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La época romántica de la criminalidad

13 de julio, 2015

admin/La Voz de Michoacán

En algunas plaza de la ciudad de México donde se comercializan productos electrónicos existe una plaga de estafadores que en menos de un minuto te engañan para quedarse con tu celular, dispositivos de cómputo o dinero. “Son muy labiosos”, dicen los comerciantes instalados en ese sitio. Te dicen: “Te regalo una mica para tu celular”, “este chip tiene mil pesos de crédito, te lo pongo por 200”, “te descargo juegos y aplicaciones gratis”. Pero cuando los incautos entregan su celular al embaucador, jamás de los jamases lo vuelven a ver. Luego sale otro cómplice y les aconseja que mejor se vayan porque esas personas representan un peligro.

Este tipo de estafas en las plazas de cómputo sólo son una forma de las muchas de sacarle el dinero a la gentede manera fácil, cometiendo ilícitos de los considerados como menores o de baja peligrosidad que alcanzan un beneficio de libertad bajo fianza y al rato nuevamente se incorporan a su rutina de engañar incautos. Los chilangos tienen mil formas de“hacer guaje” a la gente; desde el clásico “dónde quedó la bolita” hasta el timo del fajo de billetes que alguien levanta del suelo afuera del banco para ofrecerle compartirlo a cambio de lo que traiga en efectivo. Ese viejo truco todavía pega.

Durante mucho tiempo se llegó a considerar que este tipo de actitudes chapuceras son propias de los habitantes del distrito federal, en tanto que muchos de los defeños consideran que los provincianos son torpes y muy susceptibles de ser engañados.

En todo el mundo los habitantes de las grandes urbes adquieren debido a las dificultades para enfrentar la vida, una cierta sagacidad, se vuelven más avispados tanto para engañar como para evitar ser engañados, por lo que también se vuelven petulantes y se sienten superiores a quienes vivimos en la vida, supuestamente apacible, de la provincia mexicana.

Los bonaerenses y los neoyorquinos, en sus respectivos países, son lo mismo que los chilangos en nuestro país: muy “mamucos”. Pero indudablemente también son muy sagaces para la tranza (y también para otras cosas, reconozcámoslo).

Pero las cosas han cambiado radicalmente por lo menos en México. El tipo de estafa que describimos, aunque se siga cometiendo y deba ser combatido, ha llegado a ser cosa del romanticismo de la delincuencia, forma de ilícito que mueve a la risa una vez pasado el susto y el coraje. “¿Pero cómo fui tan estúpido de caer en semejante patraña?”, suele contar, riéndose de sí mismo, quien alguna vez cayó en semejante engaño.

Ese tipo de ilícitos ya nada tienen que ver con los delitos que se ven a diario en toda la geografía del país. Poco son si se les compara con las extorsiones desde las cárceles vía telefónica donde se amenaza con matar a la familia proporcionando santo y seña de las actividades y rutinas de cada uno de sus miembros; nada son, comparados con los cobros de derecho de piso y las ejecuciones ante el incumplimiento de los comerciantes de cualquier rubro; nada tiene que ver con los torturados, mutilados, encajuelados, encobijados, degollados, colgados de los puentes y otras tantas atrocidades que rebasan la imaginación de tanta saña. Sí que preferiríamos mil veces regresar a ese tipo de estafillas que parecen de travesura frente el tipo de delincuencia sanguinaria que ahora se practica.

¿Pero qué es lo que pasó para que llegáramos a esta situación en tan poco tiempo? Antes el narcotraficante se dedicaba solamente a las actividades propias de su ilícita actividad: siembra, trasiego y venta de enervantes y sustancias que generan adicción y viajes hasta otras dimensiones de la existencia; pero quienes a eso se dedicaban tenían “códigos de honor” en los que se imponían reglas de no meterse con la gente y familiares que nada les debían.

Todo cambió. Los delincuentes encontraron mil formas de trasgredir la ley y llegaron a corromperlo todo. Corrompieron a los policías y militares encargados de perseguirlos así como a los funcionarios de los penales para permitirles el ingreso de todo tipo de sustancias y consentir la salida por la puerta grande de importantes personajes de la delincuencia. Degradaron todos los espacios de la vida pública haciéndonos ver con normalidad la propagación de una cultura “narca” que va desde la devoción a la santa muerte, hasta la degeneración de la música popular que propaga sin ambages la apología del delito y exalta los antivalores como si se tratara virtudes.

Ahora los provincianos contagiaron a los defeños. Inicialmente las extorsiones horrendas y los delitos sanguinarios comenzaron a perpetrarse en todos los espacios de la otrora vida apacible de la provincia mexicana pero, aunque las autoridades chilangas no lo habían querido admitir, la vida en la capital ya es igual de peligrosa que en cualquier rincón del país. Ya no se trata sólo de casos aislados, a diario se suceden crímenes tan violentos y sanguinarios como en las regiones más peligrosas de México.

Resulta paradójico que añoremos ese tipo de ilícitos chapuceros que siempre habíamos atribuido sólo a los chilangos y que ahora los lleguemos a considerar como ejemplos de la época del romanticismo de la delincuencia mexicana.

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