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Los nuevos enemigos del Occidente

16 de febrero, 2017

Paola Franco/La Voz de Michoacán

Jaime Rivera

Durante la segunda mitad del año 1989, el mundo del siglo XX cambió radicalmente. Los regímenes comunistas de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y Alemania oriental se derrumbaron como castillos de arena, con tanta facilidad como el Muro de Berlín; pronto seguirían el mismo destino Yugoslavia, Bulgaria, Albania, Mongolia y la propia Unión Soviética, que en cuestión de unos meses perdió la mayor parte de su imperio, y su Partido Comunista fue echado del poder. La Guerra Fría había terminado, no por una conflagración mundial como se temía, sino por la agonía de un sistema económico y político carcomido lentamente por dentro. Si la revolución bolchevique de 1917 irrumpió en la historia como una explosión de utopía, entre 1989 y 1991 ese gran experimento de ingeniería social se extinguió con un débil gemido. Para ese entonces, China ya había emprendido su camino de capitalismo de Estado bajo el dominio del Partido Comunista; Vietnam hizo otro tanto, en pequeña escala. Del modelo soviético solamente sobrevivieron dos islotes amurallados, Cuba y Corea del Norte, que aún se aferran a un régimen totalitario tan estéril como envejecido.

El fin del sistema comunista y de la Guerra Fría significaron un triunfo enorme de la democracia y el capitalismo. Como referentes mundiales, no parecían tener rival a la vista. El sociólogo conservador norteamericano Francis Fukuyama se apresuró a declarar el “fin de la historia”, en el sentido de que no habría más intentos serios de probar alternativas a esos modelos. Las transiciones a la democracia, la apertura comercial y la revolución cibernética conducían inexorablemente a un mundo globalizado, de fronteras casi invisibles y sin riesgos de guerras en gran escala. No era una gran utopía la que se adueñaba del mundo, sino algo más modesto y tangible: propiedad privada, economía de mercado, elecciones libres y una vida de consumo abundante (aunque muy desigual) como nunca antes se había siquiera soñado.

Pero la placidez y la ilusión duraron poco. El fundamentalismo islámico ya se había empoderado en Irán, y se convirtió en fuente de inspiración y financiamiento para islamistas radicales; en el tradicionalismo wahabí de Arabia Saudita se incubaron algunos de los militantes más extremistas de la Yihad, como Osama Bin Laden; de Egipto, Argelia, Yemen, Siria y otras naciones musulmanas habían partido miles de voluntarios islámicos a combatir en Afganistán contra la ocupación soviética; cuando ésta terminó (en 1989), esos miles de yihadistas ya poseían una experiencia combatiente y una causa común que esparcieron por sus países y llevaron hasta el corazón de Europa. El mundo occidental se enfrentaría en adelante a un enemigo casi imposible de entender y por lo tanto de predecir; un enemigo escurridizo y ubicuo, que se manifestaría intermitentemente por medio de carros-bomba frente a embajadas en África, con explosivos en el metro de París o Londres, hasta coronar su “guerra de guerrillas posmodernas” con los avionazos del 11 de septiembre de 2001. El terrorismo de inspiración religiosa había llegado para quedarse y se extendía como la hiedra por todos los rincones del mundo. Una nueva versión de la Guerra Santa mahometana se declaraba a todo el mundo occidental, ya no por lo que hiciera o hubiese hecho en el pasado tal o cual gobierno, sino por lo que las sociedades occidentales son en sí mismas: con su mundo tecnificado y su consumo, su pluralismo religioso, su laicismo, sus libertades individuales, su democracia y la intolerable (para los islamistas) libertad de las mujeres.

Para las naciones y los gobiernos occidentales, el desafío del terrorismo yihadista ha sido aún más difícil de manejar que la “guerra de posiciones” contra el antiguo bloque soviético, porque frente a éste había estrategias disuasivas que emplear con eficacia: las armas atómicas, con todo el horror potencial que conllevan, fueron eficaces para mantener la paz, por la simple lógica de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD, por sus siglas en inglés). Ni los Estados Unidos ni la Unión Soviética, ni siquiera China en tiempos de Mao, estaban dispuestos a suicidarse como naciones, y por lo tanto construyeron enormes arsenales con la firme decisión de no usarlos. Tenían mucho que proteger con la paz y nada que ganar con la guerra. El terrorismo islámico opera con otra lógica. Los yihadistas no están dispuestos a coexistir pacíficamente con el Occidente cristiano (ni laico), porque sus creencias religiosas les compelen a combatirlo hasta su destrucción. El sistema policial y el poderío militar de las potencias de Occidente no los disuade, porque abundan los terroristas suicidas que con su martirio en nombre de Dios se ganan el paraíso (“Alá es grande”). Los ataques del 11 de septiembre eran muy difíciles de prevenir porque los ejecutaron terroristas suicidas. Para el islamismo extremo, no hay armas que disuadan ni pacto de coexistencia pacífica aceptable. El sanguinario Estado Islámico es la expresión más organizada y elocuente de lo que significa la Yihad.

Pero hay otro enemigo grande del Occidente; un enemigo nacido y criado en las propias entrañas occidentales y que amenaza a algunos valores fundamentales e instituciones características de la civilización occidental contemporánea. Se trata del neofascismo, que en Europa como en América se expresa como un nacionalismo exacerbado, y un método populista de convocar y persuadir al pueblo. Los neofascistas o populistas de hoy, como los de ayer, explotan el miedo, el resentimiento y el odio a “los otros”. Más que exponer argumentos y razones, profieren gritos de alarma y promesas de salvación por la fuerza del líder. No respetan las leyes ni las instituciones que limitan el poder político; proclaman la superioridad moral del líder y su derecho a ejercer el poder “por mandato del pueblo”. El parlamento y los jueces pueden ser un estorbo; es mejor (para los populistas) la comunicación directa y emotiva del líder en la plaza pública (y ahora, por twitter). Los fascistas de ayer y hoy sólo ven al Pueblo y sus enemigos; no hay pluralidad legítima; los que no están “con el Pueblo”, son traidores o mercenarios. El Pueblo es uno solo y el Líder sabe mejor que nadie lo que el pueblo necesita y quiere.

Ese es otro enemigo de la democracia, de la libertad y de los valores de tolerancia y respeto que han hecho de la civilización occidental, con todos sus defectos y excesos condenables, un espacio más habitable y digno para todos. Eso es lo que Trump y otros émulos del populismo amenazan y podrían destruir.

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