IMPRESO | RADIO | TELEVISIÓN

Morelia, Michoacán a 27 de marzo de 2017
Morelia
Compra
Venta
USD

18.13

18.90

¡Inolvidable!

21 de febrero, 2017

Paola Franco/La Voz de Michoacán

Etelberto Cruz Loeza.

 

Las mujeres de Huetamo prefieren morir vírgenes que parir pendejos. Victoria Gómez

 

Hace días escuché No Salgas, Niña, a la Calle, interpretada por el trío Tariácuri; quise adquirir esa melodía y le pregunté a José Luis Gómez Navarro, magnífico amigo, y paisano, me orientara cómo comprarlo; me dijo que era muy difícil, pero que él tenía alguna música de ellos y que fuera su casa y me la entregaría, ya grabada. Así lo hice, más el me obsequió 3 CDs con sus principales interpretaciones. Al anochecer, las escuché. En alud se me echaron los recuerdos: Huetamo. 1953, año de la introducción de la energía eléctrica. Sus 400 años. El viejo mercado de Huetamo; ese cuadro, ahora central de autobuses, con Pillo Huevón en la entrada de arriba, frente a la farmacia de los Jaimes y, entrando, a la izquierda el puesto de comida de la mamá de Cecilio y enfrente los puestos de comida de mi tía María y, enfrente, abajito, el de Bertha y Teresa Juárez y atrás de éste, el puesto de tortillas a mano y al comal, de mi abuela y mi madre; sobre el ambiente del mercado el sonido de Don Ángel Hurtado, su esposa Doña Teófila y las voces de sus hijos Luis y Rafael, que en los intervalos de las canciones anunciaban las bondades de las telas que ofrecían a los paisanos, animaban lo festivo del lugar y del momento; por lo que haya sido, sábados y domingos, cambiaba los discos negros de 78 rpm y las agujas para escuchar las bravías, fuertes, cálidas, claras y hasta arrulladoras voces de Rosita Quintana, Pedro Infante, Jorge Negrete, el trío Tariácuri, Fernando Fernández, Lupita Palomera, María Luisa Landín, los Panchos, los Diamantes y demás artistas que formaban la discoteca de la familia Hurtado. ¡Ah! la regional comida del mercado: por las mañanas, el sabrosísimo menudo que preparaba una señora que tenía un bocio enorme, pero así de enorme era su sazón para ese incomparable menudo; las carnitas – y el chicharrón – de Doña María Galván – dicen que ahí, a un lado cantaba el trío Tariácuri -; los elotes y uchepos para la leche bronca, los tamales de dulce rellenos de ciruelas – o secas – envueltos en hojas de plátano -, los gorditas de cuajada, tostadas y toqueres y el sabrosísimo pan de las panaderías de mi pueblo, el infaltable, fragante y espumoso chocolate en leche y las chilaquiles rojos copeteadas de cebolla y queso espolvoreado y el café negro, caliente, negro y dulce, huevos al gusto, ciruela huingures en salsa de chile verde, mango con chile verde o guajillo, torreznos=tortas de papa, con jocoque, chiles rellenos de queso en salsa de jitomate o con jocoque, caldo de res, caldo de gallina, carne de puerco en chile verde, espinazo de puerco en chile guajillo, cecina asada, carne enchilada de puerco, patas de puerco capeadas en huevo, picadillo, bistec con papas, chile con queso, chile con huevo, chorizo frito – y en chile verde – aporreado, caldo oreado, en temporada, güilotas en chileajo, o en chile guajillo, frijoles, hígado encebollado, riñones en chile guajillo, bisteces en chile negro, etc., Y en los domingos el insuperable mole rojo y mole verde con tamales nejos y, por las tardes, atole de arroz y pasas endulzado con piloncillo, atole ce ciruela – o secas -; y por las noches, enchiladas, tacos y pozole rojo. Y a la izquierda, los poches, tinajas y las especialidades, güilotas vivas, iguanas vivas, etc. Bajando, saliendo del mercado, la cárcel y la esquina de Las Quince Letras; por las tardes, cuando la venta terminaba, el eterno regreso a la casa materna: o bien, pasando por atrás del templo y llegar la calle que sale-llega a la plaza Zaragoza – hoy el mercado –caminar a la derecha y pasar por la carpintería del maestro Carreño y de Cahuito Reyna, después, la casa de los Luviano, llegar a la esquina del zanjón y de la panadería de Don Evencio, Mencho, Tavera y la repostería de su esposa, Conchita Salinas, doblar a la izquierda y llegar a la esquina, casa de Don León López y su panadería y frente a esa esquina, Bartolomé de Las casas, ahí mero nací, a una cuadra de El Calvario y frente a la casa de Vicky Salinas, que hacía el mejor chocolate del pueblo, o por la otra ruta, la que cruza el atrio y llegaba a la plaza Zaragoza y llegaba a la esquina de los orfebres, doblar a la derecha y subir a la cruz de El Calvario y bajar caminando por esa calle donde vivían mi tío Alfonso, el Avión,

