IMPRESO | RADIO | TELEVISIÓN

Morelia, Michoacán a 23 de julio de 2017
Morelia
Compra
Venta
USD

16.35

17.85

El escritor (parte II)

4 de mayo, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza / La Voz de Michoacán.
El intelectual literario moderno vive y escribe con temor constante, no, por cierto, de la opinión pública en el sentido más amplio, sino de la opinión pública dentro de su propio grupo. En general, por suerte, hay más de un grupo, pero también en cualquier momento dado existe una ortodoxia dominante. Para atacarla se necesita tener la piel dura y estar dispuesto a reducir a la mitad los ingresos durante largos años. Es evidente que desde hace unos quince años la ortodoxia dominante, especialmente entre los jóvenes, ha sido la “izquierda”. Las palabras claves son “progresista”, “democrático” y “revolucionario”, mientras que las etiquetas que hay que evitar a toda costa son “burgués”, “reaccionario” y “fascista”. Hoy en día casi todos, incluso la mayoría de los católicos y conservadores, son “progresistas” o al menos quieren que se les tenga por tales. Nadie, que yo sepa, jamás dice de sí mismo que es “burgués”, así como nadie que tenga la instrucción suficiente para conocer la palabra reconoce que es culpable del antisemitismo. Somos todos buenos demócratas, antifascistas, antimperialistas, despreciativos de las diferencias de clase, impermeables al prejuicio racial, y así sucesivamente. Tampoco cabe duda de que la ortodoxia “izquierdista” de hoy es mejor que la ortodoxia conservadora beata y más bien afectada que predominaba veinte años atrás, cuando el Criterion y (en menor escala) el London Mercury eran las revistas literarias dominantes. Porque a lo menos su objeto implícito es una forma viable de sociedad que mucha gente en realidad desea. Pero también tienen sus falsedades propias que, como no se las puede reconocer, hacen imposible el análisis serio de ciertas cuestiones.

Toda la ideología de izquierda, científica y utópica, la elaboraron personas que no tenían posibilidad inmediata de alcanzar el poder. Era, por tanto, una ideología extrema, absolutamente desdeñosa de reyes, gobiernos, leyes, cárceles, fuerzas policiales, ejércitos, banderas, fronteras, patriotismo, moral convencional y, en el hecho, de todo el orden de cosas existente. Hasta bien entrado el período de que hay memoria viviente, en todos los países las fuerzas de la izquierda lucharon contra una tiranía que parecía invencible, y era fá- cil suponer que si sólo se pudiera derrocar esa tiranía en particular, la del capitalismo, el socialismo vendría en seguida. Además, la izquierda había heredado del liberalismo ciertos postulados claramente discutibles, como la idea de que la verdad ha de prevalecer y la persecución ha de derrotarse a sí misma, o de que el hombre es por naturaleza bueno y sólo lo corrompe su entorno. Esta ideología perfeccionista ha perdurado en casi todos nosotros y en su nombre es que protestamos cuando (por ejemplo) un gobierno laborista aprueba ingresos inmensos para las hijas del rey o se muestra vacilante para nacionalizar la siderurgia. Pero también hemos acumulado en nuestra mente toda una serie de contradicciones no confesadas, consecuencias de sucesivos choques con la realidad.

El primer choque fue la revolución rusa. Por motivos más bien complejos, casi toda la izquierda inglesa se ha visto obligada a aceptar que el régimen ruso es “socialista”, aunque reconoce en su fuero interno que tanto su espíritu como su práctica son bien extraños a todo lo que se entiende por “socialismo” en este país. De aquí ha surgido una especie de manera de pensar esquizofrénica, en la que una palabra como “democracia” puede tener dos significados irreconciliables y cosas como campos de concentración y deportaciones en masa pueden estar simultáneamente bien y mal. El golpe siguiente a la ideología izquierdista fue el surgimiento del fascismo, el cual sacudió el pacifismo y el internacionalismo de la izquierda sin efectuar una reformulación definida de la doctrina. La experiencia de la ocupación alemana enseñó a los pueblos de Europa algo que los pueblos coloniales ya sabían, esto es, que los antagonismos de clase no tienen mayor importancia y que existe algo que se llama interés nacional. Después de Hitler, resultaba difícil sostener seriamente que “el enemigo está en tu propio país” y que la independencia nacional no tiene valor. Pero aun cuando todos sabemos esto y si es preciso actuamos en consecuencia, todavía nos parece que decirlo en voz alta sería una suerte de traición.

Comparte la nota

Publica un comentario