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Petronacionalismo

2 de abril, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Desde fines del año pasado, cuando se hizo evidente que la crisis del petróleo golpearía aún más a nuestro país, el gobierno comenzó a ajustar mes tras mes las estimaciones de crecimiento de la economía, debido a que la baja del precio internacional del petróleo crudo y del gas natural indicaban una disminución sostenida de los ingresos que había previsto captar el gobierno para 2014 y 2015.

Hoy, cualquier crisis económica que ocurra en un rincón del mundo tiene repercusiones en los distintos continentes y se vuelve crisis global, por dos razones: primero, porque las economías nacionales son más interdependientes unas de otras y, segundo, porque el libre intercambio de productos y mercancías entre países ha dejado de ser local para convertirse en engrane o polea de una dinámica de mercado global.

Cuando fue aprobada la reforma energética en 2013, nadie veía venir una sofocación del mercado petrolero y ninguna turbulencia anunciaba tiempos nublados en la economía global. Por ello, nada en el horizonte del corto plazo indicaba que un fenómeno de crisis condicionaría o frenaría, de forma abrupta, algunos de los primeros resultados alentadores de la reforma energética.

En aquel tiempo, nadie veía venir una caída en la producción internacional de petróleo ni una sensible disminución en el precio del gas natural, porque el mundo vivía horas serenas y los consensos internacionales parecían sólidos.

Hoy, en el momento en que la inestabilidad del mercado petrolero mundial se ha agudizado, y en instantes en que la crisis del petróleo ha exhibido sus peores filos, pues el precio promedio del barril cayó de 91.2 dólares en que se colocó a principios de 2014, a 46.5 dólares en marzo del presente, el nuestro ha sido uno de los países afectados, pero no el más dañado por la actual crisis internacional.

Frecuentemente, el mejor indicador de que la base y los fundamentos de una economía son sólidos, es la forma en que resiste a una turbulencia financiera internacional y el modo en que supera, sin debilitarse ni agrietarse, los espasmos y vendavales de una crisis como la que ahora vive el mundo.

En este contexto, puede decirse que la economía mexicana es una de las más sólidas y mejor orientadas del hemisferio, por varias razones. No ha entrado en pánico como resultado de la volatilidad internacional; no ha declarado una ola de despidos masivos en el sector energético; no se registra un cierre alarmante de empresas indirectamente vinculadas a la industria del petróleo; por último, no ha arrastrado al vértigo de una caída ni ha puesto en jaque el crecimiento del resto de las ramas industriales del país, como actualmente acontece en Venezuela y en otras economías que dependen casi exclusivamente de la venta de petróleo.

Muy por el contrario, la economía mexicana revela la existencia de pilares sólidos en casi todas las ramas de la industria, como muestra el hecho de que sus expectativas de crecimiento son de las mejores del continente, lo cual la sitúa como la segunda economía en importancia en Latinoamérica, después de Brasil.

En el mismo orden de ideas, no es un hecho menor el que México, pese a la caída del precio internacional del petróleo y sus derivados, en los últimos meses haya detenido el alza gradual de los combustibles y haya disminuido el costo del consumo de energía eléctrica para las familias mexicanas.

Todo esto, independientemente de otras interpretaciones que haya sobre el comportamiento de nuestra economía, lo que indica es que el país tiene bases sólidas para crecer, un rumbo claro y visión de futuro. Todo esto, a fin de cuentas, es lo que hace que los países puedan ser parte del mercado y la economía global.

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