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Morelia, Michoacán a 23 de enero de 2017
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Tardes para soñar…

1 de julio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por:  Ada Estela Vargas Cabrero

 

Una de las cosas imposibles desde que la ciudad de Morelia se volvió un caos cotidiano, es sentarse en la plaza principal o en el jardín de Villalongín, simplemente a ver pasar la vida.  Hace años te sentabas en alguna de sus bancas y podías saborear una de sus clásicas gelatinas de leche, combinada o de jerez, con o sin rompope. Ahora sólo las encuentras en Nicolás Bravo 401 por las mañanas y en las tardes en García Obeso 207, gracias a que Don Pancho y Rosita, bastante mayores, las hacen. O saboreando una cazuelita vaciada en papel ,  de atole de zarza o canela cuajado, destacando algún paisaje que los relieves del recipiente dejó impreso. Y si era jueves o domingo, la música tocaba en el kiosco y la gente daba vueltas y vueltas, las chamacas para un lado y al contrario, los hombres y si les gustabas te regalaban una flor que algunos marchantes vendían: rosas, claveles, nardos o gardenias olorosas y caras.

También podías saborear una deliciosa paleta de leche o de agua, las que venden aún junto al Colegio de San Nicolás son muy sabrosas y bien hechas. Hasta el jardín principal llegaba el aroma a santidad que desprendía la catedral, incienso y cera de las velas. Entonces, las muchachas tenían cinturita de avispa, sus arreglos eran impecables y desprendían aroma a limpio o a fragancia comercial. Cerca de las siete de la tarde, asomaba Venus con un brillo asombroso y marcaba la hora de los noviazgos. Andar estas callecitas del centro, tomados de la mano y platicando bobadas era lo máximo para un adolescente.

Los barrios olían a pan saliendo del horno, a café y a chocolate de metate, allá en los portales estaban los dulces y ates; entre esos puestos estaba el de las hermanas Huéramo, donde las tostadas eran exquisitas con su chipotle picosito. La Pila del Ángel es un rinconcito muy romántico. La Merced, San Agustín que se llenaba de vendimias para cenar al estilo de la ciudad: su famoso pollo placero con enchiladas bien hechas, nada de ponerles el desabrido y descolorido chile guajillo, no; se hacen con chile ancho, queso, tortillas chiquitinas, papitas y zanahorias en cuadritos fritas con longaniza, lechuga orejona picada finito y claro: queso, crema y chiles jalapeños coronando el platillo. La cebolla picada y desflemada era opcional. _Vengan, acá estamos sus muy limpios chamacos, los jotos, nada que ver con esas mujeres sucias y malhechas, vengan aquí….

Morelia es una ciudad para ver pasar la vida calmadamente, sus tardes son hermosas con crepúsculos de ensueño que llenan de color ígneo el poniente, sobre el cerro del Quinceo. Antes era de jóvenes y hoy, hay mucho viejo que ama este espacio, regalo de otras generaciones. Pero la tienen presa de sus ambiciones y luchas inútiles algunas facciones descontentas. Imagínese que en una entidad con los más bajos índices de aprovechamiento escolar hay nada menos que 8 escuelas “normales” que siempre están exigiendo más y más prebendas. Y en sus jardines no hay flores, sólo feos espacios de pasto y árboles podados, como hongos verdes de muy mal aspecto, nada natural dentro de ese esplendor colonial. De todos modos, la piedra sin ellos, sin sus frondas naturales, es fea y fría. Ya no se pueden robar las ocultas florecillas perfumadas de las violetas azules o moradas, pues aquí no hay blancas ni amarillas.

Ay, el barrio del Prendimiento, con los uchepos afuera del templo, esos que hacían desde varias generaciones y que llamaban familiarmente al comprador: -Hay uchepos güerita, sus uchepos calientitos y sabrosos, de dulce y de sal…

Y su pan no se diga, sólo queda La Jarochita allá en Quintana Roo por las tardes, desde hace más de un siglo, como regalo para el paladar. Una pieza de pan con un taza de café de Uruapan…

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