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Los odiosos III

8 de junio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza
Está bien visto afirmar que los refugiados violentos representan a una minoría y que la gran mayoría tiene un profundo respeto por las mujeres… Si bien esto es cierto, por supuesto, habría que echar, sin embargo, una mirada más atenta a la estructura de este respeto: ¿qué clase de mujer es ‘respetada’ y que se espera de ella? ¿Qué pasa si una mujer es respetada en la medida (y sólo en la medida) en que se ajusta al ideal de una sirviente dócil, que cumple fielmente sus labores domésticas, de manera que su hombre tiene derecho a explotar furibundamente si ella actúa con plena autonomía?

Nuestros medios de comunicación suelen hacer una distinción entre los refugiados ‘civilizados’ de clase media y los refugiados ‘bárbaros’ de clase baja que roban, hostigan a nuestros ciudadanos, se comportan de manera violenta con las mujeres, defecan en público… En lugar de descalificar toda esta propaganda por racista, se debería reunir el coraje suficiente para discernir el punto de verdadque hay en ella: la brutalidad, incluso la crueldad manifiesta con los débiles, los animales, las mujeres, etcétera, es una característica tradicional de las ‘clases bajas’; una de sus estrategias de resistencia frente a los que están en el poder ha sido siempre una exhibición aterradora de brutalidad dirigida a perturbar el sentimiento de educación de la clase media. Y uno se siente tentado a leer también de esta manera lo que sucedió en la víspera de Año Nuevo en Colonia, esto es, un obsceno ‘carnaval de clase baja’:

“La policía alemana está investigando informaciones sobre decenas de mujeres que fueron agredidas y asaltadas sexualmente en el centro de la ciudad de Colonia durante las celebraciones de fin de año, en lo que un ministro ha llamado una ‘dimensión completamente nueva del delito’. Según la policía, los presuntos responsables de las agresiones sexuales y de numerosos robos eran de origen árabe y norteafricano. Ante la policía se presentaron más de 100 denuncias, un tercio de las cuales estaba relacionado con agresiones sexuales. El centro de la ciudad se convirtió en una ‘zona sin ley’: se cree que entre 500 y 1.000 hombres, descritos como borrachos y agresivos, han estado detrás de los ataques a los asistentes a la fiesta en el centro de la ciudad alemana occidental. Sigue sin estar claro que actuaran como un grupo único o en bandas sin conexión. Las mujeres denunciaron haber sido rodeadas de manera agobiante por grupos de hombres que las acosaron y las asaltaron. Algunas personas lanzaron fuegos artificiales contra la multitud, lo que aumentó el caos. Una de las víctimas fue violada. Entre las que afirmaron que habían sido agredidas sexualmente se encontraba una policía voluntaria.”

Como era de esperar, el incidente fue a más: ya se han presentado más de 500 denuncias de mujeres, con incidentes similares en otras ciudades de Alemania (y de Suecia). Hay indicios de que los ataques se coordinaron de antemano, además de que bárbaros anti-inmigrantes de derechas, ‘defensores del Occidente civilizado’, respondieron violentamente con agresiones a los inmigrantes, por lo que la espiral de violencia amenaza con desatarse… Y, como era de esperar, la políticamente correcta izquierda liberal movilizó sus recursos para restar importancia al incidente de la misma manera que lo hizo en el caso de Rotterdam.

Pero hay más, mucho más que eso: el ‘carnaval’ de Colonia debería incardinarse en la larga fila cuyo primer caso registrado se remonta a la década de los 30 del siglo XVIII en París, a la llamada ‘gran matanza de gatos’, descrita por Robert Darnton, cuando un grupo de aprendices de imprenta torturaron y mataron de manera ritual todos los gatos que pudieron encontrar, incluyendo la gata de la esposa de su patrón. Los aprendices recibieron un trato literalmente peor que los gatos a los que adoraba la esposa del patrón, sobre todo a la ‘grise’ (‘la gata gris’), su favorita. Una noche, los muchachos decidieron poner remedio a este estado de cosas, nada equitativo: vertieron en el patio sacos cargados de gatos medio muertos y luego los colgaron en una horca improvisada, los hombres se volvieron locos de alegría, entre el alboroto y las risas… ¿Por qué la matanza les resultó tan graciosa?

Durante el Carnaval, la gente corriente dejaba en suspenso las reglas normales de comportamiento y ceremoniosamente revertía el orden social o lo volvía del revés en procesiones tumultuarias. El Carnaval era la temporada reina en que la hilaridad, la sexualidad y la juventud se desmandaban y el populacho incorporaba con frecuencia a su música vulgar la práctica de torturar gatos. Mientras se mofaban de algún cornudo o de cualquier otra víctima, los jóvenes se pasaban un gato de mano en mano y le arrancaban el pelo a tiras para hacerlo maullar. ‘Faire le chat’, lo llamaban. Los alemanes lo llamaron ‘Katzenmusik’, un término que posiblemente deriva de los maullidos de los gatos torturados. La tortura de animales, especialmente gatos, era una diversión popular en toda la Europa moderna. El poder de los gatos se concentraba en el aspecto más íntimo de la vida doméstica: el sexo. ‘Le chat’, ‘la chatte’, ‘le minet’, significan en el argot francés lo mismo que ‘coño’ en español y durante siglos han cumplido su papel de palabrotas.

¿Qué tal, pues, si interpretamos el incidente de Colonia como una versión contemporánea de ‘faire le chat’, como una rebelión carnavalesca de los menos favorecidos? No ha sido el simple impulso de satisfacción de unos jóvenes muertos de hambre sexual (que podía haberse satisfecho de una manera más discreta, no pública); era por encima de todo un espectáculo público de propagación de miedo y humillación, de exposición de los ‘gatitos’ de las alemanas privilegiadas a una dolorosa indefensión. No hay, por supuesto, nada de redención o emancipación, nada verdaderamente liberador en semejante carnaval, pero así es como funcionan los carnavales de verdad.

Por ello, los intentos ingenuos de ilustrar a los inmigrantes (explicándoles que nuestras costumbres sexuales son diferentes, que una mujer que pasea en público en minifalda y con una sonrisa no por ello está enviando una señal de invitación sexual…) son ejemplos de una estupidez impresionante; ellos ya lo saben y ésa es la razón por la que hacen lo que hacen. Son totalmente conscientes de que lo que están haciendo es ajeno a nuestra cultura predominante, pero lo están haciendo, precisamente, para herir nuestra sensibilidad. Lo que hay que hacer es cambiar esta actitud de envidia y agresividad vengativa, no enseñarles lo que ya saben de sobra.

La difícil lección de todo este asunto es, por tanto, que no basta con dar voz a los menos favorecidos tal y como son: para hacer realidad su auténtica emancipación, tienen que ser educados (por los demás y por ellos mismos) en la libertad.

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