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Jesús está vivo.. en Morelia

3 de julio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Aurelio Prado Flores
Tú tienes derecho a dudar pero te recordamos que ninguno que ha creído en Jesús ha sido defraudado como lo muestra Marcos en un relato del Evangelio: Habiendo atravesado Jesús el mar de Galilea en la barca de Pedro, llegó hasta la otra orilla, donde ya una multitud le estaba esperando.

Apenas había bajado de la barca y saludaba sonriente a los niños, cuando llegó corriendo un hombre que, con gotas de sudor en la frente, reflejaba una gran angustia en su alma. Se llamaba Jairo y era el jefe de la sinagoga de la ciudad. Pero lo más importante de su vida, no era el título o cargo que desempeñaba, sino su amor desbordado y total para una hija única, que en esos precisos momentos estaba agonizando.

Sin preámbulos ni introducciones se postró suplicante ante Jesús. Levantando sus manos, le dijo con voz entrecortada y jadeante: “Mi hijita se está muriendo ya. Pero estoy seguro que si vas a mi casa y le impones tus manos, se salvará y vivirá”.

Jesús se conmovió profundamente frente al cuadro desgarrador del padre que sufría por la angustia de la inevitable muerte de su hija única. Simplemente afirmó con su cabeza y, sin responder palabra alguna, comenzó a seguir al padre adolorido que, con paso apresurado, se abría camino entre la multitud que rodeaba al Maestro.

Sin embargo, la muchedumbre se apiñaba más y más alrededor de Jesús, haciéndole lento y pesado su caminar. Jairo hubiera querido que en ese momento nadie entretuviera ni saludara al Maestro. Pero, al mismo tiempo, todos se sentían con el derecho de estrechar la mano de Jesús, saludarle, decirle algunas palabras o pedirle alguna bendición.

Mientras tanto, Jesús seguía abriéndose paso dificultosamente rumbo a la casa del jefe de la sinagoga. Jairo, por su parte, platicaba con Simón Pedro cuánto amaba a su hijita, y que se moriría si Jesús no llegaba a tiempo. Los dos caminaban con pasos largos y presurosos; pero, a cada momento se debían detener para esperar a Jesús, que era acosado por el gentío. Ciertamente cada segundo que se perdía aumentaba la angustia del padre doliente y la desesperación en Pedro.

En esa difícil y embarazosa situación, la mujer enferma se dijo: Es imposible que Jesús me atienda. En estos momentos lleva mucha prisa. Jamás podré detenerle para hablar con él…. pues está apresurado por otro asunto más importante.

Por otro lado, la debilidad de su enfermedad le dificultaba luchar a brazo partido para desafiar la multitud y encontrarse cara a cara con Jesús, para plantearle, con la reserva debida, su penosa enfermedad. Entonces se dijo en su corazón: “Como es imposible que me atienda, no podré verle personalmente.

Pero, si al menos toco su vestido… estoy segura que me salvaré…”

Venciendo todas y cada una de las dificultades, se acercó por detrás de Jesús y, sorteando la ola humana, alcanzó apenas a rozar las filacterías del manto del Maestro. Al instante, narra el Evangelio de Marcos, se le secó la fuente de sangre y ella pudo percibir en su propio cuerpo que ya estaba completamente sana de su enfermedad.

Por su parte, Jesús en ese mismo momento, al darse cuenta que una fuerza había salido de él, se detuvo y tuvo una reacción exagerada. Volteó hacia atrás y preguntó con voz firme algo que parecía totalmente fuera de lugar: “¿Quién tocó mis vestidos?”. Con su mirada penetrante revisaba cada uno de los rostros de aquellos que estaban más cerca. Todos a su vez, negaban el haber sido ellos. Entonces el Maestro, con tono aún más enérgico, repitió la misma pregunta: “¿Quién fue la persona que tocó mis vestidos?”. Todo mundo enmudeció. Se trataba de algo más serio de lo que parecía.

Mientras tanto, Jairo estaba pensando que todo estaba a punto de perderse, por culpa de un simple tocamiento sin importancia. Cada vez se ponía más nervioso e impaciente. Su boca ya se había secado por la angustia y no entendía por qué Jesús le daba tanto relieve a un hecho tan insignificante.

Entonces Pedro, identificándose con la causa del padre doliente, se propuso acelerar las cosas para que Jesús siguiera caminando y dejara de lado aquel asunto tan tardado como intrascendente. Se acercó pues a Jesús, le puso la mano en el hombro y le dijo: “Maestro, no seas exagerado, ¿qué no te das cuenta que toda la gente te oprime y te estruja… y así todavía te pones a preguntar que ¿quién te ha tocado? Todos y cada uno lo han hecho, Maestro; pero, por favor, vamos adelante, que la niña se nos muere si no llegamos a tiempo…”.

Sin siquiera voltear a ver a Pedro, que continuaba con la mano extendida indicando el camino, Jesús dijo con voz lenta y cada vez más segura: ‘’Alguien me ha tocado. Yo he sentido que una fuerza ha salido de mi…”. El Maestro seguía mirando a todo mundo, y todos estaban llenos de asombro por lo que pasaba. Dándose cuenta la mujer que había sido descubierta, se escurrió lentamente entre la multitud con la cabeza baja. Atemorizada y temblando por lo que pudiera suceder, se postró ante Jesús y proclamó ante todo el mundo por qué motivo había tocado a Jesús, y cómo al instante había quedado perfectamente sana de su histórica y penosa enfermedad.

A Jairo le parecía larguísimo el testimonio. A él, como a Pedro, fueron las únicas personas que nada les interesó la curación de la enferma. Ellos pensaban solamente en la urgencia que había en que Jesús llegara a casa, para atender a la pequeña que agonizaba. Todo lo demás era secundario y robaba el precioso tiempo, que no volvería para atrás.

Jesús, por el contrario, parecía no llevar ninguna prisa. Después de escuchar pacientemente a la recién curada, todavía impuso las manos en la mujer que estaba arrodillada, la bendijo y con voz conmovida y misericordiosa le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz”.

En cuanto Pedro escuchó esto, se acercó a la mujer y le ayudó a levantarse, para que se retirara pronto y dejara que Jesús continuara inmediatamente su camino pues se le estaba haciendo tarde. Jairo se alegró de que por fin este incidente terminara. Con inquietud y esperanza se disponía para reanudar su rápida marcha rumbo a casa, cuando alguien llegó corriendo y con voz atribulada le dijo unas palabras que a todo mundo conmovieron: “Tu hija acaba de morir. Ya no es necesario que molestes al Maestro”.

En ocho días, ya sabes lo qué pasó.

¡Alabado sea Jesucristo!

BUENAS NOTICIAS PARA EL HOMBRE Y MUJER DE HOY

Grupo Apostólico Nueva Evangelización

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