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Pueblo racista

6 de junio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Luis Sigfrido Gómez Campos / La Voz de Michoacán

Generalmente cuando hablamos de racismo nos referimos a su manifestación más burda, donde podemos advertir con claridad cómo personas como Donald Trumpo algunos miembros de la policía norteamericana no ocultan su odio hacia los mexicanosy otras minorías étnicas,y practican una forma deracismo grosero, llegando al extremo de cometer actos de brutalidad policiaca y otras villanías.

Igual o más evidente es el racismo que practican los grupos neofacistas que hay en los Estados Unidos de Norteamérica y en otros países del llamado primer mundo, que abiertamente sostienen la teoría supremacista y el odio hacia los judíos, los negros, los amarillos, los morenos y todos aquellos que consideran inferiores por el simple color de su piel.

Pero existe otra forma del racismo un pocomás difícil de advertir y reconocer porqueproviene de actitudes y costumbres muy nuestras, que constituyen una cargaideológica ancestral. Nos es fácil observar la paja en el ojo ajeno pero no somos capaces de ver la viga en el propio.

En el seno de muchos hogares mexicanos, cuando un niño se niega a realizar alguna de “sus gracias” frente a algún miembro ajeno de la familia, sesuele reprender al infante con una expresión como la siguiente: “ándale, hazlo, no seas indio” o “no seas ranchero”. Difícilmente el adulto advierte que en sus expresiones existe una carga de racismo al atribuir a las palabras “indio” o “ranchero” los significados de taimado, vergonzoso, poco comunicativo, cohibido.

A principios del siglo pasado, en la época porfiriana, prevalecía la costumbre de que cuando caminaba por la banqueta algún hacendado, rico o “gente bien”, y se topaba con algún indígena, éste se bajaba de la banqueta para cederle el paso al “pudiente”; si no lo hacía se consideraba una falta de respeto y podían reprenderlo. Mirar de frente al hacendado significaba un reto que podía ser sancionado, el indio tenía que bajar la vista.

Se dicecon frecuenciaen tono de chunga:“¡Ah! ¡Igualadota nos dio la revolución!”, para referir que todavía existen diferencias de clase; y la gente suele reír a esas bromas sin advertir o sin que les importe la carga ideológica racista que conlleva.

Es verdad que la revolución mexicana significó un gran avance en términos de consagración de los derechos de los mexicanos y que a partir de ese movimiento social se repartieron grandes latifundios y se intentó promover la unidada través de una reforma cultural y política que incorporara a losindígenas y campesinos al progreso nacional. Sin embargo, justo es decirlo, la revolución mexicana no logró este primordial objetivo.

No es necesario acudir a estadísticas y análisis académicos para darnos cuenta de lo evidente: los sectores más pobres de la sociedad son los indígenas y campesinos a los cuales lamentablemente no les han llegado los beneficios que a otros sectores de la población nacional sí nos han llegado.

El atraso, marginación y miseria en que vive la población indígena y los campesinos de México es un hecho objetivo. Negarlo es estúpido. Y debido a esto estos sectores tienen generalmente un atraso en su instrucción así como un bajo niveleducativo. Muchos de ellos no hablan siquiera bien el español. Se les ridiculiza mediante caracterizaciones de comediantes como la India María,Luis de Alba, Régulo y Madaleno, El Indio Brayan que satirizan a los indígenas como si fueran estúpidos.

Ser indígena es pertenecer a la escala social más baja de la que nadie quiere ser parte. Los indígenas, según los estándares de belleza que promueven los medios de comunicación,son feos. Jamás veremos a una heroína o un galán de telenovela que tenga rasgos indígenas. Si acaso les asignan papeles de sirvientes.

Ante este panorama donde la concepción de la belleza tiene que ver con la blancura de la piel y el color de los ojos; donde la gran mayoría encuentra gracioso que se ridiculice a sus hermanos indígenas, poco podremos esperar de un debate público donde existe quien encuentra divertido reírse de la imagen retocada de Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz 1992.

Hace algunos años el gobierno del estado de Michoacán organizó un evento en el Centro de Convenciones en el que se pretendía reconocer la igualdad de los derechos de la mujer. Para el efecto se invitó a un grupo de mujeres indígenas a las que se pretendía homenajear en representación de de ese sector marginado de la población. Mientras esperaban la llegada de las altas autoridades que presidirían el evento, pretendió introducirse en el recinto un grupo de mujeres purépechas que venían ataviadas con su tradicional traje regional. Las y los guardias de seguridad les impidieron el paso y las hicieron a un lado porque en ese momento estaba a punto de llegar la esposa del señor gobernador. Ese evento, pensaban los guardias, era para mujeres distinguidas y las indígenas, en su concepto, no lo eran.

Esta anécdota sólo es una muestra real de que en México, pese a todas las reformas jurídicas de reconocimiento y respeto a la igualdad de las mujeres y los hombres, seguimos siendo un pueblo racista.

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