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Juan Rulfo

22 de mayo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Yo pensaba que el valor de la obra literaria de Juan Rulfo era indiscutible, pero con el tiempo he aprendido que existen diversas y variadas opiniones que van desde el lector  que no le gusta, pasando por el que no lo entendió y llegando hasta los fundamentalistas que consideran que después y antes de Rulfo no hay nada.

El problema de la valoración de una obra de arte es de carácter axiológico y no debe extrañarnos la diversidad de criterios respecto de un tema que resulta polémico, sobre todo si se pretenden establecer verdades absolutas.

Alguien dijo que la valoración de una obra de arte es como  el juego del ajedrez, es cuestión de niveles. Cuando un ajedrecista tiene un nivel superior al de su contrincante, resulta prácticamente imposible que el de nivel inferior pudiera resultar ganador en una partida, luego entonces resulta poco divertido jugar con alguien de nivel inferior. Así pasa con los libros, el lector acostumbrado a degustar la literatura más excelsa, cuando por alguna causa intercambia impresiones con un aficionado, se aburre y exaspera cuando le hablan en tono doctrinal sobre temas literarios. Es cuestión de niveles, comentan.

No obstante que lo anterior pudiera tener su parte de verdad, resulta demasiado chocante encontrar que alguien, por su alto nivel de conocimiento sobre alguna materia, pudiera resultar, de tan exquisito, intratable.

Pero volvamos a Rulfo. ¿Podemos establecer que no hay un criterio razonablemente válido para juzgar su talento literato?, ¿Resulta válido que simplemente digamos que en este tema cada quien tiene su verdad? Si a alguien no le gusta cómo escribe Juan Rulfo nadie puede obligar a ese alguien a que sí le guste, pero eso no convierte al literato necesariamente en mal escritor. Juan Rulfo ya tiene su sitio ganado en la historia de la literatura universal y que conozcamos o disfrutemos o no su obra no le quita su lugar como el escritor mexicano más traducido y más estudiado de la historia.

¿La obra de arte vale porque el artista le impregnó con su talento creador un valor, o vale por el reconocimiento que la gente hace de su obra? Ese es el dilema difícil de resolver. Por supuesto que el artista le pone a su obra su agregado cultural único con su capacidad creativa, pero no obstante su originalidad y destreza técnica, pudiera pasar desapercibido porque vivimos en un mundo donde el valor lo otorgan fundamentalmente criterios mercantilistas y no artísticos.

Si hacemos una encuesta con jóvenes universitarios nos encontraríamos con la triste noticia que una gran mayoría lee, conoce y valora más a Carlos Cuauhtémoc Sánchez que a Juan Rulfo, eso no lo convierte por supuesto en mejor escritor, sólo nos da cuenta de la pobreza intelectual de la juventud mexicana.

Mi maestro José Baeza Campos, (si es que así lo puedo llamar por los consejos literarios que me brindaba), un escritor de viejo cuño de la vida moreliana, decía: “Rulfo llegó a enseñar a mi generación a escribir. Nosotros andábamos perdidos en anécdota y en la descripción del paisaje, y él llegó con una narrativa más psicológica, más viva, más humana a demostrarnos que la literatura era manejo de formas con un lenguaje poético al que no estábamos acostumbrados”.

Mi primer acercamiento con Rulfo fue en la prepa cuando leí “El Llano en Llamas” y comentaba mi entusiasmo con Alberto Suárez y otros amigos con los que compartíamos el gusto por la literatura. Me sorprendía cómo mis contemporáneos podían recordar casi literalmente los pasajes más impactantes de sus cuentos. El candor con que sus personajes realizan los actos más atroces. En “La Cuesta de las Comadres” la muerte de Remigio Torrico, cuando le meten una aguja de arria en el vientre y se la saca para metérsela en el corazón porque le dio lástima ver una mirada ten triste. Ese pasaje, aparentemente intrascendente en el marco general de la historia, se vuelve fundamental por el manejo prodigioso de un lenguaje casi mágico, envolvente y descarnado.

Muy poco tiempo después leí “Pedro Páramo”, con cierto temor porque me habían advertido que era una novela de un lenguaje denso y hasta un tanto confuso. Pero la primera lectura que hice de esa gran novela, pequeña en extensión, fue reveladora e impactante. En mi humilde concepto, es una de las obras más hermosas de la literatura mexicana.

“El Gallo de Oro” lo leí muchos años después. Aunque finalmente quedó como un guión cinematográfico, conserva ese lenguaje poético y casi mágico de su literatura.

Mucha tinta se ha derramado en torno de Rulfo. Se topó sobre todo con la incomprensión de la crítica de su tiempo en México que, salvo algunas excepciones, no supieron ver al gran literato cuya obra alcanza una mayor dimensión mientras más tiempo transcurre. Pero la crítica extranjera sí supo ver en él al artista con una obra de trascendencia universal. Al poco tiempo de haber escrito sus dos libros, fue traducido a más de 50 idiomas.

El misterio de por qué Juan Rulfo no volvió a publicar nada en casi tres décadas después del reconocimiento universal a su obra seguirá siendo eso, un misterio, porque lo que digamos no es otra cosa más que un reflejo de la admiración o rechazo que sentimos por su narrativa.

La prosa poética de Juan Rulfo es como las grandes obras de la literatura universal, se engrandece con del tiempo.

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