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La izquierda que hace falta

11 de febrero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

En memoria de Adolfo Sánchez Rebolledo,

socialista tenaz y amigo inolvidable.

 

Desde hace varias décadas, pero especialmente desde el repentino derrumbe de la Unión Soviética y su imperio en Europa del Este, la dicotomía de derecha-izquierda fue perdiendo sentido como marco de clasificación de las ideologías y prácticas políticas. Y sin embargo, como lo argumentó Norberto Bobbio en una de sus últimas obras (Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política), la diferencia sustancial entre la derecha y la izquierda es la concepción y la actitud ante la igualdad y la desigualdad: para la derecha, las desigualdades sociales son inevitables y, para ciertos efectos, hasta deseables, mientras que para la izquierda, la desigualdad debe combatirse no sólo por razones de justicia, sino como condición para mantener la cohesión social y la libertad.

La doctrina de izquierda más estructurada e influyente de la sociedad industrial, el marxismo, tuvo en sus orígenes una concepción desdeñosa de las libertades individuales y de la democracia, al suponer que si se abolían la propiedad privada y la explotación capitalista todos los bienes (riqueza material y libertad) vendrían por añadidura. Ese supuesto ideológico, entre ingenuo y autoritario, se acentuó y luego se llevó a extremos trágicos cuando un fracción marxista radical, los bolcheviques rusos, se hicieron del poder y establecieron la llamada “dictadura del proletariado” con los métodos más brutales conocidos hasta entonces. A raíz de la Revolución Rusa, la izquierda marxista internacional quedó dividida en dos tendencias cada vez más opuestas: la comunista, inspirada y dirigida por el régimen de Moscú, y la socialista o socialdemócrata, que gradualmente abrazó la causa de la democracia y, cuando ganó el poder por esa vía en varios países de Europa, conservó y amplió las libertades, reformó el capitalismo y logró la mayor igualdad de oportunidades que ha conocido la humanidad.

Muchos de los avances en bienestar, igualdad de derechos e igualdad de oportunidades que registró Europa durante la segunda mitad del siglo XX se deben en gran medida a la influencia y los gobiernos de la socialdemocracia. Otro tanto se debieron al temor que despertaba una posible revolución que condujera a regímenes comunistas de tipo soviético. Mientras tanto, el modelo comunista se reprodujo en China, Corea del Norte, Cuba y algunos otros países asiáticos y africanos, con resultados más que frustrantes: con la gran promesa de justicia social y abundancia futura, se implantaron dictaduras totalitarias que hicieron de la vida personal un infierno, y causaron un atraso económico y tecnológico de varias décadas. El fracaso histórico del comunismo se haría evidente hasta para los más ciegos de sus seguidores en 1989, cuando casi todos los regímenes de esa tendencia se deshicieron como castillos de arena con la primera oleada democrática que los invadió.

En el último cuarto del siglo XX también la socialdemocracia entró en una crisis que la obligó a renovarse. El Estado benefactor e intervencionista demostró sus limitaciones, tanto en términos fiscales como de productividad. Varios gobiernos socialdemócratas fueron desplazados por los conservadores o neoliberales; el mercado libre y la propiedad privada tuvieron un nuevo impulso, en muchos países con resultados eficaces en términos de crecimiento económico, pero con lamentables saldos de desigualdad social. Con el tiempo, los socialdemócratas se hicieron más liberales, más amigos del mercado, y los conservadores respetaron las conquistas básicas del Estado de bienestar (donde éste existía). Mal que bien, el capitalismo reformado ha seguido funcionando, y los Estados democráticos tienen consensos básicos que casi nadie cuestiona: ni los partidos de izquierda quieren acabar con la propiedad privada o el mercado, ni los de derecha pretenden suprimir las garantías sociales más arraigadas.

También en los países en vías de desarrollo, como México, la distinción entre derecha e izquierda se tornó difusa. Puede decirse que en México la confusión es aún mayor,  habida cuenta de la prolongada hegemonía de un partido con amplia base obrera y campesina, reformista, y a la vez autoritario y conservador. Como casi nadie podía ubicar al PRI ni en la izquierda ni en la derecha, los demás partidos siempre tuvieron dificultad para ubicarse a sí mismos. Muy pocos de quienes se dicen de izquierda reivindican hoy las viejas banderas de Marx. Y el partido conservador por excelencia, el PAN, continuó y fortaleció desde el gobierno uno de los programas sociales más exitosos en el mundo (Progresa-Oportunidades).

¿Qué le queda entonces a la izquierda mexicana? En mi opinión, le queda mucho por hacer, esencialmente combatir la desigualdad, pero sin causar más pobreza. Sin embargo, las izquierdas mexicanas no han podido hasta ahora formular una doctrina y un programa acordes con los problemas y oportunidades del siglo XXI. No terminan de abandonar el estatismo, y por eso defienden monopolios estatales ineficientes, onerosos e injustos. Siguen abogando por privilegios de la burocracia y sus sindicatos, aunque éstos consuman mucho del gasto público que debería destinarse a atender las necesidades de los más pobres, a la salud, a la infraestructura y a la innovación tecnológica. No se atreven a promover impuestos más altos (con la excepción de la reforma fiscal de 2013, que el PRD apoyó), aun cuando éstos son indispensables para solventar un sistema de seguridad social universal. No aceptan del todo al mercado como mecanismo de asignación de recursos y se resisten al comercio exterior libre. Continúan apegadas al viejo nacionalismo cultivado por el PRI, y se dejan seducir por particularismos étnicos que niegan en la práctica derechos universales y principios de igualdad.

México necesita una izquierda fuerte y moderna, no atada ideológicamente al pasado; una izquierda democrática en su interior, sin caudillismos ni burocracia corrompida; una izquierda comprometida con la ampliación de los derechos individuales y sociales universales; una izquierda que entienda que la única manera eficaz de acabar con la pobreza es con crecimiento económico, y que éste se logra con libertad, apertura y competencia garantizada; en fin, una izquierda que se fije como objetivo central la igualdad de oportunidades, no la igualdad de resultados.

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