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Los motivos del islamismo radical

26 de noviembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Los atentados del 13 de diciembre en París no deberían sorprender mucho, porque tienen varios precedentes tanto o más horrendos que esos hechos. El llamado Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, por sus siglas en inglés, o Daesh, acrónimo en árabe), desde su aparición hace poco menos de un año ha cometido muchas matanzas y dado espectáculos macabros de decapitación de civiles desarmados que tomó como rehenes. Inclusive, el 12 de noviembre, esa organización asesinó a 41 personas por medio de una bomba en el Líbano, y días antes hizo estallar bombas en un avión ruso con 200 pasajeros, sobre el Sinaí, Egipto.

Tales ataques no son, como algunos creen, sólo una reacción del islamismo radical a los bombardeos que Rusia, Estados Unidos, Francia y otras potencias han llevado a cabo contra posiciones del ISIS en Siria e Irak.  Tampoco los ataques islamistas se deben a acciones militares anteriores de tales potencias en zonas musulmanas (de la Unión Soviética en Afganistán en la década de 1980, de Estados Unidos y Gran Bretaña en Afganistán e Irak en este siglo, entre otras);  tampoco tienen que ver, salvo muy indirectamente, con la política colonialista europea de los siglos XIX y XX en Medio Oriente y África. Esos hechos históricos no son la causa ni el móvil de la “guerra santa” que los yihadistas  han emprendido contra Europa, Estados Unidos y varios países africanos o asiáticos, aunque el rechazo al colonialismo y el intervencionismo formen parte de la doctrina de auto-justificación de esos movimientos. La causa de los ataques islamistas es más profunda e intemporal, y por ello mismo, mucho más difícil de superar.

El extremismo islámico de hoy se inspira en una doctrina fundamentalista que consiste en un pretendido retorno a los orígenes del Islam de los siglos VII a XI, para recuperar la grandeza que supuestamente tuvieron los árabes gracias a su nueva religión.  Según ese credo, los pueblos musulmanes deben regirse por la “Sharía”, ley islámica, en la vida privada y pública, derivada directamente del Corán; deben ser gobernados por un califa, monarca que reúne la autoridad civil y religiosa; el califa debe cuidar que todos los musulmanes (que en  árabe significa “sumisos”) cumplan diariamente con las oraciones, el lavado de pies y manos y otros rituales; los delitos se deben castigar con la muerte o mutilaciones, según lo ordenó el Corán hace más de mil años; las mujeres deben cubrirse el cabello, los brazos, las piernas y, en algunos países, también el rostro, además de tener prohibido caminar por la calle sin la compañía de su esposo, padre o hermano; por supuesto, la mayoría de las mujeres no pueden manejar un auto, y en algunos pueblos muy tradicionalistas les está vedado acudir a la escuela o trabajar fuera de su casa; en los pueblos regidos por el Islam está estrictamente prohibido beber alcohol y consumir otras drogas; la homosexualidad (aunque se practica como en todas partes) está penada con azotes y hasta con la muerte; en algunos pueblos musulmanes se sigue practicando la mutilación del clítoris de las niñas, para evitarles de grandes el pecado del placer sexual.

Quizá algunos piensen  que esas reglas responden a la religión y las costumbres de unos pueblos y que deben respetarse. En lo personal, no comparto ese relativismo cultural y de valores, que declara igualmente válidos y respetables todas las creencias y prácticas sociales. Aunque respeto la diversidad cultural de los pueblos, al mismo tiempo creo en valores universales como la libertad, la igualdad de derechos y la tolerancia, entre otros. Pero ése no es el problema. Los islamistas radicales no sólo quieren conservar entre los pueblos musulmanes su religión, su ley y sus costumbres; también quieren imponer su califato en todas las tierras musulmanas y expandir su religión a todo el mundo mediante la  “guerra santa”, como intentaron hacerlo hace más de mil años. Para los extremistas del Islam, todos los pueblos que no aceptan someterse al Islam (que también significa “sumisión”) son infieles y se les debe combatir, o por lo menos, darles a elegir entre convertirse en musulmanes o aceptar una coexistencia con menos derechos que los fieles al Islam.

Es cierto que guerras y persecuciones religiosas se han cometido durante siglos por muchas religiones, la cristiana entre ellas. Pero en Europa y en sus zonas de influencia cultural (principalmente América) hubo un Renacimiento y una Ilustración, que proclamaron la autonomía del individuo, la libertad de pensamiento y de creencias, la tolerancia y, más tarde, los derechos humanos y la separación de la Iglesia y el Estado. La secularización del mundo occidental, iniciada en el siglo XV y coronada con las revoluciones inglesa (1688) y francesa (1789), dio a Europa libertad y un impulso imparable a la ciencia, el progreso técnico y la creación de riqueza como ninguna otra sociedad había experimentado en toda la historia. En la mayoría de los pueblos musulmanes no hubo el equivalente al Renacimiento ni a la Ilustración, de tal manera que, mientras Europa se transformaba continuamente, los pueblos árabes y hasta el Imperio Turco-Otomano  -la potencia dominante del Islam desde l siglo XIV-  se quedaron anclados en su propia Edad Media.

La mayoría de los musulmanes en el mundo (más de 1200 millones) viven en paz su religión y sus costumbres, y coexisten sin problemas mayores con otras religiones y con la vida moderna. Pero hay minorías fundamentalistas que no aceptan el mundo como es; no toleran que haya “infieles” que niegan la “religión verdadera” y menos aún que tengan costumbres tan ofensivas a su Dios como no orar como lo ordena el Corán y permitir que las mujeres vistan, transiten y trabajen como quieran. Los valores y las prácticas occidentales son, para los extremistas islámicos, una ofensa diaria para su fe, y por eso están dispuestos a combatir, a matar sin miramientos y a inmolarse en nombre de su dios. El odio del islamismo radical al Occidente no depende de lo que los occidentales hagan o dejen de hacer, sino de lo que son. Y los fanáticos de la Yihad no descansarán hasta destruir al mundo occidental que los ofende con su sola existencia, mientas tengan medios para hacerlo.

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