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De la indignación al delirio

3 de noviembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por:  Jaime Rivera

A cinco días de la elección presidencial de los Estados Unidos, persiste el riesgo de que Donald Trump resulte triunfador. Parece una locura  -y lo es en varios sentidos-, pero la posibilidad es real. Un personaje atrabiliario y grotesco, más cercano al teatro burlesque que a la política, podría convertirse en el político más poderoso del planeta.

                ¿Riesgos propios de la democracia? Sí, porque a fin de cuentas son los votos libres de millones de ciudadanos los que decidirán la suerte de esta elección norteamericana. Pero hay algo más profundo y extenso en el mundo de hoy que ha puesto a un payaso peligroso en el umbral de la Casa Blanca. Trump ha seducido a millones de norteamericanos porque sabe explotar sus sentimientos, sus rencores y sus miedos. En Estados Unidos, como en muchos países del mundo de nuestros días, abundan los indignados. Y así como la indignación puede mover las conciencias hacia acciones libertadoras, a veces las lleva al delirio, al odio y a la destrucción.

                Por lo menos desde 2008, los indignados del mundo se han multiplicado. La crisis financiera mundial que estalló ese año y de la que aún no terminamos de salir, rompió el confort y las expectativas optimistas de millones de norteamericanos y europeos; también se frustraron oportunidades de prosperidad de latinoamericanos y de varias potencias emergentes. La frustración suele ser mala consejera. Los defraudados por la burbuja inmobiliaria, los desempleados y los que sufren por los consecuentes recortes presupuestales se indignaron y buscaron a quién culpar de su infortunio. Muchos apuntaron el índice y el puño hacia los grandes especuladores (lo cual  fue cierto en gran medida), a los capitales trasnacionales, a los gobiernos “neoliberales”, al comercio libre y a la globalización en general; otros han hallado al enemigo en los extranjeros, los inmigrantes, “los otros” que amenazan a la pureza de la Nación; otros tantos atribuyen todos los males a “los políticos” y entregan su esperanza a caudillos demagogos; los más simplistas y delirantes acusan a oscuros intereses que conspiran y manipulan en secreto al mundo.

                El sorprendente ascenso de Donald Trump es resultado de la frustración, la indignación y la incertidumbre que ha dejado la crisis económica de 2008; también del miedo exacerbado por

las amenazas terroristas. Adicionalmente, la victoria electoral de Barack Obama, también en 2008, indignó a millones de norteamericanos racistas  -abiertos o de closet-  e hizo aflorar odios y prejuicios que medio siglo de luchas y reformas por los derechos civiles habían logrado contener. El racismo y otras formas de intolerancia pueden ser controlados y reprimidos por las leyes y la corrección política, pero en todos los pueblos subyacen como instintos primitivos que pueden manifestarse como reacción a una crisis.

                Los años posteriores a la crisis financiera de 2008 guardan algunas semejanzas con los años que siguieron a la Gran Depresión de 1929. No solamente por los costos económicos y sociales que trajo consigo, sino porque la recesión cimbró a muchos gobiernos e hizo dudar a millones de personas de las bondades de las instituciones liberales y democráticas. Los estragos institucionales y morales de 1929 fueron mayores en Europa, porque ésta apenas se iba levantando del cataclismo de la Primera Guerra Mundial, que derrumbó el optimismo y los valores del siglo XIX. Los delirios nacionalistas que condujeron a esa guerra absurda se potenciaron en la posguerra y llevaron al poder a Mussolini y poco después a Hitler. Estos caudillos demagogos explotaban el miedo de las masas y lo traducían en deseos de venganza; invocaban un pasado glorioso (el Imperio Romano o el Reich teutón) para rechazar absolutamente el presente (la naciente democracia). Nada merecía respeto, porque todo estaba podrido, decían. Desde la óptica fascista, los liberales, los socialistas, los judíos formaban una amasijo de traidores que socavaban a la Nación; la democracia era una fachada de la dominación secreta de los enemigos de la Patria, una especie de mafia o cofradía del mal. Y así, con el aplauso o el miedo del pueblo, los nazi-fascistas derrumbaron la democracia, sepultaron la libertad y arrojaron a medio mundo a una nueva guerra, la peor de la historia.

                En nuestros días, no son pocos los que reniegan de las instituciones y los valores que han prevalecido en el mundo occidental durante varias décadas. Desprecian a la democracia porque descreen de los partidos y de los políticos profesionales, y ponen su esperanza en caudillos supuestamente ajenos a la clase política: el militar rebelde, el negociante exitoso o el predicador moralista. Los contrapesos constitucionales, como el parlamento y el poder judicial, son vistos como estorbos a la acción redentora del caudillo. El comercio libre y las comunicaciones globales  -que han producido la mayor riqueza que ha conocido la humanidad, aunque con graves desigualdades-  son denunciados como destructores del bienestar social y de las identidades culturales. Ante las dificultades presentes y la incertidumbre sobre el futuro, tratan de revivir un pasado idealizado.

                Según los indicios del momento, lo más probable es que Hillary Clinton finalmente gane la elección presidencial. Si así sucede, Estados Unidos y el mundo se habrán salvado de un salto atrás que podría arruinar la economía y envenenar las relaciones sociales e internacionales. Pero las condiciones que hicieron posible el fenómeno Trump no han desaparecido. La economía mundial sigue en dificultades, los costos sociales son altos y el terrorismo sigue haciendo de las suyas. La  frustración, la indignación y el miedo siguen incubando a caudillos que, con su discurso simplón, cínico o moralista, pueden arrastrar a las masas al delirio y la autodestrucción.

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