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Morelia, Michoacán a 17 de enero de 2017
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Morelia, la ciudad levítica

24 de diciembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Rosa  de piedra con aromas de flores, cera e incienso. Regresar de la ciudad de México a la tierra, donde se desconocía la prisa fue un poco dramático por la costumbre de querer las cosas rápidas y con habilidad. A cuidar a los dos ancianitos: la abue Lucita que fue la que crió y el tío Gonzalo con mucho deterioro físico.

Lucita sin necesidad pero por costumbre, todavía vendía leche en el zaguán de esa casa de Abasolo, aunque por anciana la estafaban y eran más las pérdidas que las ganancias, pero ella así lo quería.

La capilla del Prendimiento estuvo abandonada muchos años, pero al retorno, la sorpresa fue encontrarla restaurada y bonita, al preguntar quién lo hizo la respuesta fue: el Padre Samuel Bernardo Lemus que oficia aquí con su hermano que está muy malito. Así, conocer al Padre Samuelito, continuador de los grandes sacerdotes que han dado honra y prez a esta ciudad de Morelia y contribuido a las mejores causas sociales y a la paz, fue un placer.

Es dueño de una cultura extraordinaria que oculta modestamente; entonces cuidaba con amor de su hermano también sacerdote, el Padre Leopoldo afectado severamente por una enfermedad de pronóstico terminal.

Al paso de los días murió el Padre Leopoldo. El Padre Samuelito pasaba a diario a llevar consuelo y alegría a la ancianita sentada esperando la clientela, bastante afectada por largos años de intenso trabajo y aflicciones al crear sola a sus cinco hijos, dos mujeres y tres hombres: la tía Meche, la madre Lucero, los tíos Gonzalo, Zeferino y Agustín, estos dos últimos radicados en la ciudad de México, el menor se hizo cargo de ella, desde allá y encargaba el cuidado diario a quien escribe esto. Ya habían fallecido Meche y Lucero, apenándola más.

¡Buenos días, Estelita!… Lucita ¿Cómo estás?…Y ella con su vocecita contestaba si bien la edad iba mermando sus facultades y cuando se despedía le ofrecía una limosnita para el templo muy lejos de la realidad, pues eran cinco o 10 centavos por lo que se le pedían disculpas al Padre. –No te preocupes, esto es más valioso por la voluntad de darlo, que miles de pesos…Si, Padre, pero…. da pena… Déjalo así, te digo…

Estelita, -Dijo el sacerdote- ¿Me puedes remendar mi saco? Mira cómo ando y todavía me acusan de ser rico… Sí, padre, con mucho gusto, estará listo cuando termine de decir misa, que el Señor lo acompañe. algunas veces se le auxilió como cuando no tenía quién hiciera los tamales de la tradicional kermés del 11 de diciembre. Ese año, se le olvidó al Ayuntamiento la petición de poner luces, en fin, todo era un caos y no había gente. Sacar dos anafres, uno con el cazo del atole de canela y el otro para la olla de los tamales, los vasos, cucharas, platos, cubiertos y servilletas. – Estelita, voy a decirles en misa que te compren tamalitos… – No se apure padre, mañana vendo en el zaguán por la mañana. Alguien llegó pidiendo uno de chile y uno rojo con atole, al probarlos encargó para llevar cuarenta de uno y 40 de otro y atole. Antes de terminar la misa, los tamales se acabaron sin necesidad de servirlos, pedían grandes cantidades para llevar. Resultaron deliciosos hechos con amor y cuidado.

Es un gusto que el Padre Samuelito, nacido en pañales de seda y humilde por vocación, cumpla noventa años llenos de sinsabores y amarguras que como magia convertía en virtudes, sufridos con la paciencia de servir a Nuestro Señor y la vocación de hacerlo a través de acciones en favor del prójimo. Muchas felicidades, que cumpla muchos y felices, Padre Samuelito, su voz se escucha en el templo, en las conversaciones y vibra a través de las palabras escritas en este diario y encamina al bien.

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