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El escritor (parte I)

27 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza / La Voz de Michoacán.
La posición del escritor en una era de control estatal es asunto que ya se ha analizado en forma relativamente amplia, aun cuando no se dispone todavía, en su mayor parte, de las pruebas que podrían ser pertinentes. Aquí no quiero expresar una opinión ni en pro ni en contra del patrocinio de las artes por el Estado, sino señalar simplemente que la clase de estado que nos gobierne tiene que depender en parte del ambiente intelectual vigente; es decir, en este aspecto, en parte de la actitud de los propios escritores y artistas, y de su disposición o falta de ella para mantener vivo el espíritu liberal. Si en diez años nos encontramos temblando ante una persona como Zhdanov, probablemente será porque eso es lo que habremos merecido. Es evidente que entre los intelectuales literarios ingleses ya hay en acción fuertes tendencias hacia el totalitarismo. Pero aquí no me preocupa ningún movimiento organizado y consciente como es el comunismo, sino puramente el efecto que tiene, sobre personas de buena voluntad, el pensamiento político y la necesidad de abanderizarse políticamente. Esta es una edad política. La guerra, el fascismo, los campos de concentración, los palos de luma, las bombas atómicas, son las cosas en que pensamos todos los días, aunque no las nombremos abiertamente. Esto no lo podemos evitar. Si uno está en un barco que naufraga, pensará en naufragios. Pero no sólo se limita así nuestro tema sino que toda nuestra actitud hacia la literatura se tiñe con lealtades que comprendemos, al menos de manera intermitente, que no son literarias. A menudo da la impresión de que la crítica literaria, aun en el mejor de los casos, es fraudulenta puesto que en ausencia total de normas aceptadas de cualquier índole, de alguna referencia externa que pueda dar sentido a la afirmación de que tal y tal libro es “bueno” o “malo”, todo juicio literario consiste en inventar un conjunto de reglas para justificar una preferencia instintiva. La verdadera reacción que uno tiene ante un libro, cuando llega a tenerla, es, habitualmente, “este libro me gusta” o “no me gusta”, y lo que sigue es una racionalización. Pero decir “este libro me gusta” no es, creo yo, una reacción no literaria; la reacción no literaria es decir: “Este libro está de mi parte, por lo tanto debo descubrirle méritos”. Es claro que cuando uno alaba un libro por razones políticas, puede mostrarse emocionalmente sincero, en el sentido de que uno de veras siente una fuerte aprobación, pero también ocurre a menudo que la solidaridad partidista exija una pura mentira. Cualquiera que esté acostumbrado a reseñar libros para publicaciones políticas lo sabe. En general, si uno escribe para un diario con el cual está de acuerdo, peca por acción, y si lo hace para uno del color opuesto, peca por omisión. En todo caso, hay innumerables libros polémicos: libros en pro o en contra de la Rusia soviética, en pro o en contra del sionismo, en pro o en contra de la Iglesia Católica, etc., a los que se juzga antes de leerlos, de hecho antes de que se escriban. Uno sabe de antemano qué acogida van a tener en cuáles diarios. Y sin embargo, con una falta de honradez que suele no ser consciente ni siquiera en una cuarta parte, se mantiene la ficción de que se aplican normas literarias auténticas.

Por cierto que la invasión de la literatura por la política tenía que ocurrir. Tenía que ocurrir, aun cuando el problema del totalitarismo no hubiera surgido jamás, porque se nos ha producido una suerte de remordimiento que nuestros abuelos no tenían, una conciencia de la enorme injusticia y miseria del mundo, y un sentimiento de culpabilidad porque uno debería hacer algo al respecto, que torna imposible mantener una actitud puramente estética ante la vida. Nadie podría, hoy, dedicarse a la literatura con la concentración absoluta de Joyce o de Henry James. Pero, lamentablemente, aceptar responsabilidad política hoy significa rendirse a las ortodoxias y las “líneas del partido”, con toda la timidez y falta de honradez que ello significa. En comparación con los escritores Victorianos, tenemos el inconveniente de vivir entre ideologías políticas claramente definidas y de saber de un vistazo, por lo general, cuáles pensamientos son heréticos. El intelectual literario moderno vive y escribe con temor constante, no, por cierto, de la opinión pública en el sentido más amplio, sino de la opinión pública dentro de su propio grupo. En general, por suerte, hay más de un grupo, pero también en cualquier momento dado existe una ortodoxia dominante. Para atacarla se necesita tener la piel dura y estar dispuesto a reducir a la mitad los ingresos durante largos años. Es evidente que desde hace unos quince años la ortodoxia dominante, especialmente entre los jóvenes, ha sido la “izquierda”. Las palabras claves son “progresista”, “democrático” y “revolucionario”, mientras que las etiquetas que hay que evitar a toda costa son “burgués”, “reaccionario” y “fascista”. Hoy en día casi todos, incluso la mayoría de los católicos y conservadores, son “progresistas” o al menos quieren que se les tenga por tales. Nadie, que yo sepa, jamás dice de sí mismo que es “burgués”, así como nadie que tenga la instrucción suficiente para conocer la palabra reconoce que es culpable del antisemitismo.

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