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Naila y la amistad

25 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Existe una canción de corte popular a la que reservo un lugar especial en mi corazón por su delicadeza y originalidad. Es una canción oaxaqueña que se llama Naila escrita por el compositor Jesús Rasgado Castillo, en la que se advierte un gran sentido de honestidad cuando la mujer le confiesa a su amado que ella ya no es digna de su amor porque ya se embriagó con otro hombre, que ya no es Naila para su enamorado, y él, en una actitud de comprensión humana, le responde que no sea tonta, que le explique el motivo por el cual le quiere abandonar, que él la quiere y la perdona porque sin su amor a él se le parte el corazón. Es una canción de plena de candidez, dulzura y un profundo amor sin condiciones que le profesa un hombre sencillo a su enamorada.

Alguna vez en un viaje por Oaxaca un viejo cancionero ofreció cantarme esa melodía y al aceptar que me la interpretara me ofreció: “con recitación o sin recitación”, divertido por la oferta le pedí que me la cantara con recitación, y el humilde cancionero le adicionó una retahíla de versos de no sé cuáles y cuántos poetas cursis que sólo me pareció un elemento divertido, ni les presté atención y sí vi que todo eso le sobraba a la canción que por sí misma es muy bella.

Ahora, después de mucho tiempo, en una reunión de amigos, alguno se puso a cantar esa vieja canción, la interpretó “con recitación” y advertí en alguno de los versos algún sentido misógino. Pero más allá de eso, el cantante lanzó en medio de su interpretación una expresión en tono festivo para reforzar, según él,el sentido de lo que estaba cantando, dijo: ¡Ay! ¡Corrupta! Cuando terminó, quiso saber mi opinión. Yo simplemente dije con mi acostumbrada franqueza: es la peor interpretación que he oído de esa canción. No quise dar más explicación. Lo considero que inútil porque vivimos dimensiones distintas; me doy cuenta con tristeza que está persona es incapaz de sentir lo que yo siento cuando escucho esa melodía. Toda la candidez, el sentido del perdón, humildad, amor y comprensión que encierra esa sencilla obra, la tiró por la borda con su grosera expresión y me dio a entender que jamás entendió de lo que se trata. Él pensó que me refería a alguna falla en los tonos o en los acordes con los que acompañó su interpretación, en eso fue puntual, pero yo sentí que algo se rompía de nuestra amistad en ese momento y que jamás las cosas volverían a ser como antes.

Alguna vez un amigo filósofo que en ese entonces profesaba una ideología que podría considerarse “revisionista del marxismo”, se enamoró de una mujer muy rica. Se trataba de un amor que había tenido su origen en la niñez, en su pueblo, cuando él era hijo de un humilde campesino y ella era la hija de uno de los hombres más ricos del municipio. Obviamente se trataba de un amor imposible que nunca cristalizó; él vivió toda su adolescencia y juventud con el bello recuerdo de ese idilio hasta que un día, muchos años después, se volvieron a encontrar en la Ciudad de México; él, todo un profesionista destacado, pero sobre todo, con los elementos persuasivos que todo buen filósofo desarrolla en el ámbito de su profesión; ella, una mujer madura, profesionista, trabajadora de una secretaría de estado, divorciada, que recordaba a aquel niño moreno de su pueblo y que ahora lo encontraba en la plenitud de su vida y en la cúspide de sus capacidades físicas y mentales. Vivieron por corto tiempo un tórrido romance, pero lo que le atormentaba al filósofo era la radical diferencia en cuanto a su respectiva interpretación del mundo. Ella era incapaz de entender los movimientos obreros y campesinos como una expresión legítima de un sector de la sociedad. Cuando hacía referencia a esos sectores incluso lo hacía en forma despectiva; mientras que mi amigo el filósofo trataba inútilmente de explicarle que esas luchas sociales estaban justificadas mientras no lograran mejores condiciones de vida en este mundo capitalista de enormes contradicciones. Todo fue inútil, ese breve romance terminó y él dejó de amarla del mismo modo que la amó desde su infancia. Algo se rompió en su corazón y las cosas jamás volvieron a ser lo que fueron.

Todo esto parece sencillo, se puede interpretar como relaciones que tienden al fracaso por factores de carácter ideológico. Dos seres que conciben la vida de manera diametralmente distinta porque no pueden renunciar de la noche a la mañana a ese conocimiento que de manera natural han aprendido durante toda su vida y asimilar que todo es al revés. Decía un teórico de izquierda: un rico empresario burgués puede condolerse de la miseria de los obreros e incluso ser caritativo y bondadoso con ellos, pero jamás va a admitir que la causa de su miseria es él.

Las cosas que aprendemos durante toda la vida nos hacen ser lo que somos y conforman de alguna u otra manera nuestra ideología, por lo que en cosas tan simples como la interpretación de una canción o nuestra posición respecto a los movimientos sociales, reflejamos lo que somos y lo que pensamos. Para mí, Naila, una canción zapoteca de una bondad infinita, sólo puede ser comprendida en su exacta dimensión cuando uno se despoja de todo rencor y es capaz de perdonar y amar como dicen que Jesús lo hizo.

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