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Dictaduras dinásticas

8 de septiembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Jaime Rivera
La forma más arcaica de sucesión en el poder político ha sido la herencia biológica. Eso tiene una explicación natural: si en los orígenes de los grupos humanos el factor determinante del poder y el  liderazgo era la fuerza física, y ésta suele ser hereditaria, era lógico que el sucesor de un jefe fuera su hijo u otro familiar muy cercano. Ese criterio de selección biológica lo han usado los humanos, durante milenios, también con los animales y plantas de los que se alimentan: de las crías y semillas seleccionan las que parecen tener las mejores características para asegurar su reproducción. Después, a medida que las sociedades diversificaron su estructura con división del trabajo y construcciones sociales simbólicas como el tótem o la religión, la fuerza física compartió poder con los depositarios de atributos mágicos o divinos: el brujo o el sacerdote. La regla de sucesión hereditaria de los jefes se conservó por mucha generaciones hasta convertirse en tradición sagrada, aunque la genética a veces hacía malas jugadas: el sucesor por derecho de sangre podía carecer de las cualidades físicas e intelectuales de su padre y su dominio resultaba un fiasco. Pero la tradición pesa más que la razón, y la aristocracia -casta privilegiada por herencia- sustituyó a la casta guerrera. Nacieron así mitos como el derecho divino de los reyes, la nobleza y la sangre azul, y de ellos nacieron los derechos dinásticos como fuente de legitimidad.

Después de muchos siglos, la evolución de las sociedades humanas y sus formas de gobierno fue sustituyendo los derechos dinásticos por otras fuentes de legitimidad, como la voluntad del pueblo y las leyes republicanas. El principio fundador de los sistemas de gobierno limitado y más tarde democráticos, es que todos tienen los mismos derechos, y que llegar a gobernar no depende de la genética. Durante el siglo XX, la democracia ganó terreno en buena parte del mundo y después de 1989 se convirtió en una aspiración casi universal. Es cierto que todavía hay muchos países con regímenes no democráticos; pero ya son muy pocos los que han transferido el poder por “derechos de sangre”. Hasta las peores dictaduras tratan de justificarse con otras fuentes de legitimidad, como una revolución, las cualidades extraordinarias del líder o la voluntad del pueblo sabiamente interpretada por el dictador. En todo caso, en la mayoría de los casos las dictaduras unipersonales subsisten sólo mientras el tirano vive.

El siglo XX vivió y padeció muchas dictaduras de tipo dinástico. En América Latina las más conocidas fueron, en Nicaragua, la de Anastasio Somoza, que heredó el poder a su hijo Luis y éste a su hermano “Tachito”, y en Haití, Francois Duvalier y su hijo Jean Claude, que martirizaron a su país por casi 30 años. En el mundo árabe, la familia Saudí ha retenido el poder ininterrumpidamente desde 1932 hasta la fecha, bajo la forma de una monarquía absoluta y teocrática cuasi medieval; cerca de ahí, en Siria, Hafez Al-Assad, del Partido Baas Árabe Socialista, dio un golpe de estado en 1970 y conservó el poder hasta su muerte, en el años 2000, después de asegurar la sucesión a favor de su hijo Bashar Al-Assad, quien todavía mal gobierna a su país en medio de un baño de sangre. En Asia, por más de dos siglos pervivió en Nepal una monarquía absoluta hereditaria, hasta que fue derrocada en 2008; hay otras monarquías asiáticas, como la de Japón, pero desde el fin de la Segunda Guerra se trata de una monarquía parlamentaria democrática, en la que el emperador es sólo un símbolo de unidad y tradición.

En la segunda década del siglo XXI subsisten en el mundo unas cuantas dinastías que gobiernan todavía con métodos autocráticos. Tres de ellas son abiertamente monarquías absolutas musulmanas -Arabia Saudita, Brunei y Omán-, que se justifican a sí mismas como guardianas de la pureza de la fe islámica. Otras dos dinastías son oficialmente repúblicas socialistas: Corea del Norte y Cuba. El país del extremo oriente desde 1948 sólo ha conocido a tres gobernantes: Kim Il-sung, su hijo Kim Jong-il y el hijo de éste, Kim Jong-un. Los tres han sido tiranos absolutos que mantienen a su pueblo con penurias y encerrados en algo que parece un gigantesco campo de concentración; los tres han sido sanguinarios, pero el hijo fue más frívolo que su padre y el nieto es todavía más frívolo y caprichoso que su antecesor. Y esa dinastía se justifica a sí misma como guardiana de la fe socialista y una curiosa doctrina a la que llaman Idea Suche, que significa, en pocas palabras, que Corea ha construido su propia muralla ideológica y no  admite ninguna influencia del mundo exterior. Cuba cuenta hoy con la segunda dictadura no monárquica más prolongada del mundo, sólo superada en longevidad por Corea del Norte. Fidel Castro llegó al poder en enero de 1959, encabezando una revolución que prometía restablecer la democracia y convocar a elecciones libres. Éstas nunca llegaron, y más bien se impuso un régimen de partido único y una dictadura unipersonal que duró hasta que la vejez venció a Fidel; éste, en 2006, decidió ceder el trono a su “joven” hermano, Raúl Castro (que ya tiene 85 años), para que nada cambiara. Los derechos de sangre imperan, aunque sea para salvaguardar la pureza del régimen “socialista”, en el que todos son iguales, pero unos más iguales que otros (precisamente aquellos que llevan en su sangre el gen de la revolución).

Las dinastías autocráticas son en nuestro tiempo un resabio primitivo difícil de entender. Lo curioso es que todavía haya quienes, aun viviendo en democracia, justifican y aplauden esos arcaísmos políticos (quizás porque no los sufren ellos mismos).

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