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Cuando se heredan escombros

21 de diciembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Durante el año de 1982, el último del gobierno de José López Portillo, la economía mexicana se colapsó, y no recuperaría estabilidad y crecimiento hasta 1989. El auge petrolero de 1978 a1981    alimentó la ilusión de abundancia segura, y estimuló al gobierno a gastar como rico y adquirir préstamos sin medida. En ese breve período, el crecimiento económico fue notable (8% anual), pero la mayor parte de él se nutrió de los ingresos petroleros, las inversiones públicas y los créditos; el sector privado, aunque se benefició de la bonanza y de las divisas subsidiadas por el gobierno, fue más cauto y no invirtió gran cosa. Cuando, a mediados de 1981, los precios del petróleo se desplomaron y las tasas de interés se elevaron, México se encontró con menos dinero, muchas deudas (más de 90 mil millones de dólares), fuertes presiones inflacionarias y una inercia de gasto público que produjo un déficit fiscal de 16% del PIB, el más alto desde la Revolución. Pero López Portillo no reconoció que su apuesta al auge petrolero fue temeraria y equivocada; antes que rectificar, prefirió culpar a la banca internacional y local, a los “sacadólares” y a la mala suerte. Su última decisión política, muy “nacionalista”, terminó de hundir a la economía: decretó la estatización de la banca y desató una colosal fuga de capitales.

Ese fue el país que heredó el presidente Miguel de la Madrid. La tarea más urgente era estabilizar la economía, para lo cual se necesitaba un conjunto de medidas amargas e impopulares. Para reducir el déficit fiscal (la diferencia entre gastos e ingresos del gobierno) era ineludible disminuir el gasto público y aumentar los ingresos por medio de más impuestos (la tasa del IVA se aumentó a 15%) y alza de tarifas del sector público. Para frenar la inflación era necesario reducir el déficit fiscal, recortar la masa monetaria circulante y limitar severamente los incrementos salariales. Para repatriar capitales fugados y atraer inversiones extranjeras había que dar garantías a la propiedad y ofrecer una macroeconomía con un mínimo de orden. Para atenuar la dependencia de los ingresos petroleros, había que estimular otras exportaciones, lo que obligaba a mantener un tipo de cambio competitivo, lo cual equivale a devaluar el peso. A nadie le gustan esas medidas, pero no había alternativa.

El presidente Miguel de la Madrid asumió esa terrible realidad e hizo lo que pudo. Como la medicina prescrita era muy amarga, se ganó el rechazo popular. Para colmo, en su sexenio ocurrieron dos calamidades: el terremoto de septiembre de 1985 (que mató a miles de personas y destruyó muchos hospitales y escuelas de la ciudad de México) y el crack bursátil internacional de 1987, que echó atrás algunos de los pasos dados para la recuperación. Fue hasta 1988, el último año de ese gobierno, que se lograron avances firmes para la estabilización económica. En resumen, De la Madrid heredó un país en bancarrota, aplicó un ajuste duro e impopular, recibió rechiflas, al final logró poner orden, y el sucesor, Carlos Salinas, recibió una economía con posibilidades de crecimiento.

El pasado 6 de diciembre, en las elecciones legislativas de Venezuela, los ciudadanos propinaron al gobierno chavista una severa derrota, causada principalmente por el caos en que se halla sumida la economía. Venezuela registra hoy la inflación más alta del mundo, una caída neta del producto del 8% anual, un déficit fiscal superior al 20% y la peor escasez de productos básicos y secundarios de su historia; además, la segunda tasa de homicidios más alta del mundo, sólo superada por Honduras. De 1999 a 2015, los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro hicieron todo lo necesario para destrozar la economía. Gozaron durante 11 años de precios petroleros muy elevados, pero despilfarraron los ingresos extraordinarios en clientelismo político, gasto social desmesurado, armamento, corrupción, exportaciones petroleras casi regaladas a sus aliados (Cuba, Nicaragua, entre otros), estatizaciones sin ton ni son, y una política hostil hacia la empresa privada que paraliza la producción y ahuyenta las inversiones. Comparado con Chávez, el presidente mexicano López Portillo sería visto como un estadista responsable y un administrador eficiente.

La nueva mayoría de la Asamblea Nacional de Venezuela, una constelación heterogénea agrupada en la Mesa de Unidad Democrática, tiene ante sí una tarea imposible: poner orden en la economía, pero teniendo en el Ejecutivo al causante del desastre. Lo que la gente exige –y por lo cual votó por la oposición-  es que en los almacenes se consiga leche, carne, aceite o papel higiénico, y que los precios dejen de subir cada día; pero nada de eso podrá dar la oposición desde el Poder Legislativo. Antes bien, lo más probable es que las cosas empeoren, y Maduro culpará a la oposición. Si ésta, como medida extrema, logra destituir al presidente y convocar a nuevas elecciones, el gobierno que resulte recibirá una economía en ruinas y una sociedad desesperada. Tendrá que reconstruir sobre los escombros.

En Argentina también se produjo un viraje electoral. El opositor de centro-derecha Mauricio Macri puso fin a doce años de peronismo y enfrenta ahora una crisis económica que no podrá eludirse por más tiempo. Argentina se benefició durante 10 años de una gran demanda china y precios elevados de las materias primas, y el gobierno de Cristina Fernández destinó muchos recursos al gasto social y a algunas nacionalizaciones; al mismo tiempo, hizo poco por atraer nuevas inversiones. Pero ese ciclo de crecimiento se acabó, y el país enfrenta déficit fiscal, presiones inflacionarias y una deuda preocupante. La situación de Argentina no es comparable con el desastre venezolano, pero de todos modos requiere con urgencia un ajuste que a muy pocos les gustará. El gobierno de Macri tendrá que adoptar medidas de austeridad, como disminuir el gasto público y liberalizar el tipo de cambio, y seguramente provocará descontento de los sectores afectados. La oposición peronista, con mayoría en el Congreso, le pondrá muchos obstáculos y lo culpará de la crisis. Si tiene éxito, Macri logrará sanear la economía casi al final de su período de cuatro años, pero seguramente recibirá baja aprobación popular por la medicina amarga que habrá administrado.

Ése es el destino de los gobiernos que heredan escombros. Si hacen lo necesario para corregir la crisis, serán duramente criticados. Si no lo hacen, las cosas se pondrán peor.

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