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Nuestro carnaval

27 de febrero, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

PUNTO NEURÁLGICO

Luis Sigfrido Gómez Campos

El carnaval es una festividad pagana que se celebra inmediatamente antes de la cuaresma cristiana. Sus orígenes se remontan según los estudiosos a 5 mil años antes de nuestra era y cada pueblo lo celebra muy a su manera según se hayan liberado de sus ataduras religiosas.

El carnaval más importante del mundo, si tomamos en cuenta la cantidad de visitantes, es el de Río de Janeiro, en Brasil. Participan cientos de escuelas de baile y miles de danzarines con atuendos multicolores se divierten en el desfile de carros alegóricos en los que esculturales mujeres muestran sus encantos.

En nuestro país el carnaval más famoso es el de Veracruz, seguido muy de cerca por el de Mazatlán, pero ambos no son sino burda imitación de los carnavales más famosos del orbe.

Los carnavales más importantes tienen tras de sí una gran organización que prepara durante prácticamente todo el año, el festival del año siguiente. Además de la participación de un comité ciudadano, generalmente se involucrará la autoridad municipal que lleva la carga de la logística para esos eventos.

Podemos recordar, a modo de ejemplo, la forma que adoptaba la celebración del carnaval en un lejano pueblo del Brasil en la novela “Gabriela Clavo y Canela”, del gran escritor Jorge Amado. La protagonista de esa maravillosa historia es Gabriela, una chica hermosa y divertida del pueblo a la que un hombre adulto recoge de la calle para intentar hacerla “una dama de sociedad”; pero su intención resulta fallida porque a Gabriela le hierve en la sangre el espíritu bullanguero y jacarandoso de carioca de barrio; le aburrían las reuniones sociales y le cansaban los zapatos de tacón, por lo que a la primera oportunidad, al escuchar en la calle el bullicio de la fiesta del carnaval, importándole muy poco guardar las formas, se despoja de los incómodos zapatos y abandona una reunión social para unirse a los danzantes del pueblo.

Esa escena es en sí, grandiosa, pero se alcanza a percibir de manera clara que unas son las celebraciones oficiales y sociales donde participa la autoridad, y otra muy distinta, la fiesta del pueblo.

Es importante destacar lo anterior porque en mi tierra, Morelia, el carnaval se celebra de una manera muy peculiar. La tradición del pueblo ha sido, desde los tiempos que la memoria alcanza a los ancianos, que los toritos de petate deambulan por las calles de la ciudad con su “banda de viento”, ofreciendo bailar un toro a los parroquianos que tienen a bien contratar sus servicios. Un vez que se ponen de acuerdo en el precio, la tuba o el trombón reproducen un sonido que semeja el bramido del toro y comienza la fiesta. Es un ritual en el que el Toro de Petate, adornado con papel de china y oropel, baila al compás de la música regional. Primero El Caporal, luego La Maringuía, luego El Apache, le sigue El Caballito, para que al final el caporal con su machete le dé muerte al toro. Después, todos los integrantes bailan un pedazo de melodía de las que dicta la moda.

Ahora, la composición de los “integrantes del toro” ha variado mucho. Vemos toritos con varios apaches, lo que le da un agregado de alegría pues cada uno compite en estilo; vemos toritos sin maringuía, sin caballito o con deslucidas bandas. De cualquier modo, el carnaval es un pretexto del pueblo para emborracharse y andar en la calle siguiendo al toro; es una fiesta de barriada, de las colonias pobres tradicionales. Los toros no van a las colonias de los ricos porque no los contratan, no les divierte esas formas de celebrar el carnaval.

El problema comienza cuando la autoridad, al darse cuenta del gran potencial turístico de estas festividades, interviene para “poner orden” y organizar al pueblo.

Hace muchos, pero muchos años les daba por organizar un gran festival el martes de carnaval en la plaza de toros, el pueblo acudía en masa y llenaba los bolsillos de los funcionarios municipales que sólo daban una dádiva a los dueños de los toritos. Hubo algunos años que no se organizó nada. Después se usó un templete en la plaza de San Francisco, perola aglomeración y la enorme cantidad de participantes complicaban la logística y el lucimiento de la fiesta.

En los últimos años a nuestras autoridades municipales les ha dado por organizar, o bien un festival en la referida Plaza de San Francisco, o un desfile en la avenida principal de la ciudad. El sábado pasado se organizó un magno desfile de toritos a lo largo de la avenida Madero. Lo mejor fueron los toritos, pero la organización dejó mucho que desear. La distancia entre un torito y otro llegó a ser hasta de tres cuadras. Pero lo peor es que el Presidente Municipal descargue la responsabilidad de “organizar” esta fiesta popular en alguien que ni siquiera conoce nuestras tradiciones. Pusieron un templete afuera de la Catedral de Morelia, con un grupo musical de cuerdas. Si bien tocaban dos trompetas, un trombón, un sax y dos clarinetes; traían vihuelas y contrabajo de cuerdas. No sé quién sea el actual secretario de cultura del H. Ayuntamiento, pero estoy seguro que jamás ha ido a una colonia a darse un baño de pueblo tras de un torito de petate. ¿Dónde olvidó la tambora, los platillos, la tarola, la tuba y demás instrumentos de viento señor secretario?

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