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El caso del vengador anónimo

14 de noviembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Luis Sigfrido Gómez Campos

A mi sobrina Valentina

De quien tomé los principales argumentos para la realización de este artículo.

Todo empezó con una película de acción de los setentas titulada El Vengador Anónimo, en la que salía Charles Bronson. Después de que una brutal agresión a su mujer y a su hija en la ciudad de Nueva York, Paul Kersey, un ciudadano común y corriente, decide hacer justicia por su propia mando y sale a matar a los delincuentes para “limpiar” la ciudad de las supuestas lacras sociales.

Después, en 2011, hubo otra película con Nicolas Cage que en algunos países fue promovida con el mismo nombre y en la que un humilde maestro de inglés sufre, de igual manera, una terrible agresión hacia su esposa y un compañero profesor le aconseja que no recurra a las autoridades sino a un grupo clandestino que le ayudará a realizar la venganza a cambio de un favor que le pedirán en el futuro.

Ambas películas nos presentan el crudo dilema de la opción de hacerse justicia por propia mano cuando los ciudadanos consideran que la autoridad no está cumpliendo debidamente la función de garantizar a la ciudadanía la seguridad a la que todos tenemos derecho.

Este asunto cobró una especial relevancia en estos momentos en nuestro país después de que el pasado 31 de octubre fueron encontrados en la carretera México-Toluca, a la atura de La Marquesa, cuatro cuerpos sin vida a los que se identificó en forma posterior como delincuentes habituales en esa zona. Después de que los agresores despojaron a los pasajeros de sus pertenencias, cuando los delincuentes ya se disponían a bajarse del autobús, surgió un hombre misterioso desde el fondo del autotransporte disparando con precisión sobre la humanidad de cada uno de los asaltantes. En forma posterior, bajó los cuerpos, devolvió a cada uno de los pasajeros sus pertenencias y les pidió que guardaran el secreto de su identidad. Todos los pasajeros declararon ante las autoridades que por ser de noche no alcanzaron a ver las características de la persona que mató a los asaltantes.

Tal personaje parece un justiciero anónimo sacado de las películas; un “héroe” de los comics que aparece de las sombras en el preciso momento y que interviene a favor de los desvalidos parroquianos para, después de matar a los malos, devolver a los ofendidos sus pertenencias sin ningún trámite burocrático y sin tener que dar mayor explicación a nadie. Así de sencillo.

Lo grave del asunto es que estas cosas están sucediendo en la vida real y no en las películas. No son cuentos de ficción de las historietas de Rico McPato en la que “los chicos malos” son personajes cuya personalidad está elaborada para significar la representación intrínseca del mal sin solución; se trata de una problemática social más compleja que tenemos que abordar con seriedad y con un profundo sentido humano, antes de que la irracionalidad se apodere de nuestras almas y retornemos a la era de las cavernas a justificar Ley del talión de “ojo por ojo y diente por diente”.

“La ley establece de manera precisa en el artículo 17 constitucional, en su parte inicial” :“Ninguna persona podrá hacerse justicia por sí misma, ni ejercer violencia para reclamar su derecho”, y las leyes secundarias establecen sanciones para quienes violen este principio; pero este problema más que un asunto puramente legal, es de tipo humano, ético y religioso. Se dice que México somos una población donde más de 100 millones cree en las enseñanzas de Jesucristo. La religión católica basa la prédica de su fe en los mandamientos de la ley de Dios, y en el catecismo se enseña a los niños antes de acudir a su primera comunión la importanciadel5º mandamiento que establece terminantemente: ¡No matarás!

¿Por qué se les olvida a los miles y millones de usuarios de las redes sociales este principio básico de su fe? Abiertamente justifican las acciones de los vengadores anónimos con argumentos belicosos muy parecidos al discurso agresivo de Donald Trump. ¿Qué nos está pasando?

Soy consciente que muchos ciudadanos o víctimas de algún delito, ante la deficiente seguridad pública, no participarán de la opinión de no aplaudir y glorificar las acciones de los “justicieros” que deciden linchar o matar a los acusados de un crimen. Sólo puedo argumentar en contrario que este es el camino de la irracionalidad que equipara a estas personas con los mismos delincuentes a los que pretenden combatir; que no se puede justificar ética, religiosa ni jurídicamente estas acciones de justicia callejera; que el Estado fue creado entre otras cosas para garantizar la seguridad pública, por lo que es urgente que se implementen mecanismos eficaces que cumplan este propósito.

Se requiere del esfuerzo de todos y cada uno de los mexicanos porque quienes se dedican a las actividades ilícitas tienen nombre y en mucha ocasiones son nuestros vecinos; creo que la participación ciudadana es fundamental en la tarea de combatir la inseguridad, pero no a través del crimen.

En febrero pasado se dio a conocer el caso del gallero Jorge Aduna, quien, cansado de la violencia le colmaron la paciencia cuando robaron y violaron a una de sus familiares. Decidió entonces realizar su propia investigación y secuestró y mató a seis personas. De las investigaciones posteriores se desprende que se equivocó y mató a dos inocentes. Hoy está en la cárcel.

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