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La libertad de los normalistas

1 de febrero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, le dijo un día un noble hidalgo a su fiel escudero una vez que se vio desembarazado de alguna situación que lo hacía sentirse aprisionado.

Difícil es tratar de describir de forma más elocuente el significado de la libertad.La libertad,  no tiene precio, los seres humanos le asignamos un alto valor a este don otorgado por los dioses. Después de la vida, la libertad es el regalo más hermoso que nos ha sido concedido. Privarnos de la libertad es quitarnos la posibilidad del disfrute de la existencia, dejar de ser.

El ser humano nace libre y el Estado restringe la posibilidad del ejercicio pleno de la libertad. Nacemos libres sí, pero no tenemos derecho a restringir la libertad o el ejercicio de los derechos de otros seres humanos. Si lo hacemos, cabe la posibilidad de que el Estado intervenga y, en nombre de la sociedad, nos limite el uso y disfrute de nuestra propia libertad. La forma más común es confinarnos a una cárcel, un lugar de reclusión al que eufemísticamente llamamos, centro de readaptación.

La semana pasada recuperaron su libertad los 30 estudiantes normalistas que fueron detenidos el pasado 7 de diciembre en la caseta de Zirahuén de la autopista Pátzcuaro-Lázaro Cárdenas. Fueron sorprendidos llevándose un autobús donde supuestamente trasladaban 25 latas de aluminio con clavos, piedras y pólvora, y debido a eso fueron acusados de violación de la ley federal de armas de fuego y explosivos, así como de otros delitos.

Después de que recuperaron su libertad, sus familiares, amigos y simpatizantes los recibieron con júbilo gritando entre otras consignas: “presos políticos libertad… presos políticos libertad…”. Se le preguntó a uno de los jóvenes que iba saliendo del penal si los días que había permanecido en reclusión servirían para que reflexionara sobre su participación en actos de protesta que algunos consideran exceden los límites de lo permitido por la ley, y el normalista respondió que ellos no habían realizado ningún delito, que salían con la conciencia limpia.

O sea, que los jóvenes normalistas no aprendieron la lección, que ellos creen en verdad que fueron privados de la libertad injustamente sólo por pensar y manifestar sus ideas políticas; es decir, que son víctimas del Estado represor que no permite la disidencia y persigue a quienes critican su forma de gobernar. El encabezado de un artículo en un portal de Internet plantea de manera exacta la interrogante: “Normalistas: víctimas o delincuentes”. Y los cibernautas no se detienen a expresar de manera llana su repudio o adhesión hacia estos jóvenes que creen que sus acciones de protesta no exceden los límites de lo permitido por la ley.

Las páginas de las redes sociales se polarizan y muestran a una sociedad dividida: los que están cansados hasta el hartazgo de la toma de carreteras, casetas de peaje, accesos a las ciudades, avenidas y bloqueos de centros comerciales, instituciones bancarias, pintas en edificios públicos y consorcios trasnacionales, secuestro de camiones del servicio público federal, robo de productos de empresas comerciales privadas y hasta toma de aeropuertos y portación y fabricación de explosivos de fabricación casera; y por otro lado, los que se dicen también estar cansados de que se pretenda implementar la reforma educativa federal, que no les den plazas de manera automática cuando egresen de las escuelas normales, que no encuentren a los 43 jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa, que no dejen en libertad a Mireles y que tengamos altos grados de inseguridad, entre otros.

Los primeros manifiestan su inconformidad por el otorgamiento de la libertad a los normalistas porque los consideran simples delincuentes; los segundos se congratulan porque consideran un triunfo de “su lucha” la resolución del magistrado federal que no encontró elementos suficientes para dejarlos presos. Pero hay unos terceros maliciosos que consideran que los muchachos sí tuvieron plena responsabilidad jurídica en los hechos que se les imputaban, nada más que se tuvo que buscar una salida negociada al conflicto.

Soy una persona de buena fe y generalmente no suelo hacer elucubraciones más allá de lo que mi sentido común sugiere, pero en los casos en los que mi instinto me dice que algo como que no encaja, suelo recordar la consabida frase “”piensa mal y acertarás”, y es aquí donde se le encuentra perfectamente la cuadratura al círculo.

Los padres de los jóvenes detenidos, los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación CNTE, y otras organizaciones adherentes, establecieron sus tenderetes en el centro de la ciudad de Morelia amenazando con no moverse si no se dejaba en libertad a los jóvenes normalistas. Ante la inminente llegada del Papa Francisco a la capital del estado se presentaban sólo dos alternativas: quitarlos a la fuerza con la intervención de la policía, o buscarle una salida negociada a sus demandas. Creo que ganó la opción civilizada.

Pero tal solución creó una paradoja: los jóvenes normalistas, siendo en su mayoría marxistas y por lo tanto ateos, le deben el milagro de su libertad, uno de los bienes más preciados de la existencia, al Santo Pontífice.

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