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¿Qué hacer con las escuelas normales?

29 de septiembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Jaime Rivera

Desde hace mucho tiempo ha quedado claro que las escuelas normales rurales (por lo menos las de Michoacán, Guerrero y Oaxaca) no sirven para lo que fueron creadas. No sólo porque son fuente de conflictos sin fin, acompañados de vandalismo y violencia, sino por algo más simple y esencial: no forman educadores capaces de educar a niños y jóvenes.

En su origen, las escuelas normales rurales estaban llamadas a cumplir una tarea indispensable para la modernización de México: alfabetizar y llevar la educación elemental a la población rural, que hasta la década de 1950 constituía más de la mitad de la población nacional. Para ser profesor de escuela en centros de población minúsculos, lejanos y carentes de los servicios urbanos básicos, ¿qué mejor que reclutar a jóvenes también de origen rural, que conocieran y comprendieran la vida en esas comunidades hasta entonces excluidas del progreso? Con ese supuesto se crearon escuelas que proporcionarían a jóvenes la instrucción elemental para que a su vez, con un mínimo de herramientas pedagógicas, impartieran la educación primaria a niños y jóvenes de poblados rurales. Entre 1940 y 1970, el gran salto educativo de México consistió en reducir el analfabetismo de 60% a 20% de la población mayor de 15 años, y en elevar el promedio de escolaridad hasta cuarto año de primaria. A ese logro de desarrollo contribuyeron las escuelas normales, tanto las urbanas como las rurales.

Evidentemente, esa situación ha cambiado mucho. En la actualidad, la tasa nacional de analfabetismo ha disminuido a menos del 6 por ciento, y la mayor parte de la población analfabeta se concentra en unas cuantas regiones del país; hoy, el promedio de escolaridad de los mexicanos asciende a tercer grado de secundaria; tres cuartas partes de la población vive en ciudades pequeñas y grandes, lo que implica que la mayor parte de ésta –sobre todo los niños y jóvenes-  tiene acceso a servicios urbanos y medios de comunicación modernos. Ya no le basta saber leer y escribir; para estar en condiciones de emplearse como asalariados o mejorar sus productos y comercializarlos, la gente requiere dominar un nivel de comprensión de lectura, habilidades de cálculo y manejo de herramientas tecnológicas (como mínimo, el teléfono móvil) que muy poco tiene que ver con la instrucción que recibieron los niños del siglo pasado.

¿Cuál es la formación que realmente reciben los alumnos de las escuelas normales rurales? Casi nadie lo sabe a ciencia cierta, porque se han convertido en cotos cerrados, donde las autoridades educativas superiores (la SEP y las dependencias estatales del ramo) tienen una intervención muy limitada en cuanto a los contenidos y métodos de enseñanza. Las escuelas normales rurales son organizaciones autárquicas y opacas, en las que el gobierno rige poco, aunque pague mucho. ¿Qué les enseñan a los futuros profesores? Mucho marxismo-leninismo-guevarismo en su versión más adocenada; algo de historia sesgada ideológicamente; mucho odio al capitalismo y al “Estado burgués”; casi nada de respeto a las leyes ni a la propiedad ajena; muy poco de matemáticas,  español y ciencias naturales; de computación e inglés, ni hablar. Y aun suponiendo que los contenidos que se imparten tuvieran valor académico, en la práctica son tan escasos los días laborables en esas escuelas que los alumnos aprenden poco y mal. El activismo está primero que la academia; la calle prevalece sobre el aula; las obligaciones de movilización  (porque éstas no son voluntarias) relegan a los deberes escolares.

¿Qué hacer, entonces, con las escuelas normales rurales? El sentido común aconsejaría cerrarlas, dado que no cumplen ninguna función educativa útil a la sociedad y sí causan muchos conflictos. Pero el sentido común no es suficiente; son necesarios la responsabilidad social y el realismo político. Para resolver el problema que representan las normales rurales se requieren tres cosas: un claro compromiso con la educación, generosidad social y firmeza política.

Desde el punto de vista educativo la conclusión es clara: las escuelas normales  -esa creación de mediados del siglo pasado-  son completamente obsoletas en el siglo XXI. Los docentes de educación básica deben ser seleccionados por sus méritos entre los profesionales egresados de las escuelas de educación superior, y luego capacitados en métodos y técnicas pedagógicas. Muchos miles de egresados universitarios, mejor preparados que los normalistas, esperan la oportunidad de convertirse en profesores, y millones de niños se beneficiarían con su enseñanza.

A los estudiantes normalistas y futuros aspirantes a profesores hay que ofrecerles alternativas viables y generosas. En primer lugar, ampliar el acceso a la educación superior en universidades y tecnológicos, para acoger a los jóvenes con vocación para la docencia, y en particular para los ahora estudiantes normalistas. En segundo lugar, brindarles becas para su sostenimiento durante toda su carrera profesional, con exigencias mínimas de cumplimiento académico. Tales becas serían más eficaces y más dignas para los estudiantes que el régimen corporativo cuartelario al que los normalistas hoy están sometidos. Y seguramente al Estado las becas le costarían menos que lo que se gasta ahora en las normales-internados vigentes. En tercer lugar, hay que ampliar la oferta de escuelas superiores de especialización en educación, para que ahí terminen de formarse los egresados universitarios con vocación para la docencia. Lo más importante de esos cambios sería que los estudiantes tendrían un nuevo sistema de incentivos: el esfuerzo de aprender se vería recompensado con oportunidades de trabajo digno, bien remunerado y útil a la sociedad.

La acción más difícil y decisiva es la firmeza política para frenar la espiral de degradación educativa y conflictividad social que conllevan las escuelas normales. El Estado tiene que aplicar la ley y hacerla respetar, al mismo tiempo que ofrezca a los normalistas una opción digna y socialmente constructiva. Está bien demostrado que hacer concesiones para apaciguar a los rijosos sólo los estimula a exigir más y escalar los conflictos. Sancionar legalmente a los violentos y tratar generosamente a quienes quieran darse la oportunidad de estudiar para servir a su país: ésa es la clave.

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