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El secreto materno

11 de mayo, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Mi amigo Javier Espinoza, un abogado litigante al que hace años no veo porque la vida contemporánea nos hace egoístas, me contó hace algunos años una historia que conmovió mi espíritu ya de por sí propenso hacia una sensibilidad casi infantil. Me decía que un amigo le había estado insistiendo para que aceptara una invitación a comer enchiladas a un restaurante campestre que estaba rumbo a la salida a Charo, “yo le daba largas porque, en primer lugar, entre mis platillos predilectos no estaban las enchiladas y, en segundo lugar, me parecía excesivo tomarse la molestia de salir de la ciudad para comer un platillo que a mí ni me gustaba”, contaba. Pero el amigo seguía insistiendo que aceptara la invitación porque éstas sí le iban a gustar.

A fin de cuentas Javier, más por cansancio que por convicción, terminó por aceptar la invitación de su amigo. Se trataba de un restaurancito en una cabaña sencilla que no auguraba nada extraordinario. Pidieron unas cervezas mientras preparaban esa exquisitez tan anunciada. A fin de cuentas les sirvieron sendos platillos, no se trataba, como en efecto él lo había anticipado, sino de ese plato tradicional michoacano de tortillas bañadas en chile guajillo rellenas de queso, o tantita cebolla, pasadas a la grasa, abastecidas con suficiente zanahoria y papa, sobre una cama de lechuga fresca. Nada fuera de lo común pues.

Sin mucha determinación Javier decidió probar tan anunciado manjar, partió un trozo de enchilada y lo llevó a la boca con algo de verdura. Mientras masticaba los ojos se le llenaron de lágrimas, no podía tragar, el sabor de ese bocado le recordó súbitamente el sabor de la comida de su madre que hacía tiempo había muerto. Ella solía cocinar de vez en cuando para sus hijos unas enchiladas que sabían exactamente igual que las que estaba comiendo. Con mucha tristeza y sin poder hablar devoró el primer platillo. Pidió un segundo plato y por fin pudo explicar a su amigo el sentido de su turbación. Aunque a él nunca le habían gustado las enchiladas, éstas tenían el mismo sabor materno. Los recuerdos suelen ser así, llegan de repente, te asaltan cuando menos lo esperas y de la manera más inusitada. Sobre todo cuando se trata del ser que te dio la vida y que ya no está contigo.

Pareciera que esta sencilla anécdota hubiera sido sacada deRatatouille, película de dibujos animados producida en 2007 por Pixar AnimationStudios y lanzada al mercado por Walt Disney Pictures, en la que Anton Ego, un crítico de los mejores restaurantesde Francia se dispone con actitud arrogante a ir a un conocido establecimiento para “destrozarlo” con su crítica. El personaje central de la película, Remy, una ratita, decide sorprenderlo con un platillo tradicional francés muy sencillo hecho a base de verduras, aunque algo estilizado para la ocasión. El famoso crítico mira con soberbia el humilde platillo, pero al dar el primer bocado se le viene a la mente la imagen de su madre cuando era un niño pobre que disfrutaba los placeres de la comida junto con los cariños de su madre. Esta es indudablemente la parte más emotiva de la película. Si no hubiera conocido mucho antes la narración de mi amigo Javier, nadie me hubiera convencido de que no la había tomado de la película, y si yo hubiera publicado su anécdota antes de 2007, posiblemente hubiéramos demandado a la compañía Walt Disney por el plagio de la historia.

Hoy es 10 de mayo, día de las madres, cuando estoy escribiendo este artículo para que se publique el lunes en La Voz de Michoacán. Al escribirlo necesariamente vienen a mi mente los recuerdos de mi madre, quien ocupó toda su vida sólo en procrear y educar a sus hijos. Tuvo diez, por lo que se pasó casi nueve años de su vida en cinta y otros tantos amamantándolos. No sé a cuantos de mis hermanos llevó de la mano a la escuela, pero sí recuerdo que a la más pequeña la llevó todos los días durante no sé cuántos años.

Además de enseñarnos las primeras letras, trató de repartir equitativamente sus mimos y regaños para que no se pensara que era una madre injusta, difícil tarea porque a fin de cuentas siempre queda alguien con la idea de que se le quiso menos.

Además de procrear, amamantar, asear, cuidar, llevarnos a la escuela, educar, se daba tiempo para cocinar platillos de una exquisitez única, con la destreza gastronómica con que sólo una madre sabe hacerlo. Ese es el secreto de toda madre, saberle poner a la comida, además de todos los condimentos necesarios, ese toque de amor y calidez para sus hijos que necesariamenteaflora en el sabor y que se fija en el sentido del gusto y en el recuerdo para que digamos mucho tiempo después: ¡no, es que no es así como lo hacía mi madre!

Me gusta que mis hermanas me inviten a comer, sobre todo cuando cocinan alguno de esos platillos exclusivos de la cocina de mi madre. Algunas heredaron su talento, pero se nota cuando le ponen un toquecito de amor además de las especias. Por eso en algunas ocasiones me atraganto al primer bocado y disimuladamente seco una lágrima por el recuerdo de mi madre que desde el cielo nos da su bendición.

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