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El precio de la libertad

20 de julio, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Mercedes Sosa canta una milonga que dice: “yo tengo tantos hermanos, que no los puedo contar, y una hermana muy hermosa que se llama libertad”.

La canción es de Atahualpa Yupanqui y se llama “Los hermanos”, o es conocida también como “Yo tengo tantos hermanos”. En la interpretación de Alfredo Zitarrosa y del propio compositor, se dice: “…y una novia muy hermosa que se llama libertad”. Independientemente del carácter afectivo que se tenga, sea la novia o la hermana, el poeta lo que quiso destacar en su metáfora es el valor infinitamente hermoso de la libertad, no la belleza de una mujer.

Se dice que en términos axiológicos, si pretendiéramos establecer una jerarquía de los valores en orden de importancia, el de la libertad sería el más preciado después de la vida, por eso la ley no sanciona a quien intente evadirse de una prisión, pues es una condición inherente al ser humano el disfrute de la libertad, gracia otorgada por la divinidad. A quien la ley sí castiga es a aquél que ayuda a un reo a evadirse, no al reo que ya tiene establecida una sanción en su sentencia. Solamente que el evasor cometa algún delito adicional durante su fuga se hará procedente un aumento a su sanción inicial.

Todos los sistemas del mundo establecen sus códigos de conducta y sus sanciones; de esa manera crean sus aparatos de control social que garantizan la estabilidad y continuidad del propio sistema. Obviamente todos los regímenes históricamente han justificado ética, religiosa y políticamente la existencia de estos mecanismos. El confinamiento en las prisiones ha sido el mecanismo sancionador más importante en la historia de la humanidad.

El aprisionamiento del cuerpo no supone la pérdida de otras libertades, pero en el caso de los penales de máxima seguridad en México, las restricciones son tan severas que pareciera que al condenado por un delito (o incluso el que muchas veces está sometido a proceso penal sin ser sentenciado) se le hubiera decretado la pérdida de otros derechos y libertades que van más allá de la simple segregación. Muy lejos estamos de poder hablar de un real sistema de readaptación.

Pero qué podemos esperar en un país en donde la vida no vale nada; donde los jóvenes que se inician en la delincuencia con tal de ascender en la escala del crimen están dispuestos a jugarse la vida a cambio del disfrute de algunos momentos de riqueza. ¿Qué les puede importar la libertad si la propia vida no les importa? Y si no les importa la vida ¿Qué les puede importar la del prójimo? Estos niveles de degradación del espíritu no son imaginarios.

Vivimos en un país en el que se han llegado a cometer las peores infamias sin ninguna justificación aparente, sólo por obedecer órdenes de criminales ignorantes que se han llegado a encumbrar como líderes de las bandas delincuenciales.

Siendo la libertad uno de los bienes más preciados de la existencia resulta lógico que quien ha sido privado de ella ansíe recuperarla; y si se cuenta con los recursos económicos para comprarla, también resulta lógico que se intente adquirirla por cualquier medio. Lo que no resulta lógico, o por lo menos nos cuesta trabajo comprender a los simples civiles, o actores de la vida social que no estamos involucrados en esas difíciles tareas de la seguridad y el orden público, es que quienes tienen asignada una tarea en el ámbito de la seguridad de los penales no puedan cumplir satisfactoriamente con el papel que les asigna la ley. Y no me refiero sólo al simple custodio que no vio ni escuchó nada durante la preparación, operativo y momentos posteriores a la fuga del Chapo, sino a toda la cadena de mandos que tenían la obligación de hacer algo para evitar que se escapara el capo más famoso de México.

Las autoridades responsables de la seguridad deberían comprender que toda explicación y acción difundida a posteriori, si no es exhaustiva, pertinente y de buena fe, resulta irrisoria: enseñar muy de pasadita en las cámaras de los noticiarios el “boquetote” y el bloque de cemento a un lado, señalando el segundo preciso de la evasión, pero evitando referir la cantidad de tiempo que transcurrió entre el momento en que el Chapo desapareció de la lente de la cámara y la primera alerta, no hace sino exhibir al funcionario que está queriendo dar una explicación como un sujeto incompetente o embaucador; sacar en todos los noticiarios a la Procuradora General de la República y a otros altos funcionarios asomándose por el hoyito de la casa por donde supuestamente salió el Chapo, es estúpido, ¿qué tanto le ven al hoyito?; encubrir a los responsables del monitoreo de los sensores electrónicos que detectan cualquier excavación, también los hace responsables ¿Cómo que apagaron los sensores porque habían detectado falsas alarmas por algunos trabajos en las cercanías del centro de readaptación federal? ¿Por órdenes de quién? ¿Qué ese no es en sí un motivo de alarma?

Es difícil saber el costo de la obra de ingeniería y el de las conciencias que se habrán comprado para esta fuga, pero cuando se le preguntó al Chapo por el costo de su primera evasión, bajó la vista y dijo para sí: la libertad no tiene precio.

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