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El nacionalismo

20 de abril, 2016

Christian Fuentes/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza
Por “nacionalismo” entiendo en primer lugar el hábito de asumir que los seres humanos pueden ser clasificados como insectos y que bloques enteros de millones o decenas de millones de personas pueden ser con confianza etiquetados como “buenos” o “malos”. Pero en segundo lugar –y esto es mucho más importante- me refiero al hábito de identificarse con una nación o con otra unidad, colocándola más allá del bien y del mal y no reconociendo otro deber que servir a sus intereses. El nacionalismo no debe ser confundido con patriotismo. Aunque ambas palabras se usan normalmente con tanta vaguedad que cualquier definición es susceptible de ser sometida a discusión. Sin embargo, es preciso distinguir entre ellas, puesto que aluden a dos cosas distintas, incluso opuestas. Por “patriotismo” entiendo la devoción a un lugar determinado y a una determinada forma de vida que uno considera los mejores del mundo, pero que no tiene deseos de imponer a otra gente. El patriotismo es defensivo por naturaleza, tanto militar como culturalmente. El nacionalismo, en cambio, es inseparable del deseo de poder; el propósito constante de todo nacionalista es obtener más poder y más prestigio, no para sí mismo, sino para la nación o entidad que haya escogido para diluir en ella su propia individualidad.

Mientras se aplique en exclusiva a los movimientos nacionalistas más notables y reconocibles de Alemania, Japón y otros países, lo anterior resulta bastante obvio. Frente a un fenómeno como el nazismo, que podemos observar desde fuera, casi todos diríamos más o menos las mismas cosas. Pero aquí debo repetir lo que ya he dicho antes: que solo empleo la palabra nacionalismo a falta de otra mejor. El nacionalismo, en el sentido amplio que le doy a la palabra, incluye movimientos y tendencias como el comunismo, el catolicismo político, el sionismo, el antisemitismo, el trotskismo y el pacifismo. No necesariamente implica lealtad a un gobierno o a un país —y mucho menos a la propia nación—, y ni siquiera es estrictamente necesario que las entidades a las que alude existan en realidad. Por nombrar unos cuantos ejemplos obvios, el judaísmo, el islam, la cristiandad, el proletariado y la raza blanca son todos ellos objeto de apasionados sentimientos nacionalistas, pero su existencia puede ser seriamente cuestionada y ninguno posee una definición aceptada universalmente.

Además, vale la pena insistir en que el sentimiento nacionalista puede ser puramente negativo. Hay trotskistas, por ejemplo, que simplemente se han convertido en enemigos de la URSS, sin desarrollar la correspondiente lealtad a cualquier otra entidad. Cuando uno percibe las implicaciones de algo así, la naturaleza de aquello a lo que llamo «nacionalismo» se vuelve mucho más clara: un nacionalista es alguien que piensa únicamente, o principalmente, en términos de prestigio competitivo. Puede ser un nacionalista positivo o negativo —esto es, puede usar su energía mental en ensalzar o denigrar—, pero, en todo caso, su pensamiento gira siempre en torno a victorias y derrotas, triunfos y humillaciones. Ve la historia, en especial la historia contemporánea, como el interminable ascenso y declive de grandes unidades de poder, y cualquier cosa que ocurra le parece una demostración de que su propio bando está en ascenso y de que algún odiado rival ha comenzado a declinar. Con todo, es importante no confundir el nacionalismo con el mero culto al éxito. El nacionalista no sigue el elemental principio de aliarse con el más fuerte. Por el contrario, una vez elegido el bando, se autoconvence de que este es el más fuerte, y es capaz de aferrarse a esa creencia incluso cuando los hechos lo contradicen abrumadoramente. El nacionalismo es sed de poder mitigada con autoengaño. Todo nacionalista es capaz de incurrir en la deshonestidad más flagrante, pero, al ser consciente de que está al servicio de algo más grande que él mismo, también tiene la certeza inquebrantable de estar en lo cierto.

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