Martínez y sus hijos Rogaciano, Gregorio, Tomás, Lamberto…todos huaracheros de abolengo; cómo olvidar a Ventura y su esposa Joaquina y sus hijos– José, Juan, Eustorgia, que caso con Antonio, El Chante: trabajador como el que más y honesto y muy responsable y de feliz recuerdo –, pasar por donde torcían, en hoja de maíz, cigarros y llegar a la esquina para abrir la puerta, entrar, ver el jardín con las Delfas y Jazmines floreciendo.

La casa materna, de adobe, con la tinaja bajo la yuca para que refrescara el agua y el patio con el cueramo al centro, donde se refrescaban los burros y el Pisto, perro de la casa. A un lado, el fogón y los escasos trastes que formaban el ajuar de mi familia. Atrás de la casa, lecho seco de un riachuelo de época de lluvias, la casa de la señora que hacía las gorditas de cuajada, tostadas y toqueres y frente a la casa las 2 panaderías: la de Don León y Don Mencho… ¡Qué panes! Conchas, cariocas, jitomates, chilindrinas, roscas de azúcar y manteca, empanadas rellenas de azúcar y cubiertas con azúcar granulada, pecheras, alamares y las incomparables, para mí, teleras, que llenas de frijoles y chorizo o nata, eran lo mejor de lo mejor. ¡No he encontrado algo que la supere! Los anocheceres, alumbrados por los aparatos de petróleo, jugar al veli, al bote pateado; los sábados ir a la represa de Cutzio y tomar mangos y ciruelas de las huertas vecinas y ahí, en esa represa con los tíos, pescar con cuete o red, mojarras o agarrar peces en los huecos de la represa de El Pito; abrirles la panza y orearlos al sol y por las noches asarlos, junto con semillas saladas y enchiladas tostadas en comal, con fogatas de restos de hule de la huarachería de mis tíos y escuchar las narraciones de cuentos clásicos. Algunas veces acompañar a mi tío La Pinde, Tomás Martínez, al juego de pelota azteca y varias veces la parvada de guaches íbamos, montados en burro, entregar, a las rancherías, vecinas el pan y llevar el almuerzo a los tíos que trabajaban la tarecua y las secas parcelas, en las laderas de los cerros, hilera de elefantes, que como dioses tutelares, protegen al pueblo – ¡Cómo peleábamos por las tapaderas de tortilla caliente que cubría las bocas de las ollitas de barro que contenían la comida de los parientes! En la soledad y calor de la tarde, tenían un sabor incomparable. Esas tardes me llenaban de una sensación extraña.

Mis tíos, Rafael, Domingo y Antonino se fueron a trabajar como chalanes a Acapulco a sus obras de urbanización; vivimos cerca del cerro de El Veladero y del río Camarón. Día a día almorzábamos pescado frito – Lisa o Sierra – o chilaquiles rojos y café negro, endulzado con piloncillo y en ocasiones langostinos, que mis tíos agarraban en el río Camarón, y sobre el puerto flotaba el dulzón olor del coco tostado de la fábrica 123. Yo aprendí a nadar y a medio bucear en Acapulco y como estaba bien flaco mis tíos me daban a beber, con limón, sal y salsa Búfalo, huevos de tortuga y su sangre.

Gracias José Luis Gómez Navarro. Me diste, como a Fausto, Mefistófeles, el don de regresar a mi infancia, pero no tuve ni dinero, ni poder ni a Margrité. Sólo recuerdos. Parafraseando a Descartes, si recuerdo, existo y si existo, estoy vivo. Viví esos momentos del pasado, acompañado del requinto y la voz de Juan Mendoza, sus falsetes, sus huapangos y su sentimiento. Gracias, amigo.

Comparte la nota

Publica un comentario