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Morelia, Michoacán a 29 de junio de 2017
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La Bonita cumplió años

26 de mayo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Ada Estela Vargas Cabrero

Se dice fácil pero en la práctica cotidiana ha sido muy difícil. Cuatrocientos setenta y seis años de gozar este invaluable legado de otras generaciones consistente en edificios espléndidos de cantera rosa cenizo, como los amores viejos aquellos de la adolescencia que el tiempo parece difuminar pero que siguen ahí para reprocharte o para que los vuelvas a disfrutar en el espacio y el tiempo que indiferente sigue su marcha. Hasta el error dramático de las distancias de los tres cuerpos de la iglesia catedral se volvió icónico y la retrata para que los extraños la identifiquen.

La calle principal que la divide entre norte y sur, arrastra suspiros que solo pueden cosechar los que saben de amores; permanecen o se van según el viento que sopla pero la recorren buscando almas sensibles. Callecitas, vericuetos estrechos donde noviar te acerca al otro, lo quieras o no porque el espacio es reducido y las manos enlazadas hacen latir más rápido el corazón: tac, tac, tac cuando se rozan los cuerpos. Farolillos que disipan las tinieblas, antes de una cena sabrosa con los antojitos de la tierra, su platillo las enchiladas placeras. Las gordita, los tacos, las corundas y los tamales o el pozole. Carnitas y tatemado.

Contar los arcos y sentarse en la calzada para ver pasar a la gente presurosa a rezarle a la Guadalupana desde el 28 de octubre hasta el 12 de diciembre, chupar trozos de caña de azúcar con limón, sal y chile para que la lengua se escoza. Sentarse en un café bajo los portales cuando pasan sus mujeres presumidas y risueñas buscando amores. Darle grasa al cansado con alguno de sus boleros-filósofos. Ellos: “Mira qué muchacha más pija” y ellas: “ya viste lo guapo que es” y si te atrae tanto, regresas las veces que sea hasta que te lanzan un anzuelo y te enganchas.

Madrugadas tímidas con campanadas llamando a misa y ocasos de rosarios cantados que son maravillosas paletas de color al atardecer. Morelia, la bonita, la ciudad levítica e impasible.

No tardará en cumplir 500 años y es justo que desde ahora se elabore un plan para remodelar lo que se destrozó según los caprichos administrativos: esa horrible plaza Melchor Ocampo, las bancas espantosas de “estilo herreriano como El Escorial” (Ni cuando, no sueñen), los jardines sin flores salvo unos matojos de plantas con hojas de colores en la que llamó Morelos “el jardín de la Nueva España”. Reacomodar esos camiones de carga en la Plaza Carrillo, pleno centro. Reorientar el gran tráfico en una ciudad hecha para carretelas. Ciudad alabada por poetas y cantada con bella y buena música que para eso es el Conservatorio de Las Rosas.

Olorosa a ate de membrillo con queso, a café y chocolate de metate, extrañase la deliciosa garapiña cuya fórmula ojalá no se haya perdido. Con cántaros de neutle que llega de Tarímbaro, charanda, mezcal y tequila. Ya solo quedan con Don Pancho y Rosita aquellas gelatinas de las tardes portaleras de leche, jerez y combinadas con rompope de monjitas. Por las mañanas en el 4001 de Nicolás Bravo y en la tarde en el 705 de García Obeso por si quiere probarlas, son deliciosas.

Se sugiere la formación urgente de un patronato de multiexpertos e historiadores para que se celebre dignamente el cumpleaños número 500 de la Vieja Dama Vestida de Rosa. Restauraciones, remodelaciones, eventos culturales con canto, poesía, música, danza. Visitas guiadas y buena promoción turística.

Ah, perdón: se requiere seguridad, seguridad, seguridad urgente. Para que la fiesta sea en grande.

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