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La resaca del 25

28 de diciembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Si hacemos un recorrido por la ciudad el 25 de diciembre nos encontramos con calles cubiertas por la herrumbre del desaliento. Además de la desnuda soledad que las cubre nos tropezamos con restos calcinados del esplendor de la noche anterior. Los barrios quedan infestados de botellas vacías, despojos de petardos de artificio, ceniza, llantas quemadas, inmundicia diversa y uno que otro perro callejero que husmea en la basura. En ocasiones completa el cuadro algún borracho que no ha terminado la parranda, o algún desgraciado que se quedó dormido en plena calle sin que aparezca un alma piadosa que le arroje una manta para cubrir su orfandad.

El saldo de las fiestas de navidad en la barriada es un cuadro de inmundicia y desolación. Nadie se aparece porque a nadie le interesa limpiar la mugre que todos han contribuido a dejar. El día 25 es un día de flojera universal en el que cada cual permanece en la modorra familiar del recalentado sufriendo los estragos de la cruda física o padeciendo la resaca moral de los excesos. Todos. Los del día anterior y los acumulados durante el año.

El día 25 es un día dolorido que se presta para meditar, para hacer un recuento de lo que hemos hecho y lo que hemos dejado de hacer; para recordar a las personas queridas que ya no están con nosotros y para revalorar que a nuestro lado siempre están presentes aquellos a quienes debemos amar, no sólo porque nos aman, sino porque siempre están a nuestro lado y nos necesitan; porque son parte de nuestra historia de todos los días y son los que nos dan la vitalidad de querer estar vivos para luchar en la reconstrucción de un mundo mejor.

La resaca moral de los excesos de todo el año y de toda la vida no es otra que nuestra conciencia que de vez en cuando se nos hace presente para recordarnos que no somos el centro del universo; que vivimos en un mundo en el que a nuestro lado siempre hay alguien que carece de lo indispensable necesario para tener una vida digna. La resaca moral es un sentimiento que debería asaltarnos a todos de vez en cuando: en las ocasiones que vemos la miseria personificada en un niño o un anciano que se acerca para pedir limosna;  o cuando podemos ver que detrás de la mujer que se para en una esquina con poca ropa en pleno invierno, hay un ser humano que vive en la miseria y del cual dependen económicamente otros seres humanos y no sólo personas físicas a las que se puede cobrar un impuesto.

El día 25 de diciembre nadie trabaja, ni los recolectores de basura, ni los bancos, ni las oficinas públicas, ni los tránsitos, ni los policías, todo queda en el abandono. De eso se aprovechan algunos truhanes que no descansan para, valiéndose de la modorra navideña, saquear domicilios que reposan en el abandono. Ellos, los truhanes, carecen de todo sentimiento que les genere culpa. Son actos de expropiación, dicen, de lo que legítimamente les corresponde. Por eso no les asalta jamás el remordimiento por lo indebido. No tienen conciencia pues, al menos en los términos en los que la generalidad entendemos por conciencia. Esos no tienen resaca moral por los excesos, viven en la inconsciencia total del derroche de la abundancia efímera mal habida.

La desnuda soledad de las calles en un 25 de diciembre nos mueve a la reflexión de la enorme responsabilidad que tenemos como nación y el papel que nos corresponde para contribuir a que la vida social en nuestra patria sea más equilibrada y menos injusta. Para que los pobres sean cada vez menos pobres y los ricos padezcan una fuerte resaca moral que les devuelva su sentido de solidaridad social y entiendan que deben contribuir en serio a cambiar este país antes de que se lo lleve la tristeza.

Toda la inmundicia que se observa en las calles de las colonias populares después de la fiesta de un 24 de diciembre debe ser limpiada por todos: ciudadanos conscientes, trabajadores de limpia, recolectores de basura, políticos, empresarios, profesores, estudiantes, notarios públicos, intelectuales, obreros y artistas, debemos participar en la limpia colectiva; debemos convencernos que todo exceso es el que nos produce resaca, pero que esa resaca no sólo debe provocarnos dolor de cabeza, sino conducirnos a una vida reflexiva de solidaridad con el prójimo.

Hemos olvidado el verdadero sentido de la festividad navideña. Si bien es un pretexto para que nuestra familia se reúna a compartir el vino, el pan y la sal, en ocasiones se nos olvida que ese día nació un niño que cuando llegó a ser hombre realizó tales actos de bondad que la humanidad recuerda como milagros y que, creámoslo o no, ese hombre transformó al mundo, humanizándolo y creando una corriente de pensamiento y acción, donde la fe, la esperanza y la caridad son sólo unos de sus pilares más importantes.

La soledad de las calles de un 25 de diciembre nos conduce inevitablemente a recordar que en esta vida los seres humanos estamos completamente solos y por momentos se nos olvida que junto tenemos a un hermano al que podemos socorrer en términos del más puro sentimiento cristiano.

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