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Las sumas de la esclavitud

2 de abril, 2015

admin/La Voz de Michoacán

La rebelión de los jornaleros agrícolas del Valle de San Quintín, en Baja California, trajo un soplo de conciencia sobre la existencia del trabajo esclavo en México. No es asunto nuevo ni desconocido: hace muchos años que se han venido denunciando las dramáticas condiciones de esos trabajadores que sobreviven con unos cuantos pesos, sosteniendo los negocios de un puñado de empresas agroexportadoras de la zona que, en conjunto, controlan 12 mil hectáreas de riego prósperas y productivas. Esclavos mexicanos que durante lustros han cosechado las bonitas hortalizas y las jugosas fresas que se exportan, en magníficos empaques, hacia Estados Unidos.

La novedad no está en esas formas medievales de la explotación, sino en el hecho de que los esclavos se hayan rebelado. Sin embargo, no se alzaron para convocar a la revolución armada sino para ganar lo justo y obtener, acaso, condiciones medianamente dignas en sus pocas horas de descanso. No comparten dividendos, ni cuentan con seguridad social, ni conocen el significado de la palabra hogar. Se mueven conforme lo dicta la naturaleza, siguiendo los ciclos agrícolas para llegar a las cosechas. Según los datos de Conapred, más de 3 millones y medio de jornaleros agrícolas se desplazaban por toda la República en el año 2006, mientras que el Inegi reporta que, al final de 2014, cerca de seis millones de personas (casi 12% de la población ocupada del país) sobrevivían en “condiciones críticas”, trabajando 35 horas por menos de un salario mínimo o más de 48 horas, ganando a duras penas hasta dos salarios mínimos.

Pero los jornaleros no son los únicos esclavos disfrazados de trabajadores informales. Según el lenguaje oficial de Inegi, la tasa de informalidad laboral equivalía a 58.67% de la población ocupada hasta diciembre de 2014. Esto significa que cerca de 29 millones de personas sobrevivían con “micronegocios no registrados (o estaban) ocupados por cuenta propia en la agricultura de subsistencia (…) o laboraron sin la protección de la seguridad social”. Millones de personas que carecen de futuro laboral y para quienes sólo hay un presente continuo de esfuerzo por sobrevivir, mientras el cuerpo aguante. No sorprende, así, que 53 de cada 100 adultos mayores —como revela Coneval— carezcan de empleo y de pensión: los ninis viejos, que encarnan la tragedia del destino que les espera a la mayoría de los trabajadores mexicanos.

Las empleadas domésticas también forman parte de esas formas soterradas de la esclavitud, que toleran y aún auspician las buenas conciencias del país: poco más de 2.3 millones de personas —la gran mayoría integrada por mujeres con familias rotas—, que no cosechan campos prósperos en San Quintín, ni organizan rebeliones, ni salen en la prensa, sino que conviven (¿conviven, digo; o coexisten?) con quienes pueden darse el lujo de contar con sus servicios, sin ofrecerles nada más que un salario negociado al día, sin contratos ni compromisos laborales y con la connivencia activa del Estado mexicano.

Pero la lista de la esclavitud es todavía más larga y ominosa: incluye a los jóvenes que han sido capturados por el crimen organizado y convertidos en cómplices contra su voluntad; a la trata de personas, especialmente mujeres jóvenes, forzadas a la prostitución; a las personas en situación de calle que, con mucha frecuencia, se encadenan con el comercio ilegal cuyas ganancias apenas les gotean. Ninguna de estas poblaciones queda registrada exactamente en las estadísticas de empleo, pero el recuento es agobiante.

Entre todas las depredaciones que vivimos, esta es la más antigua y la más inaceptable: la de millones de seres humanos humillados. Las sumas de la esclavitud que son, también, la evidencia más desgarradora de los defectos de nuestros partidos, nuestros presupuestos y nuestras instituciones.

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