IMPRESO | RADIO | TELEVISIÓN

Morelia, Michoacán a 26 de mayo de 2017
Morelia
Compra
Venta
USD

17.60

19.10

La conciencia social

20 de marzo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

PUNTO NEURÁLGICO

Luis Sigfrido Gómez Campos

Existe un problema añejo que algunos de mis amigos marxistas ortodoxos lo resuelven de manera muy sencilla. Es el ser social el que determina la conciencia social y no la conciencia social la que determina la realidad.

Durante muchos años pensé que esta afirmación era incontrovertible por ser un principio fundamental para interpretar la realidad; por lo que cualquier afirmación contraria a este principio no era sino producto de un idealismo que iba en contra de toda racionalidad.

La estructura social, es decir, las relaciones que los hombres contraen en el proceso de producción determinan la superestructura social: toda la base ideológica que justifica y refuerza ese andamiaje estructural. Esa superestructura ideológica está conformada por la moral prevaleciente (la cual se impone y determina por las clases poderosas), el arte, el derecho, la moda, la religión y todo tipo de ideas dirigidas a promover y a mantener el estatus establecido.

Decir que la conciencia social podría influir en la transformación de las condiciones de vida de los seres humanos era, y sigue siendo para muchos, una ingenuidad, pues la única vía de transformación de la realidad es la lucha armada de los trabajadores, de los campesinos y los desposeídos; así como la solidaridad obrera internacional.

Han pasado ya algunos años en los que estos principios epistemológicos básicos dejé de adoptarlos como dogmas. Aprendí que la realidad es mucho más compleja; que la maduración y la toma de conciencia de los individuos no conduce necesariamente a hacerse de un fusil y agarrar el rumbo para la sierra; que si bien es cierto que mi conciencia no determina la realidad, mis actos conscientes y racionales debo ponerlos al servicio de las causas nobles; que si bien debo protestar cuando observo un acto de injusticia, también debo ser cordial con mis semejantes; respetuoso con quienes difieran de mis opiniones, o perdonar incluso a quienes me ofenden.

Nos ha tocado vivir una época llena de agresividad, donde el encono y la diatriba han llegado a penetrar todos los ámbitos de la vida social; las diferencias ideológicas no se debaten, sino que se rebaten mediante el insulto; la polarización de las ideas políticas nos ha subido al ring del odio; a fin de cuentas le estamos dando la razón a Tomás Hobbes cuando afirmaba que “el hombre es el lobo del hombre” y eso no es algo de lo que tengamos que enorgullecernos como especie.

Hace unos días recibí un mensaje de audio en mi teléfono celular a través de la aplicación WhatsApp, el mensaje pretende ser un chiste, pero que en mi concepto no viene a ser sino la trivialización de uno de los problemas más serios que tenemos en el país, la corrupción, la cual, en mi concepto, no podrá ser exterminada sino a través de una serie de medidas legislativas, jurídicas, educativas, culturales y un cambio de la conciencia colectiva que incida en la sociedad en su conjunto. Es decir, un cambio desde la superestructura ideológica, para emplear términos marxistas, que transforme la realidad objetiva.

El referido “chiste” cuenta que llegó un Director de Tránsito de alguna localidad de nuestro país para seleccionar a los nuevos comandantes que se harían cargo de las patrullas recién adquiridas; pidió que pasara el primer aspirante para realizarle un examen, al cual le pregunta: “a ver, dígame usted cuántos son cinco más cinco, y el aspirante a patrullero le contesta: diez; por lo que el director le dice no, este no me sirve; a ver tráiganme otro. Cuando llevan a su presencia al siguiente elemento le realiza la misma pregunta: a ver, dígame cuántos son cinco más cinco, y el nuevo aspirante le contesta: 55; por lo que el director replica, no, este tampoco me sirve; a ver, que pase el siguiente; y le vuelve a plantear la misma pregunta: ¿cuántos son cinco más cinco?, y el aspirante le contesta: 7 pa´usted y 3 pa´mí; por lo que de manera inmediata ordena el director: a ver, tráiganle una patrulla, este es el elemento que necesito”.

Esto, créanme, pretende ser un chiste. Pero lo peor de todo es que funciona; es decir, a la mayoría de la gente le produce risa. Es tal el deterioro de la conciencia colectiva que no nos damos cuenta que al festejar este tipo de “humor negro”, estamos contribuyendo a la degradación y a apreciar con normalidad este tipo de conductas que deberían ser reprobadas para tratar de iniciar un cambio en el actual estado de cosas que parece que no tiene remedio.

Un amigo marxista ortodoxo sostiene que este grado de deterioro en la vida social no tiene solución y que se requiere necesariamente un cambio de la estructura socioeconómica por la vía violenta; que el sistema capitalista está llegando a su fin y que éstas solamente son algunas de las manifestaciones de su final.

Yo pienso que la historia de la humanidad no puede ser explicada por una sola teoría y que los procesos sociales son más complejos; que si bien debemos realizar cambios sustanciales a nuestra gastada forma de organización, tenemos una tarea individual y colectiva para llegar a tener formas más justas y humanas de convivencia.

[email protected]

Comparte la nota

Publica un comentario