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Venezuela: riesgo de golpe de estado

3 de diciembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Este domingo 6 de diciembre, en Venezuela habrá unas elecciones cruciales que podrían significar el fin principio del fin del régimen chavista. Se van a elegir los 165 miembros de la Asamblea Nacional, en la que se deposita el Poder Legislativo de la llamada República Bolivariana de Venezuela. Según las encuestas preelectorales conocidas, el partido fundado por Hugo Chávez, el Socialista Unido de Venezuela (PSUV),  atrae un 28% de las intenciones de voto, mientras los partidos agrupados en la Mesa de Unidad Democrática cuentan con más del 60% de las preferencias. A pesar de que la distritación vigente ha sido manipulada para sobrerepresentar al oficialismo, con esas cifras es inminente el triunfo de la oposición. Sin embargo, hay muchas dudas de que el gobierno de Nicolás Maduro esté dispuesto a respetar los resultados de las urnas y permitir la formación de una mayoría legislativa opositora.

¿Cómo se llegó a este punto tan bajo de respaldo popular al otrora poderos régimen instaurado por Hugo Chávez? Hugo Chávez ganó la elección presidencial de 1998, en medio de una severa crisis de los partidos tradicionales, el socialdemócrata Acción Democrática, y el socialcristiano COPEI. Chávez era un caudillo militar que en 1992 encabezó una sublevación militar e intentó un golpe de estado; fue condenado a 15 años de prisión, pero en 1994 el anciano presidente Rafael Calderón le concedió amnistía; ya libre, Chávez emprendió una exitosa campaña con la promesa de acabar con la corrupción del gobierno, sepultar a los viejos partidos y terminar con la pobreza. Apenas llegó a la presidencia, disolvió el Congreso y convocó a una Asamblea Constituyente que aprobaría una nueva constitución; disolvió a la Corte Suprema y la sustituyó por magistrados afines a él; emprendió ambiciosos programas de asistencia social para mitigar la pobreza y ganar adeptos; empezó a expropiar empresas, inmuebles, televisoras y toda clase de servicios; entregó la administración paraestatal a muchos oficiales del ejército, para asegurar su lealtad, y politizó a las fuerzas armadas hasta convertirlas en el brazo armado del llamado “socialismo del siglo XXI”;  formó una enorme estructura de órganos de representación popular controlados por el gobierno central, que de hecho restringieron el poder de los gobiernos locales constitucionales; forzó la unificación de diversos partidos de izquierda en uno solo, el PSUV; acosó a las fuerzas de la oposición hasta dividirlas, atemorizarlas y constreñir su acción.

En unos cuantos años, Chávez logró cambiar radicalmente el paisaje político de Venezuela. De haber sido, desde 1959, una de las pocas democracias a salvo de la ola de dictaduras militares que asoló a América Latina, Venezuela se transformó en un país en ebullición, dirigido por un caudillo con retórica ultra-nacionalista y radical que repartía dinero como confeti, grandes masas de población fascinadas con los beneficios sociales, y unas instituciones democráticas desfallecientes que avalaban el poder unipersonal del presidente. Providencialmente, a partir de 2002 los precios internacionales del petróleo -el principal producto de exportación de Venezuela- se dispararon hasta más de 100 dólares por barril, dándole al gobierno chavista recursos extraordinarios para pagar generosas subvenciones sociales, despilfarro burocrático, corrupción gubernamental, armamento y hasta enormes subsidios a otros países, a los que convirtió en aliados incondicionales: Cuba, Nicaragua, Bolivia, Honduras, República Dominicana, entre otros.

Cuando un gobierno dispone de mucho dinero y lo reparte, gana mucho apoyo político. Y si cuenta con un líder carismático que pasa varias horas continuas en las pantallas de televisión, gana más. Pero no todos pensaban igual: la sociedad venezolana se fracturó entre quienes apoyaban incondicionalmente a Chávez y quienes lo odiaban. En cada flanco se ubicaba cerca de la mitad de los ciudadanos. Pero las políticas populistas casi siempre salen muy caras y terminan por ahogarse en sus propios excesos. Desde 2010, la economía venezolana mostraba signos de deterioro, y las reacciones de Chávez a la caída de la producción, la carestía, la escasez de productos básicos, no hacían más que acentuar el declive. En octubre de 2012, ya bastante enfermo, Chávez acudió a su última cita con las urnas  -después de cambiar repetidamente la constitución para poder reelegirse indefinidamente- y venció por escaso margen. A principios de 2013, murió. El sucesor designado por el propio Chávez, Nicolás Maduro, organizó una elección presidencial a modo, descaradamente inequitativa, y logró ganar por escasísimo margen. Muy pronto, el deterioro económico se convirtió en debacle. Venezuela sufre hoy la peor escasez de productos básicos de toda su historia, la tasa de inflación más alta del mundo, un déficit fiscal cercano al 20% del PIB, una de las tasas de homicidios más altas de América, y una exasperación social como nunca antes. El promisorio “socialismo del siglo XXI” devino una pesadilla.

Así llegan los venezolanos a las elecciones legislativas. La derrota del oficialismo es casi segura. El “casi” se deriva del control del gobierno sobre la autoridad electoral, el desmedido gasto clientelar, el sometimiento de casi todos los medios de comunicación y el asedio violento a los candidatos de oposición. Por si todo esto fuera poco, Maduro ha dicho reiteradamente que no permitirá el triunfo de la oposición y que “defenderá la revolución en las calles”; más aún, el presidente amenaza con formar una “junta cívico-militar” para gobernar con medidas de emergencia, en caso de perder la mayoría en la Asamblea Nacional. En otras palabras, Maduro prepara un fraude electoral y, si aun así pierde, está dispuesto a dar un golpe de estado.

Es muy triste lo que sucede hoy en Venezuela. Y es también triste y vergonzoso que la mayoría de los gobiernos de América Latina, incluyendo al de México, guarden un silencio cómplice ante los atropellos que el gobierno chavista comete contra la democracia y los derechos humanos.

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