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La rosa de piedra se muere

31 de diciembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Por sus callecitas corren suspiros y en sus barrios agonizan sus casas de piedra, de cantera color de rosa, con ese tono cenizo y leve cual beso de adolescente. Esas canteras con escurrimientos y humedades desde que a la ciudad decidieron hacerla cacariza para celebrar el bicentenario del nacimiento de su hijo predilecto, el que le dio su nombre: Guayangareo, Valladolid y Morelia. Las camelinas florecen en algunas de sus avenidas, dando color a las sonrisas de sus muchachas y picando con sus púas a los adolescentes atrevidos.

No bella, no solo eres ese cuadrado donde dos torres mal construidas provocan que seas un ejemplo de mala arquitectura en la historia del arte, donde esa catedral hecha a toda prisa desarmonizó las medidas de sus dos cuerpos, el de en medio y el último. No, tú eres más, eres la calzada y sus agradables lunetas bajo la sombre de sus árboles, eres la Pila del Ángel donde se sientan los chamacos tomados de la mano, eres Capuchinas y su Virgen de Cosamaloapan, eres San José y ese jardín hollado por miles de colegiales a través del tiempo, eres Las Rosas y su Conservatorio con los cafecitos frente al jardín; eres Villalongín y el encaje de piedra del Acueducto. Eres el jardín de La Soterraña y sus muchachas malas en las esquinas, eres Carrillo y los escuadrones de la muerte, eres San Juan y el espíritu de los niños españolitos que trajo Cárdenas.

Eres El Prendimiento y  sus paredes, con huellas de balazos de las confrontaciones de otrora. Eres San Agustín y el árbol de lima milagroso, eres La Cruz y su complicada esquina, Las Monjas y sus camelinas con esa torrecilla tan arrogante y bella, eres el Quinceo y el Punhuato, eres la loma de la Santa María que poco a poco se acaba para quedar en un conjunto de casas sin chiste y presumidas que te quieren ver a sus pies.

De norte a sur y de oriente a poniente, tu centro histórico muere con esas canteras llenas de escurrimientos, de humedades, cuyas piedras vencidas se van desprendiendo, vacías de gente y tristes en el abandono. Eres la remozada y fea plaza Melchor Ocampo, la Plaza Juárez, la Plaza Principal y esos jardines sin flores, esas feas bancas de cantera en lugar de sus viejas de hierro, donde huele a orines y te mojas el trasero bien de lluvia o bien de agua de riñón. Alguien engañó a tus habitantes dándole un toque “herreriano como El Escorial” y desde entonces la vida fue menos agradable y más con esos bonitos árboles rapados como setas verdes monstruosas.

Te vas ajando oh hermosa como esas doncellas viejas y tristes que nunca han amado, que nunca han sido amadas. Tú, que fuiste cantada en primorosos versos, en elegante prosa. Tú, a la que sueñan en la nostalgia de la distancia los que te dejaron, tú la que recuerda los amores mozos y las caricias leves en esas calles tan angostas donde el roce frecuente de los cuerpos produce escalofríos de placer.

Entre los caprichos del INAH y de las administraciones municipales, te han tundido bien y bonito, tener una casa en el centro es tirar el dinero por las frecuentes reparaciones de una bóveda catalana ineficaz con el cambio climático y carísima porque ya no saben trabajarla los albañiles.

No te mueras rosa de cantera ceniza, aunque no sepas a garapiña porque nadie sabe hacerla ni a jaletinas de leche y jerez, ni a enchiladas placeras, ni a pozole colorado, ni a gorditas, ni a tacos dorados, a tamales o a cocadas. A uchepos y corundas. No te mueras corazón, no, que no te dañen mas y te dejen agonizar dolorosamente. Mira esos techos, mira esos baches, cómo dueles hermosa. Que se acaben ls marchas, tomas, plantones y dejen de pasar ríos de orina y defecaciones en ese hermoso centro que merece una suerte mejor.

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