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Futuro incierto

19 de septiembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Luis Sigfrido Gómez Campos

 

Este fin de sexenio se nos presenta lleno de nubarrones que dificultan una visión diáfana de lo que será nuestro país después de 2018. El desgaste del  gobierno del Presidente Peña Nieto, no obstante su estrategia para realizar ambiciosas reformas estratégicas a mediano plazo para sentar las bases de un México moderno, no hicieron más que enturbiar el panorama.

Cualquiera que sea el signo político del sucesor de Enrique Peña Nieto, (sea de izquierda, de derecha, de centro o independiente), tendrá que gobernar un país con serias dificultades económicas y políticas. Nunca en nuestra historia post revolucionaria habíamos estado tan divididos en medio de una crisis económica como la que enfrentamos. La caída de los precios internacionales del petróleo, nuestro mayor recurso, nos ha centrado en la cruda realidad: somos tan pobres y tan dependientes como el que más.

Nuestra incipiente democracia, que no acaba de consolidarse, nos permite vislumbrar que los resultados de la contienda presidencial del 2018, no serán creíbles. No se necesita ser clarividente para llegar a tal conclusión, basta con ver lo enconada que está la sociedad, la falta de cultura cívica, el alto nivel de intolerancia y violencia de los grupos, para advertir que no hay condiciones propicias para una transición política pacífica y confiable.

Lo paradójico es que teniendo uno de los sistemas electorales más avanzados del mundo, no se generen resultados creíbles.Y es que no es un problema de los órganos electorales, la historia del México contemporáneo, el de la predominancia del partido único de estado y la accidentada transición democrática, trastocó gravemente la confianza del electorado que se volvió tan desconfiado que aunque le presenten los pelos de la burra en la mano sigue sin creer en la existencia de la burra.

Pero además el ciudadano se volvió intransigente y quiere aplicar a rajatabla aquella frase de que “un mexicano nunca pierde y cuando pierde arrebata”, y eso, en términos democráticos no es deseable.

Se pregunta un buen amigo: “¿Cuándo veremos el día en que después de una contienda electoral el candidato derrotado levante la mano del ganador?”. No sé si algún día presenciemos ese hecho, pero de lo que sí estoy seguro es que no es en el 2018. Las condiciones subjetivas, como decíamos en la prepa, no están dadas. La psique colectiva está tan enconada y estamos tan divididos, que el próximo Presidente de México, quien quiera que sea, tendrá graves problemas de gobernabilidad.

Nada más tenemos que echar una miradita a nuestros costados, nuestra extrema derecha y nuestra extrema izquierda, y nos daremos cuenta que nadie está dispuesto a sacrificar algunos de sus principios, o por lo menos a transigir en alguno de sus postulados, en aras de la libertad, los derechos de tercero y la sana convivencia.

Los curas mexicanos son más papistas que el Papa, se sienten poseedores de la verdad por encima de las prédicas del Sumo Pontífice. El Papa Francisco es más tolerante y abierto con las personas que tienen otra preferencia sexual, en tanto que la curia local se ensaña promoviendo la movilización política a favor de lo que consideran “su causa”. Esos curas incongruentes, no lo dudo, se van a condenar.

La radicalización de las movilizaciones de “las izquierdas” que por diversas causas, algunas de las cuales podrían considerarse legítimas, bloquean las carreteras federales y los accesos a las ciudades, roban mercancía, queman camiones, bloquean el acceso a los bancos, a los centros comerciales y han llegado a cometer vejaciones incalificables en contra de personas inocentes, merecerían no sólo la condena divina, sino la de los hombres, por lo que muchos deberían ser sancionados ni más ni menos con lo que establece la ley, pero como son machos y muchos, la autoridad se ha visto obligada negociar lo no negociable.

Y en este recuento de movimientos radicales, en el que ni la derecha ni la izquierda moderada forman parte, todavía faltan los enconos propios de la contienda política. Todo lo que los representantes de los partidos políticos, sus candidatos y los independientes se digan a la luz de la lucha electoral; todos los adjetivos y denuestos que la guerra sucia y la legal les permita para arrojarse lodo y vituperarse hasta la saciedad.

Todo esto, digo, ha llegado a contaminar de algún modo el ambiente político y social que nos predispone anímicamente a estar en contra del próximo ganador a la Presidencia de la República si es que este no resulta el de nuestra preferencia.

Lo correcto en términos democráticos sería que una vez que los órganos electorales dictaminaran que hubo un vencedor de la contienda política, todos los mexicanos nos sumáramos ya poyáramos al ganador, eso fortalecería a México y a sus instituciones.

Para lograr un correcto funcionamiento de los órganos de gobierno se requiere de manera necesaria el respaldo de la sociedad. Un gobierno sin el apoyo de su pueblo es un gobierno débil expuesto a las peores calamidades de los enemigos de México.

Los mexicanos deberíamos confiar más en nuestro sistema electoral y en la democracia para la alternancia del poder, sin confianza en nuestro sistema democrático no somos nada.

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