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Morelia, Michoacán a 28 de junio de 2017
Morelia
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Venta
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17.6

18.4

Gente de Morelia

16 de junio, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Ada Estela Vargas Cabrero

 

No; no será la reseña de la vida de un notable personaje, político o artista de esta hermosa ciudad de piedra rosa cenizo. No; porque la gente que diario presta servicios valiosos a la comunidad pasa desapercibida y sus esfuerzos no merecen siquiera un gracias.

Una de las cosas necesarias es el pan que debe ser manjar para enamorar panzas. Como dicen los versos antiguos: “…Tres cosas me tienen preso/ de amores el corazón/ la bella Inés, el jamón y las berenjenas con queso”…Hubo tres panaderías famosas en Morelia de aquellos tiempos por su pan francés o español: La Guadalupana, El Cuerno y La Merced. Pero sin saber cómo o porqué desaparecieron y hubo que acudir a otros expendios modestos. Ya casi llegando a la Plazuela de Carrillo, sobre la acera oriente de Abasolo estaba el jonuquito de Don Benja, hacedor de los bolillos más exquisitos que se recuerden. Tronadores, tiraban los pedazos de corteza doradita cuando se partían para el chocolate o e café del desayuno. A las seis de la mañana salía la primera tanda y ya había cola. Y en Mariano Jiménez, casi esquina con Aldama frente al Centro Escolar Michoacán, también a las seis estaban listas las charolas con pan de dulce delicioso. Solo de mañana pues en la tarde se iba a La Jarochita, casi frente al templo de Cristo Rey, la que sigue funcionando y llenando panzas delicadas. Calmando apetitos desmesurados.

De algún lugar llegaba Emiliano, montado en una bicicleta y sobre un infaltable boina vasca sobre su cabeza, el canasto para el pan. Lloviera o tronara; con frío o calor, ahí estaba Emiliano por su pan en estos dos lugares, aunque se decía que daba varias vueltas para ir a otros expendios.

Ya hace varios años no está Don Benja y en cuanto a Pachita, fue sacando el pan más tarde por las manotas ladronas de algunos estudiantes de esa casa que está junto al templo de San Agustín. La lejanía de esta casa hace imposible acudir a los viejos barrios.

Pero dentro del mercado Independencia, está la panadería La Espiga de Oro con un agradable surtido de buen pan, que atiende Emiliano, siempre con su boinita y buenos modos: ahí se compran por ejemplo, las picadas, huesitos y riscas de manteca para el café. Quién sabe porqué, pero el pan de dulce llega a fastidiar y el de sal rara vez. Como no se puede ir diario por la lejanía, se compra una buena dotación de estos panes para satisfacer la gula.

Si quien esto escribe está a punto de ser octogenaria, quién sabe cuántos años de servicio ha dado a la comunidad Emiliano, así como si fuera familiar, pues la gente lo estima aunque no lo diga. No es fácil vender pan todo el día y cuidar los detalles para surtir bien el expendio.

Entre los puestos de frutas, cerca de lo de lámina y piedra, como molcajetes y metates, pasando las guarecitas que vienen con tamales de atole de zarza, con gorditas y tortillas delgaditas de buen maíz y de varios tamaños, las nopaleras, queseras y cremeras están las panaderías y véalo ahí, en La Espiga de Oro, serio pero cortés y muy eficiente. Mucha gente hace su compra de pan, toma un bolillo todavía tibio, lo parte y lo rellena con queso para darle una mordidota y masticar el bocadillo sabroso.

Gracias, Emiliano, por tantos años de atender a la población cotidiana, sea esto un recordatorio de que a muchos seres no les damos la importancia que tienen para la comunidad. Que dure muchos años y Morelia lo valore, para que sienta el afecto del gran público. Y, como él, de cuando en cuando y si Dios lo permite, sacaremos otros héroes del anonimato.

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