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Antipopulismos

27 de marzo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Jesús Silva-Herzog Márquez/La Voz de Michoacán

El populismo es un maniqueísmo intimidatorio. El mundo partido a la mitad. De un lado el bien y, del otro, el abismo. Si no estás conmigo eres un traidor, el antipueblo, la mafia. Si cruzas el río y llegas hasta aquí, se olvidarán de inmediato todos tus pecados. Si permaneces de aquel lado, te pudrirás en el infierno. El populismo seduce por su promesa pero también extorsiona. Entrégate de inmediato o sufre las consecuencias de tu bajeza. Puedes limpiar tu pasado si te incorporas al polo patriótico. Si resistes a la historia, serás aplastado por ella. La coyuntura queda definida en términos dramáticos para exigir a cada uno que se inscriba en un bando u otro. No hay lugar para la vacilación.

No hay sitio para la duda. Aquí o allá; estás conmigo o contra el Pueblo. En esa disyuntiva radical habita el corazón del populismo. No se trata de impulsar una serie de reformas, no se buscan enmiendas bienhechoras: se trata de conquistar el poder negado; de recuperar lo que en mala hora se perdió. Somos nosotros contra ellos. El pueblo contra los de arriba; la nación contra los de fuera. La disyuntiva implica la negación absoluta del otro. Nada de lo que ellos representan es valioso para el país: ni sus instituciones, ni sus argumentos, ni sus leyes, ni sus procedimientos, ni sus derechos. Hay que borrarlos para instaurar un gobierno que sea, auténticamente, nuestro.

De las élites no hay nada que merezca cuidado. Debe reconocerse que el dramatismo de este cuento contagia: el antipopulismo es remedo de su enemigo. Pronto llega a la convicción de que no hay nada en la crítica que tenga sentido. Ninguna propuesta suya merece respeto. Los populistas son demagogos, manipuladores, irresponsables. No hay que prestar atención a lo que dicen, no hay que atender las razones que los hacen persuasivos. Y si el populismo ofrece una purificación que nunca termina precisa, el antipopulismo promete la perseverancia que algún día fructificará. El primer triunfo del populismo es la formación de un enemigo tan pedestre que se dedica a arremedar su simpleza y se empeña en cerrar los ojos ante sus propias fallas. En el momento en que la política se vive de acuerdo a un libreto que niega la posibilidaddel entendimiento, cuando los protagonistas rechazan cualquier negociación, cuando se satanizan recíprocamente los extremos, el populismo ha triunfado.

El antipopulismo que empieza a escucharse en México es, en realidad, un trofeo del populismo. El remedo es francamente grotesco: estás conmigo o con la demagogia. Eres responsable o un aventurero que llevará al país a la desgracia. Quieres el futuro o sueñas con regresar al pasado. Idéntica simplificación de nuestra circunstancia. Idéntica ceguera, idéntico llamado a la exclusión. El antipopulismo es el pez que ha mordido el anzuelo. En su perorata contra Satanás se ha tragado el libreto del blanco contra el negro. Con el mismo maniqueísmo que quiere combatir grita que el otro es la perdición y que no hay más opción que la propia.

El populismo debe ser oportunidad para pinchar el globo de la arrogancia liberal y recuperar la prudencia del escepticismo que es el principio vital del liberalismo. Difícilmente puede encararse el reto de nuestros días si se sigue haciendo desde el absurdo de un triunfalismo histórico. Tener la verdad, poseer la razón, haber entendido todas las lecciones de la historia. De esa soberbia vienen las voces que desprecian la indignación y el miedo de nuestros días. De ahí vienen las denuncias de la irracionalidad e ignorancia de las mayorías que no saben, como los expertos, lo que en verdad les conviene. Los banqueros mexicanos han querido definir la disyuntiva de nuestro tiempo como la oposición entre el liberalismo y el populismo.

Sirve a sus propósitos el identificar populismo con demagogia e ineptitud. Nos engañamos si no nos damos cuenta que es espejo de las democracias fallidas, síntoma de un fracaso inocultable. Puede enfocarse la polémica de nuestros días, en efecto, como un contraste entre los procedimientos y derechos liberales y los arranques populistas. También puede verse como un contraste entre la energía democrática y la sordera liberal.

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