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El síndrome de Peter Pan

30 de noviembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Jamás había escuchado de la existencia del “síndrome del impostor” hasta hace poco que cayó en mis manos un artículo en el que se describe este trastorno del que se dice que por lo menos 7 de cada 10 personas lo han padecido alguna vez en su vida.

Un síndrome no es más que un conjunto de síntomas o signos que conforman un cuadro clínico con ciertas características específicas. El sentimiento de que los logros y merecimientos que se han obtenido en la vida se deben a cuestiones meramente circunstanciales, o debido a que la suerte o el azar han intervenido más que el resultado del propio esfuerzo; a ese sentimiento, dicen, se le reconoce clínicamente como un trastorno de la personalidad y se le identifica con ese nombre porque el que lo padece se siente como que es un impostor, como que no merece ese lugar en que la vida lo ha colocado, como que todo se le dio de manera gratuita y sin esfuerzo. Se traduce en una falta de seguridad sobre sí mismos de muchos personajes exitosos.

Seguramente hay un porcentaje importante de personas que han tenido ese sentimiento, no soy ningún especialista para contradecir el resultado de tan sesudas investigaciones, pero también es posible que dichos índices sean resultado de análisis en otras sociedades, o del interés de la investigadora que se dedica a dar cursos de autoestima. Pero en nuestro medio mexicano lo que abunda, sin lugar a dudas, es un síndrome que por su rareza ni siquiera alcanza un lugarcito en la lista dentro del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, es el síndrome de Peter Pan.

Es serio. Existe un síndrome que así se llama y que se caracteriza por un marcado sentimiento egocentrista; quien lo padece se considera merecedor de todo y no les preocupa en lo mínimo los problemas de los demás; se siente permanentemente insatisfecho, pero no enfrenta con responsabilidad sus problemas, ni se esfuerza en resolverlos. Este padecimiento es mucho más complejo, con más rasgos que complican la personalidad de quien lo lleva a cuestas, pero la frustración por la falta de reconocimiento a sus enormes méritos es una de las peculiaridades que destacan en este singular cuadro.

La percepción sobre sí mismo es un problema que atañe a todos los seres humanos porque todos somos capaces de percibir con claridad los defectos de los demás, pero somos incapaces de apreciar nuestros defectos. Ya se ha dicho mucho: no es sino el viejo refrán extraído del Quijote de la Mancha de “el que ve la mota en el ojo ajeno vea la viga en el suyo”, que a su vez hace alusión al pasaje bíblico de San Mateo y San Lucas, que refiere lo mismo.

Algún día dije en tono proverbial: “La vida es una cuerda floja en la que estamos obligados a guardar el equilibrio”, haciendo alusión a que existe la necesidad de hacer un esfuerzo por valorar nuestras propias cualidades con la mayor objetividad posible. Es buena la autoestima, pero cuando se rebasa la línea que no permite ver más allá de sí mismo, se produce un rompimiento con la realidad que te hace ver ridículo. Lo mismo pasa cuando llegas a valorarte menos de lo que en realidad eres, situación que suele ser aprovechada por quienes se sienten merecedores de todo sin tener las cualidades para ello.

Ejemplos en la vida cotidiana los encontramos a diario, pero el problema verdaderamente grave se da cuando quien no tiene una percepción correcta de sí mismo ocupa un cargo público, cuando se coloca a alguien detrás de un escritorio y éste “pierde piso” o simplemente se desubica, porque piensa que el puesto es el que lo hace, no sus cualidades o méritos personales, sino el cargo que ostenta.

Hay ejemplos dignos de quien, no obstante que ocupa una alta magistratura o encargo, conserva la sencillez y buen trato; pero también abundan los ejemplos de a quien le dan una simple placa para servir al prójimo y la usa para la extorsión, el abuso y el trato prepotente. Un simple servidor del más bajo nivel con pistola y “charola”, pero sin capacitación y órdenes precisas respecto al límite de su función es un peligro para la sociedad.

Cada sociedad engendra sus propios síndromes, males y padecimientos. El síndrome del impostor, a fin de cuentas es un mal menor que perturba a algunos que no se sienten merecedores de sus legítimos triunfos; eso sólo afecta su esfera individual y tiene poca repercusión social. Pero otra cosa muy distinta es el padecimiento del síndrome de Peter Pan que explica la propagación de sujetos que creen que lo merecen todo sin haber realizado el menor esfuerzo y buscan compensar sus frustraciones por vías ilegitimas a través de la violencia y el crimen.

Los peores males de nuestra compleja realidad, sin lugar a dudas, son la existencia de una multiplicidad de individuos con una escasa o nula formación educativa, que han estado marginados del desarrollo y de todo beneficio social, que se sienten merecedores de todo y que han sido cooptados por las bandas del crimen organizado para hacerse por la vía violenta de los beneficios de los que carecen. Clínicamente serían considerados por muchos como portadores del síndrome de Peter Pan, pero el problema es mucho más complejo y no debe buscarse una explicación exclusivamente desde el punto de vista de la sicología.

 

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