritos de triunfo.

Una escapadita a la plaza principal o al jardín Benito Juárez y si era jueves o domingo, oír la música en el kiosco y envidiar las flores más hermosas que les daban los galanes a las muchachas bonitas: fragantes y caras gardenias, claveles de olor, nardos aromosos, humildes margaritas, rosas – algunas cortadas del jardín-, la fila de hombres hacia una dirección y la de mujeres al contrario.

¡Ah, vida de tranquila provincia que nunca volverá!, entre azahares de los naranjos y limoneros del atrio de catedral, cera e incienso. Por allá la garapiña deliciosa que elaboraba Julián Mejía “alias el Príncipe”, junto a los encurtidos de todo tipo de chiles y verduras y en el portal Matamoros la cebadina.

Pero lo tradicional eran las gelatinas de leche, de jerez o combinadas con o sin rompope en sus vasitos. Te sentabas en alguna banca de fierro o en las esquinas del monumento a Juárez a comerlas. ¿Cuándo se acabó la tradición, cuándo dejaron de vender el atole cuajado con figuritas del fondo de la cazuelita de zarza o de canela?… Las bolitas de “leche quemada”, el pinole, el ponteduro, las habas tostadas, tantos antojos hechos con primor y deliciosos. Se fueron al arreglar la plaza principal sin necesidad, al cambiar el fabuloso alumbrado público de globos luminosos, cuando le dieron el “toque herreriano como El Escorial en España”, pobres ilusos.

Después, Don Pancho y Rosita vendían en un localito de Abasolo, frente al mercado de San Agustín, sus gelatinas y también algunos otros productos como merengues, pan fino, rompope.

Pero de repente, ya no estaban y la sorpresa fue que en esas andanzas yendo a las carnitas de Don Manolo en el Santo Niño o mercado Nicolás Bravo, en el 401 de la calle están las sabrosas gelatinas y siguen vigentes Don Pancho y Rosita, entre las ocho y catorce horas y por la tarde, en el 207 de García Obeso, antes de llegar a Aldama, en la acera izquierda del sentido de la calle que va de norte a sur. Si usted nunca las probó o si las añora, vaya y compre para recordar, para saborear algo de la vieja y tranquila Morelia del recuerdo, que fue característico. Son deliciosas, únicas.

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