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Los capulines… ya no hay

17 de junio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Ada Estela Vargas Cabrero

 

Esos árboles con ramas que terminan en bolitas verdes, rojas y negras al madurar, eran una atracción del mes de junio para los escuincles porque iban a cortarlos sin mayor problema por las faldas del Punhuato o del Quinceo. Pedías permiso, reunías a las cuatachas, agarrabas dos cubetas de las de antes hechas de metal y vámonos. Ir a las faldas del Punhuato era más cómodo, así que salías a las afueras de la entonces ciudad pequeña y hospitalaria, sin peligros y aunque subir te cortaba la respiración, la vegetación te daba ánimos.

La lluvia hacía brotar los mirasoles que para septiembre y octubre llenarían los cerros de tonos rosados, morados y blancos, apenas unas hojitas pero se compensaban con las estrellitas de San Juan, perfumadas y abundantes, con tantas flores silvestres tan gratas y algunos hongos que por desconocimiento de la especie no se cortaban, a lo mejor eran venenosos. El camino estaba lleno de árboles con su abundante fruto y todo era parar un poco, elegir el árbol y empezar a cortarlos para llenar las cubetas además comiendo sus dulces frutos lavados por algún aguacero o llovizna del día anterior. Cuidado con el lodo, con caerte si subías por sus ramas y gozar la vista desde lo alto: la ciudad dormida a tus pies.

No se atrevían a cortar las tunas de algunas nopaleras porque los ahuates que se llevaba el viento se metían hasta el ombligo, quién sabe cómo y era mejor dejar la fresca tentación de esas tunitas moradas tan deliciosas. Con tanto capulín había y si llevabas muchos, la abuela Lucita los hacía en dulce o el padre Abel hacía licor. Eso daba oportunidad para ir dos y hasta tres veces a traer más y más. La adolescencia no se cansa, siempre está lista para las aventuras y para recorrer los senderos, tanto de la vida como de la ciudad.

También hacían jarabe para la tos, aunque decían que provocaba somnolencia y no era saludable pero la curaba. No había como ahora vacunas, salvo una cultura de prevención que con facilidad se transgredía desobedeciendo.

Ay, los tamales de capulín tan sabrosos, pero esos eran más escasos dado que se necesitaba preparar la masa, blanquear la manteca de puerco, batir y batir, envolver, etc. etc. preparar el relleno uff, mucho trabajo. Mejor una torta de bolillo con conserva y solo había que escupir los huesos. En Tlaxcala, vendían los huesitos lavados, tostados y con sal, son deliciosos pues al tostarse se abre y te regalan su contenido.

Alguna vez, cuando empezaron a escasear y al crecer se perdían las ganas del paseo y colecta, sembrar uno en casa, aquella casa de Abasolo 444 hizo que hubiese cada año una buena cosecha de grandes y dulces capulines “blancos”, es decir, que rojos ya estaban maduros al contrario del chiquito que debía estar negro.

Lamento decir que la amada Morelia no tiene árboles de capulín, solo casas, casas y fraccionamientos y la mancha urbana se tragó los espacios donde crecían capulines, miguelitos, dalias, estrellitas de San Juan, nopaleras y mirasoles. Tampoco hay colorines, algunos granjenos en Santa María, pero los llanos ejidales que van a Jesús del Monte son avenidas con pasto por ser zona catrina los vendieron a peso el metro cuadrado y te vale fraccionado algo así como 5,000 eso dicen, porque bolsillo de pobre no habla, solo calla. A esto, le dicen progreso….¿?….crecimiento, modernidad. Adiós, mi ciudad llena de recursos y belleza campirana, dador de vida con alimentos gratis.

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